Salud RevistaCanal SaludCiencia y SaludiSalud
 

Ciencia y salud

Por José Antonio Lozano Teruel

El teléfono se inventó en la Habana

En pleno Nueva York, en la Tompkins Avenue de Staten Island, podemos visitar el Museo Garibaldi-Meucci, una casa histórica donde vivieron y se guardan los recuerdos de las vidas de Giuseppe Garibaldi "el héroe legendario de los dos mundos" y de Antonio Meucci "el verdadero inventor del teléfono". Más aun, el turista que pasea por Florencia puede encontrarse durante su visita a esta bellísima ciudad con una vivienda en cuya fachada existe una placa que dice, en italiano: "Aquí nació, el 13 de abril de 1808, Antonio Meucci, el inventor del teléfono. Recuerdo de sus conciudadanos el 16 de mayo de 1996".

Aquel día, tras descubrir la placa se celebró un solemne acto en un magnífico salón del Palazzo Vecchio de Florencia, actual localización del Ayuntamiento, en el que intervinieron el presidente del Consejo de Cultura, profesor Guido Clemente, el Alcalde Mario Primicerio, el presidente de Telecom Italia, Dr. Humberto Silvestre y el profesor Basilio Catania que ha investigado profundamente el tema del protagonismo de la invención del teléfono y tiene numerosas publicaciones al respecto, entre las que se encuentran los varios tomos, con un CDRom, de su obra principal: "Antonio Meucci: el inventor y su tiempo"

BELL. Sin embargo, la historia oficial de los descubrimientos hasta ahora nos decía, que el inventor estadounidense de origen escocés Alexander Graham Bell fue quien desarrolló las ideas básicas del teléfono mientras trabajaba en un telégrafo múltiple, construyendo en 1875 un prototipo consistente en una bobina, un brazo magnético y una membrana tensada. Al llegar un sonido a la membrana se producía una vibración, transmitida al brazo magnético. Con ello, el movimiento del imán inducía en la bobina una corriente eléctrica variable que pasaba a un circuito. Mediante un aparato similar situado en el otro extremo del circuito la señal eléctrica se podía convertir de nuevo en sonido. En 1876, un año después, presentó, con gran éxito, una demostración en la Exposición del Centenario de Filadelfia. Y, en 1877, fundó la Compañía de Teléfonos Bell, inicio de un verdadero imperio de las comunicaciones.

Aunque la invención del teléfono eléctrico suele atribuirse a Graham Bell, no se puede olvidar que Elisha Gray, el 14 de febrero de 1876, apenas unas horas después que Bell, presentó también una solicitud de patente relativa a un aparato similar. O que el alemán Johann Philipp Reis había construido en 1861 un aparato eléctrico que no reproducía la voz humana, pero reproducía muchos sonidos. E, incluso, en 1854, el francés Bourseul había dado la idea de un aparato con el que aseguraba se podría transmitir la voz eléctricamente, si bien no lo logró en la práctica. Entre otros aspirantes al mérito también se pueden citar a Innocenzo Manzetti en Europa, y a Amos Dolbear, Sylvanus D. Cushman, Daniel Drawbaugh, Edward Farrar y James McDonough, en Estados Unidos.

Pero el mérito real le corresponde al florentino Antonio Meucci. Recordemos su vida y circunstancias.

MEUCCI. Antonio Meucci había nacido en Florencia el 13 de abril de 1808, donde realizó estudios de ingeniería mecánica. Contratado como encargado de tramoya del teatro Tacón, llegó a la Habana, junto con su esposa Ester, el 16 de diciembre de 1835. Pionero de la electrotecnia en Cuba montó en los altos del teatro Tacón un taller de galvanoplastia, uno de los primeros, si no el primero, que funcionaron en el continente americano. Las 60 pilas Bunsen con que contaba le sirvieron a Meucci para realizar experimentos de electroterapia, sobre diversos amigos enfermos de La Habana, donde tales tratamientos de electroterapia se hicieron bastante populares. En 1849, cuando preparaba uno de tales tratamientos un paciente emitió una exclamación que Meucci afirmó haber oído a distancia, en otra habitación, por transmisión eléctrica en un cable que unía a las dos habitaciones. Según declaró posteriormente Meucci "a partir de este momento ésta fue mi imaginación, y reconocí que yo había obtenido la transmisión de la palabra humana por medio de un alambre conductor unido a varias pilas para producir electricidad, y le di inmediatamente el nombre de telégrafo parlante". El 19 de noviembre de 1997 en el actual Gran Teatro de La Habana se colocó una lápida conmemorativa de este hecho, es decir, de la invención del teléfono, en 1849, en lugar de la fecha de 1876 de Graham Bell.

Lo cierto es que al año siguiente de su hallazgo, el 23 de abril de 1850, Meucci partió para los Estados Unidos, arribando a Nueva York el 1 de abril de 1850, con el objeto de desarrollar y promover su descubrimiento en aquel país, donde continuó viviendo hasta su fallecimiento acaecido el 18 de octubre de 1889.

Repetidos sus experimentos habaneros obtiene el mismo resultado: la transmisión de la palabra no resulta suficientemente clara. El mejoramiento notable lo consigue al sustituir sus aparatos con otros de tipo electromagnético, por lo que hacia 1860 tenía "un excelente resultado, con la transmisión de la palabra casi exacta" entre dos aparatos iguales interconectados directamente mediante alambres. Para atraer a posibles inversores en 1860 organizó una actuación con una cantante cuya voz fue escuchada a considerable distancia, publicándose la noticia en alguno de los periódicos de Nueva York. Y, en 1870 ya lograba transmitir la señal telefónica a una "distancia de cerca de una milla". Meucci sigue perfeccionando su sistema y descubre que la inserción de bobinas en la línea mejora la transmisión, es decir, lo que hoy llamamos "pupinización", en honor de Michael Idvorsky Pupin, que en 1899 "reinventó" el procedimiento.

INFORTUNIOS. En todo caso, Antonio Meucci no era un simple inventor, sino un italiano sensible a las peripecias que tenían que ver con la lucha por la independencia y la unidad nacional que por entonces venía desarrollándose en Italia. La figura emblemática de aquella lucha, era el gran guerrillero Giuseppe Garibaldi, quien vivió durante un tiempo refugiado en Nueva York, en la casa de Meucci, trabajando en su fábrica de velas.

Para obtener fondos Meucci intentó distintas aventuras comerciales como fabricación de pianos, de cerveza, velas de parafina, sombreros, barómetros, papel, pinturas. Todas sin éxito. Y, desde 1855, su esposa estaba enferma, parcialmente paralizada. Otro grave problema para Meucci era su incapacidad para comunicarse en inglés, y era reiteradamente engañado por presuntos inversores.

Una historia es significativa. En la explosión acaecida en un barco de vapor neoyorquino Meucci resultó gravemente lesionado y hubo de ser hospitalizado. Para sobrevivir, su esposa vendió a un comerciante los materiales e incluso el prototipo de teléfono por seis dólares. Cuando, posteriormente, Meucci intentó recuperar sus preciados objetos, el comerciante le dijo que todo había sido revendido a "un hombre desconocido" que fue imposible encontrar.