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Ciencia y salud

Por José Antonio Lozano Teruel

Meteoritos, ¿iniciadores de vida?

Meteoritos, ¿iniciadores de vida?

La Ciencia aún no ha resuelto cuál es el origen de la vida sobre nuestro planeta. Entre las teorías existentes la más aceptada es la de la evolución prebiótica. Pero la posibilidad de una participación extraterrestre siempre ha estado presente y el pasado mes ha contado con unas novedosas aportaciones: una interesante investigación publicada en la revista SCIENCE y la última exploración de la nave ENDEAVOUR.

PANSPERMIA Y EXOGÉNESIS
Hacia el año 450 a.d. C. el  filósofo griego Anaxágoras propuso que todas las cosas vivas se derivarían   de ciertas omnipresentes "semillas de vida", y  que la vida en la Tierra había sido sembrada desde el espacio. Más de 2.000 años después, Berzelius confirmó que, en ciertos meteoritos, se podían encontrar compuestos de carbono "caídos del cielo” y en 1865 Hermann Ritcher propuso el término panspermia.  En 1879 Hermann von Helmholtz relacionó la materia interestelar con la aparición de vida terrestre por el aporte de cometas y meteoritos. Científicos de la talla de Kelvin apoyaron la teoría calificándola de "tosca y visionaria, pero indudablemente científica". El Nobel Arrhenius, en 1909, señalaba la posibilidad de que la vida se hubiese originado en el espacio y el  astrofísico Hoyle en 1978, sugirió  que la vida fue transportada en el Universo por los cometas.

Otro  concepto relacionado con el de panspermia, más amplio, es el de exogénesis, que parte del supuesto  de que aparte de la propia vida, lo que pudo llegarnos del espacio, a través de cometas y meteoritos, fue una gran cantidad de moléculas orgánicas muy complejas imprescindibles para llegar a la materia viva.
 
La hipótesis del origen extraterrestre de la vida incrementa la probabilidad de que ésta se desarrolle. No se requiere que se inicie en cada planeta, sino que con una primera localización la vida se puede se extender por la galaxia por medio de cuerpos celestes. El origen extraterrestre de la vida es atractivo para los científicos porque explica la rápida aparición de la misma tras la formación de la Tierra.

Las posibilidades de ello se favorecieron por los datos de las espectroscopias realizadas sobre los cometas Halley (1986), Hyakutake (1996) y Hale-Bopp (1997), revelando núcleos cometarios ricos en materiales orgánicos. El análisis del polvo interestelar ha detectado más de 50 moléculas y compuestos orgánicos, siendo los más notables la glicina (1994), ácido acético (1996), glicolaldehido (precursora de los hidratos de carbono, en el 2000), sal y etilen glicol, en el 2002.

La pregunta inmediata sería: Las complejas moléculas orgánicas sobreviven en el medio interestelar, ¿lo podrían hacer los microorganismos?

ENDEAVOUR
El último viaje del transbordador ENDEAVOUR tuvo lugar durante la segunda quincena del pasado mes de mayo.  Era el número 25 y  su misión fue capitaneada por Mark Kelly, un veterano casado con la legisladora estadounidense Gabrielle Giffords, aun en periodo de recuperación tras el  intento de su  asesinato. 

Aparte de diversas tareas a realizar en la Estación Espacial Internacional al Endeavour se le encomendaron algunas pruebas relacionadas con las posibilidades de la panspermia. Para ello, dentro del material transportado se encontraba un cefalópodo, Euprymna scolope, y una serie de bacterias extremofilas, es decir, resistentes a condiciones extremas. Formaban parte del experimento LIFE (Living Interplanetary Flight Experiment) diseñado por la Planetary Society para investigar cómo pueden sobrevivir los seres extremófilos a  las condiciones del espacio exterior de bajo oxígeno, no gravedad, baja presión y altas radiaciones, así como para profundizar en el papel protector de las bacterias Vibrio fischeri portadas por el cefalópodo. Ello es interesante, pues en experiencias anteriores se comprobó que las condiciones espaciales exaltaban la acción bacteriana y así ciertas Salmonella triplicaban su acción mortífera. Por ello es importante conocer si sucede algo análogo con las bacterias beneficiosas.

La carga de bacterias del Endeavour incluyeron tardígradas (grandes extremófilas que pueden sobrevivir a temperaturas desde 0º absolutos a 150 ºC),  Deinococcus radiodurans (“la bacteria Conan”, que soporta radiaciones de 15.000 Gy),  Haloarcula marismortui (que vive en ambientes salinos extremados),  Pyrococcus furiosus (sobrevive por encima de 100ºC), Cupriavidus metallidurans (con una extraña apetencia hacia el  tetracloruro de oro, que es tóxico para otros microorganismos), así como Baccilluss subtilis (un organismo modelo en centenares de experimentos biológicos.

METEORITO DEL LAGO  TAGISH
Hace algunos días la revista SCIENCE publicaba un artículo titulado "Origin and evolution of prebiotic organic matter as inferred from the Tagish Lake meteorite". Sus deducciones suponían un apoyo decidido a la teoría de la exogénesis y tuvieron una gran repercusión informativa internacional. La antigüedad de ese meteorito es anterior a la de la formación de nuestro planeta y su contenido en moléculas orgánicas superior a las conocidas en ningún otro cuerpo celeste. Christopher Herd, geólogo  planetario de la Universidad de Alberta imaginó las posibilidades de su estudio para aclarar si la masiva lluvia de meteoritos ocurrida durante la formación de la Tierra pudo aportar buena parte de la “sopa primordial” necesaria para la aparición de la vida en los antiguos mares terrestres.  Aplicando las técnicas más sofisticadas su equipo investigó  una porción perfectamente preservada del meteorito y  llegó a la conclusión de que los asteroides con condritas carbonáceas pueden haber funcionado como una especie de cocinas moleculares transformadoras de los ingredientes necesarios para la vida, ingrediente que habrían enviado a la Tierra en forma de impactos de meteoritos. Además, estos meteoritos en lugar de servir un menú fijo, habrían tenido la misma flexibilidad que un restaurante a la carta, es decir, adaptación a las circunstancias, variando significativamente de meteorito a meteorito o dentro de uno de ellos. La mayor parte de estas variaciones se debió a la acción del agua, unos pocos millones de años después de la formación del Sistema Solar, cuando las condritas formaban parte de cuerpos más grandes, probablemente asteroides.