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Ciencia y salud

Por José Antonio Lozano Teruel

¿Qué sienten las flores?

"Las flores realizamos en la vida sañuda / un intento divino, por misterioso modo; / no anhelar nunca nada, mas soportarlo todo; / absorberse en sí mismo con voluntaria muda / inconstancia... Este es el ensueño de Budha...".

Sin duda, August Strindberg (1849 - 1912) ha sido la figura más gloriosa de la literatura sueca de todos los tiempos y uno de sus pensamientos fue el que inspiró el bello poema anterior, incluido en la obra Las Voces, del poeta y diplomático Amado Nervo, a quien, con justicio, también se considera como el poeta mejicano más distinguido del movimiento modernista de comienzos del presente siglo.

¿Se corresponde a la realidad científica esa visión de Nervo sobre el papel pasivo de las flores, de las plantas en general?. Indudablemente, los vegetales no poseen ojos, narices ni oídos y carecen de un mínimo sistema nervioso, pero algunos científicos opinan que, en cierto sentido, las plantas también son capaces de sentir, de ver, oler, gustar u oír. Crucíferas es el nombre común de una familia de hierbas de jugo picante entre las cuales hay muchas plantas que se cultivan como alimento. La familia contiene unos 390 géneros y 3.000 especies, entre ellas la col de Bruselas, brócoli, berro y mastuerzo. Una de sus especies, la Arabidopsis thaliana, es muy utilizada por los investigadores de los "sentidos" de las plantas. Ello se debe a su pequeño tamaño y a su reducido ciclo vital de unos 30 días, que le hacen ser ideal para los genetistas, quienes estudian sus mutaciones genéticas "silenciosas", es decir, con un gen no operativo, con lo que, comparativamente pueden deducir cuál es el papel de ese gen y el de la proteína que codifica.

CÓMO VEN. Todos sabemos que las plantas responden a la luz, a fin de ajustar su desarrollo y optimizar su crecimiento y supervivencia, pero ¿cómo "ven" y reconocen las plantas a los rayos luminosos?. El Dr. Nam-Hai Chua, de la Universidad Rockefeller de Nueva York, con humor, indica que "las plantas también han de levantarse por las mañanas", por lo que poseen capacidades para reconocer características de la luz, tales como intensidad, calidad, dirección y periodicidad. Más aun, cubren un espectro luminoso más amplio que el del propio ojo humano, abarcando longitudes de onda fuera de nuestro alcance e intensidades tan débiles que nosotros no podemos reconocer. Para conseguirlo se valen de sus proteínas sensibles a los fotones o paquetes de luz. Se conocen dos familias de estas proteínas. Una de ellas es la de los fitocromos, hasta cinco diferentes, que responden a la luz hacia el extremo rojo del espectro. Los diversos fitocromos estudiados posibilitan a las plantas el cálculo de la calidad de la luz, lo que es vital para su competencia respecto a la vegetación próxima. La otra familia es la de los criptocromos, que son proteínas que se estimulan por la luz que va del azul-verde visible hasta el ultravioleta A. Ello ayuda a que las plantas establezcan si es día o de noche, la longitud del día, la cantidad de luz, la dirección de procedencia, etcétera.

Las proteínas fotosensibles poseen otras aplicaciones. Por ejemplo, el fitocromo A, cuando la semilla germina y la plántula emerge del suelo, provoca el salto alimenticio de la planta desde su situación anterior heterotrófica (a partir de las reservas), hasta su crecimiento fototrófico, basado en la energía luminosa. Otros investigadores han hallado que el fitocromo B ayuda a responder a la planta de modo adecuado para no ser estorbada por sus vecinas. Entre otras finalidades descubiertas para los criptocromos figuran la de activar a enzimas que participan en la síntesis de pigmentos que, a su vez, controlan a diversos genes. Y, concretamente, el criptocromo 2, posibilita la medición de la longitud del día y, también, lanza la señal oportuna cuando la planta ha de detener su crecimiento vegetativo y comenzar el desarrollo floral. Los científicos piensan que aun quedan por descubrir muchos más de estos verdaderos ojos moleculares de las plantas o proteínas fotosensibles.

EL GUSTO. Cuando la composición del suelo no es homogénea existen zonas que, por ejemplo, son más ricas en minerales y nutrientes como los nitratos y sales amónicos. Las plantas de Arabidopsis, son capaces de "gustar" el suelo, a fin de que el crecimiento de las raíces tenga lugar diferenciadamente, con lo que se ahorran energías y esfuerzos inútiles. Los genes responsables de ese reconocimiento han sido estudiados, identificando, por ejemplo, que el gen ANRI sirve para la detección de nitratos. Más llamativo aun es la existencia de una enzima, la apirasa, recién descubierta por científicos americanos, en la superficie de las raíces. Esta enzima localiza las moléculas de ATP (la rica moneda energética biológica universal) producidas por los microorganismos y hongos próximos a la raíz. ¿Qué hace con el ATP?. Secuestrarlo, robarlo y romperlo, convirtiéndolo en el nutriente fosfato, que es absorbido.

La existencia de plantas devoradoras de hombres es Ciencia-ficción, pero no así la de plantas insectívoras o de vegetarianas. Las plantas insectívoras son variadas, y se agrupan en tres órdenes distintos de dicotiledóneas. En el orden Scrophuralial y género Striga existen un gran número de plantas parásitas de los cultivos cereales que son capaces de hurgar en el suelo y raíces de las plantas próximas aprovechándose del agua y los minerales. Otras plantas son capaces de probar la saliva de las orugas que las atacan. En algunos casos, cuando las hojas detectan la presencia del compuesto volicitina, presente en la saliva del insecto, producen compuestos indólicos y terpénicos aromáticos volátiles que se fijan al insecto y son reconocidos por las hembras de ciertas avispas parásitas. éstas ponen sus huevos sobre las orugas y tras la correspondiente incubación las recién nacidas avispas matan al huésped.

OTROS SENTIDOS. Se conocen otros muchos ejemplos de sensibilidad hacia el medio ambiental y adaptación a las mejores circunstancias para la supervivencia. He aquí algunos: producción preventiva de moléculas protectoras contra ataques (caso del jasmonato de metilo); producción de sustancias atrayentes de predadores de los atacantes; capacidad de detección del humo tras un incendio, estimulando la reforestación mediante el estímulo de las semillas enterradas en el suelo; control de los flujos de iones calcio en relación con lo que se puede denominar sentido del tacto, que ayuda a desarrollarse a las plantas escaladoras, o a resistir el embate de los vientos, a través de la regulación de la fuerza de las paredes celulares. Y si hasta ahora todo es admirable, la última pregunta podría ser: ¿Pero las plantas pueden oír?. Serias investigaciones universitarias han demostrado que el crecimiento de ciertas plantas se modula con frecuencias sonoras análogas a la de voz humana y con intensidades del mismo orden. También se estimuló la germinación de semillas de rábano, posiblemente a través de la síntesis del ácido giberélico, una hormona vegetal. Es por todo ello, y por lo que de repercusión práctica que puede suponer en la mejora de cosechas, por lo que las investigaciones sobre los sentimientos de las plantas merecen una seria atención.