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Ciencia y salud

Por José Antonio Lozano Teruel

La misteriosa muerte de un Dios

Año 324 antes de Cristo. Eran tiempos en los que se decía que "Los dioses son hombres inmortales. Los hombres son dioses mortales". Alejandro Magno había conquistado gran parte de Asia y casi había hecho realidad el sueño de una única monarquía universal. Las ciudades griegas siguen el ejemplo de Atenas, que publica un escueto decreto indicando: "Puesto que Alejandro quiere ser Dios, que lo sea".

Pero el 11 de junio del año siguiente, a los 33 años, moría, en circunstancias misteriosas, el gran Alejandro, cuya figura constituye un ejemplo perfecto de la exacta simbiosis que, en algunas ocasiones, se da entre la historia y la leyenda. Él, que envidiaba a Aquiles, por haber tenido en Homero como cantor de sus proezas, corrió una suerte paralela y sus hazañas constituyen un insuperable conjunto de relatos épicos, situados entre la realidad y el mito.

No es de extrañar que, desde los reyes helenísticos a Napoleón, pasando por los emperadores romanos o por Felipe V de España, hayan sido muchos los gobernantes que han pretendido ser "un nuevo Alejandro". Todo lo relacionado con su vida o hazañas sigue interesándonos. Hace unos años, tras las tres novelas históricas de la novelista e historiadora Mary Challans, y su análisis comprensivo sobre la homosexualidad masculina, se levantó la controversia sobre su vida. Hace unos días, el misterio de su muerte ha vuelto a alcanzar actualidad ya que unos informes científicos pretenden haberlo aclarado. Pero antes de referirnos a ello recordemos algunas facetas características de Alejandro Magno.

DIVINIZACIÓN. El proceso de la divinización de Alejandro, a quien se le depararon en vida los honores reservados a los dioses olímpicos, había comenzado en su propio nacimiento. No en vano Olimpia, esposa de Filipo, rey de Macedonia, contaba haber tenido diversas visiones mágicas, llegando a sugerir que en la concepción de su hijo no había sido ajeno el propio dios Zeus.

La culminación tuvo lugar en la primavera del año 331 a. C., año en que fundó una de las 70 ciudades que se le atribuyen, concretamente la de Alejandría, en el delta del Nilo, en un intervalo entre sus conquistas. Alejandro peregrinó al gran templo y oráculo de Amón-Ra (la traducción egipcia de Zeus). Deseaba ser igual que los primeros faraones egipcios, quienes se consideraban hijos de Amón-Ra. Tras saludar al gran sacerdote Zammon, Alejandro fue admitido a solas ante la propia efigie del dios a la que se le atribuía la posibilidad de moverse, hablar, y aceptar o rechazar los papiros en los que se escribían las preguntas. Alejandro preguntó: "Decidme, oh Zeus, ¿venceré a mis enemigos?". Y Amón le contestó "El imperio del mundo te pertenece. Tu siempre vencerás hasta el día que seas llamado al cielo". Reasegurado en sus poderes, abandonó el templo y el gran Rey se despidió de Zammon diciéndole: "Dios es el padre común de todos los hombres, pero por una predilección que deriva de su ser perfecto, elige entre los mortales solo a los mejores. ¡Sólo ellos pueden proclamarse en verdad hijos suyos!".

VIDA PORTENTOSA. El rey Filipo de Macedonia, padre de Alejandro, buscó como preceptor de su hijo a la mayor personalidad de su tiempo, Aristóteles, por quien tenía el aprecio mostrado en su ofrecimiento: "Me alegra el haber tenido un hijo, pero mucho más todavía el que haya nacido en la época que tú vives. Únicamente bajo tu guía podrá él ser digno de la misión que está llamado a cumplir". Realmente, esa misión fue portentosa. Tras el asesinato de su padre, con 20 años de edad, Alejandro ascendió al trono de Macedonia. En sus restantes 13 años de vida conquistó buena parte de los reinos de la antigüedad, desde la Antigua Grecia hasta la lejana Asia, alcanzando el Indo, en el sur de la India. Ello incluía todos los territorios intermedios, entre ellos Persia, Turquía, Frigia, el actual Oriente Medio y Egipto, extendiéndose también sus dominios a lo largo y ancho de la orilla sur del mar Caspio, con las actuales Afganistán, Beluchistán y, hacia el norte, con el Turquestán ruso o Asia Central.

El carácter valiente y generoso de Alejandro quedó impreso en numerosos episodios que protagonizó: la doma de su caballo Bucéfalo; la "solución" para el nudo gordiano; la renuncia a todos sus bienes, salvo el de la esperanza, cuando en el año 335 a. C. comenzó su expedición contra Darío, rey de Persia; su favorecimiento de las fusiones raciales; sus muestras de respeto por los vencidos y por las costumbres de los países conquistados. En contrapartida, también fue cruel y despiadado en otras ocasiones. Era notorio su interés por la Ciencia, la medicina y la filosofía y su estrategia militar contenía una buena proporción de aplicaciones tecnológicas. Posiblemente, albergaba el grandioso plan de unificar Oriente y Occidente en un solo imperio, una hermandad ilustrada entre los hombres. Diodoro, el historiador griego del siglo I, creía en su propósito de instauración de una monarquía universal si hubiese vivido más y completado sus conquistas

MUERTE. A principios del año 324 Alejandro había desposado con Estatira, la hija mayor de Darío. Varios meses más tarde muere Hefestión, su amigo favorito, hecho que le sume en una gran tristeza. Los funerales se celebrarán, bastante después, tras la toma de Babilonia. Al día siguiente se siente mal. Con el paso de los días empeora y consultado el oráculo de Serapis el dios contesta con un oráculo de muerte, que se hace realidad al día siguiente, el 11 de junio del año 323 a. C.

Un grupo de científicos, entre ellos historiadores como el prof. Borza de la Universidad de Pennsylvania, y especialistas en enfermedades infecciosas como el Dr. Oldach, de la Universidad de Maryland, acaban de descubrir la causa de la hasta ahora misteriosa muerte del gran Alejandro Magno. El trabajo se ha publicado en uno de los últimos números de la prestigiosa revista New England Journal of Medicine. Los relatos históricos indican que su cuerpo no se había deteriorado tras varios días después de su muerte y que durante la semana previa a ella sufrió escalofríos, sudores, agotamiento y fiebre alta, todo lo cual señala hacia una enfermedad infecciosa. También se ha descubierto que sufrió grandes dolores abdominales que le hacían gritar en su agonía. Todos estos síntomas y otros más les ha llevado a la conclusión de que el gran Rey murió víctima de una fiebres tifoideas. Al no ser tratadas adecuadamente ello condujo a una perforación intestinal, razón para sus intensos dolores abdominales. Otra complicación posible de las fiebres tifoideas es la denominada parálisis ascendente, una condición neurológica que comienza en los pies y va ascendiendo, paralizando los músculos y reduciendo la respiración. Ello puede provocar que una persona parezca muerta aunque aun no lo esté. Alejandro pudo permanecer en ese estado durante unos pocos días antes de que tuviese lugar su muerte real, lo que confundió a sus cortesanos que le creían muerto.

La tumba de oro del gran Rey aun permanece sin descubrir, una obstinada misión que pretende realizar un equipo de arqueólogos griegos, en tierras egipcias. Cuando ello ocurra, sin duda, podremos conocer más detalles de la vida y la muerte del gran Alejandro Magno.