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Ciencia y salud

Por José Antonio Lozano Teruel

¿Mitos médicos?

Según la Academia de la Lengua, el concepto de mito posee varias acepciones. Hoy nos vamos a referir al caso concreto de la segunda posibilidad, que indica que con un mito se desfigura lo que realmente es una cosa y dándole apariencia de ser más valiosa. En el campo biomédico existen bastantes mitos. De algunos de ellos se han ocupado hace unos días, en una comunicación realizada a la prestigiosa revista BRITISH MEDICAL JOURNAL, dos pediatras americanos de la Universidad de Indiana, provocando un grado de respuestas entre los profesionales que van desde la más calurosa aprobación a las calificaciones más duras. Nosotros intentaremos buscar un punto equilibrado.

MITOS
Los investigadores americanos han analizado, buscando si existe o no existe justificación para ellas, siete creencias que suelen estar arraigadas no sólo en la población general sino también en los profesionales de la salud, ya que según la Dra. Vreeman, una de los coautores del trabajo, “Nos  dimos cuenta de que en la comunidad médica circulan muchas ideas que realmente nunca habían sido comprobadas…..Así que decidimos lanzar este estudio como un ligero recordatorio…de que no debemos creer algo sólo porque lo hemos escuchado anteriormente”.

El listado escogido de los posibles siete mitos fue el siguiente:

  1. Es bueno beber mucha agua, hasta 8 vasos diarios.
  2. Comer pavo produce somnolencia
  3. Usualmente sólo utilizamos un 10% de nuestro cerebro
  4. El afeitado hace que el pelo crezca más rápidamente y sea más fuerte
  5. Tras la muerte el cabello y las uñas siguen creciendo
  6. Leer con luz escasa arruina la visión
  7. Los teléfonos móviles causan peligros en los hospitales

ALIMENTOS
Los dos primeros epígrafes de la lista tienen relación con nuestra alimentación. En el caso del agua su origen puede datarse a una serie de recomendaciones publicadas en el año 1945 indicando la conveniencia de una ingesta diaria de 2,5 litros de agua  o de 1 ml por cada Kcal consumida/gastada, pero también se indicaba que la mayor parte de esa cantidad de agua ya se encuentra presente en nuestros alimentos normales.  Pero, mientras que la primera parte del consejo tuvo amplia difusión, hubo un olvido generalizado de la afirmación final. En todo caso, aparte de otras publicaciones, en el año 2002 la revista AMERICAN JOURNAL OF PHYSIOLOGY invitó a realizar una revisión del tema al Dr. Heinz Vance. La conclusión es que, en muchos casos, el agua que necesitamos podemos obtenerla de los alimentos y bebidas que consumimos normalmente. Por tanto, “no es que necesitemos tomar agua pura, lo que necesitamos es tener líquido en nuestra dieta…..nuestro cuerpo es muy eficiente en regular cuánta agua necesitamos y por ello nos indica cuando tenemos sed y debemos ingerir más agua”. En resumen, tomemos suficiente agua en nuestros alimentos y, si nos apetece, bebamos también agua sola, pero no forcemos la cantidad que ingerimos de la misma.

La relación entre la ingesta de pavo (frecuente en nuestras celebraciones navideñas) y la somnolencia se achacaba al alto contenido de su carne en el aminoácido triptófano ya que éste ha llegado a comercializarse como una ayuda contra el insomnio. Sin embargo, la realidad es que el contenido de triptófano en pavo, pollo o ternera (unos 300 mg por 100 gramos) es inferior a las cifras correspondientes al cerdo o queso. En todo caso son las comidas copiosas, ricas en carbohidratos, proteínas e, incluso alcohol, las que provocan una reducción del flujo sanguíneo y de la oxigenación en el cerebro, originando la somnolencia. Pero la culpabilidad no es de las proteínas del pavo, sino del exceso de acompañamiento.

FUNCIONES
Los tres siguientes epígrafes tienen conexiones más fisiológicas. Se atribuye (falsamente) a Einstein la afirmación de que nuestro cerebro lo utilizamos en menos del 10%. Lo cierto es que la idea comenzó a divulgarse hacia 1907, que es una creencia muy divulgada, que ha sido muy usada para justificar métodos y cursos de desarrollo cerebral y que se viene transmitiendo desde hace algunas generaciones. ¿Qué hay al respecto?. La contestación de la Dra. Vreeman es contundente : “¡Falso!, a pesar de que nos gustaría que fuera cierto porque entonces la gente pensaría que no ha alcanzado todo su potencial cerebral”. La cuantía de la actividad cerebral se puede deducir de los estudios de imágenes computacionales, escáneres de resonancia magnética, estudios metabólicos, análisis neuronales, etc. y, en todos los casos, se demuestra la inexistencia de zonas cerebrales inactivas sin función. No hay ninguna zona cerebral que sea totalmente inactiva. Sin embargo, en mi opinión, habría que ser más prudente para pretender incluir como un mito la afirmación de que sólo usamos una parte de nuestra potencialidad funcional cerebral, porque un tema es que una región cerebral esté o no activa y otro diferente es el grado de rendimiento que podemos obtener de la actividad cerebral de una determinada zona.

Lo que parecería en principio incuestionable es que el cabello y las uñas continúan creciendo después de la muerte. Muchos de nosotros creemos tener experiencias visuales al respecto. Una ingeniosa frase de Johnny Carson señala que  “Durante tres días tras la muerte el pelo y las uñas siguen creciendo, pero el teléfono móvil se apaga”. La realidad científica es que ello es falso, que se trata de una ilusión óptica causada porque tras la muerte se produce una deshidratación y retracción de la piel con lo cual quedan visibles mayores cantidades de cabello o uñas, pero no existe crecimiento, un fenómeno necesariamente ligado a la vida que requiere un complejo sistema de regulación hormonal que deja de funcionar en el momento de la muerte.

¿Y tampoco es cierto que el rasurarse favorece que el pelo crezca más áspero y más rápido?. Aunque esta creencia esté tan difundida, hace 80 años, en el año 1928, ya se realizaron ensayos clínicos que demostraron que el afeitado no tenía influencia sobre la velocidad de crecimiento del cabello. Muchas investigaciones posteriores han corroborado esos resultados. Lo que sucede es que tras un afeitado el pelo que brota carece del extremo fina delgado que si posee el pelo sin rasurar, con lo que la ilusión creada lleva a la conclusión de que el nuevo pelo naciente es más grueso y áspero.

La recomendación final que hacen los autores del trabajo “Mitos médicos”  va dirigida a ls médicos, recordándoles que en su relación con sus pacientes, desde una posición de autoridad como la que tienen, deben ser precavidos en las recomendaciones que cuenten con escasas bases científicas de respaldo y ser conscientes de la necesidad de una evaluación constante de la validez de sus conocimientos.