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Ciencia y salud

Por José Antonio Lozano Teruel

Las superaspirinas

Cuando, alrededor del año 440 a.C. Hipócrates ejercía la medicina, en la isla griega de Kos, solía recetar una infusión de corteza de sauce para combatir las inflamaciones de las articulaciones. El remedio, bastante eficaz, mejoraba las molestias de buena parte de los pacientes.

La razón se descubrió bastantes siglos después. El sauce contenía salicina, que es un antiinflamatorio ligero. La salicina es un glucósido del ácido salicílico. Este ácido, el principio activo del glucósido, se sintetizó en 1838, por primera vez en el laboratorio, por el químico italiano Raffaele Pirie. Pero el ácido salicílico comercial tenía un sabor repugnante y, lo que era peor, provocaba grandes dolores de estómago. Cuando se ocupaba precisamente del estudio de estas desagradables características, el joven químico alemán Felix Hoffmannn sintetizó un derivado de esa sustancia, el ácido acetilsalicílico, mediante la acetilación del ácido salicílico con anhídrido acético y cantidades catalíticas de ácido sulfúrico. En 1899 se comercializó por BAYER el ácido acetilsalicílico, con el nombre comercial de Aspirina, y desde entonces ha sido el analgésico, antipirético y antiinflamatorio más usado universalmente en el mundo contra neuralgias, gripe, resfriados, artritis, dolores de cabeza o fiebre. Ello fue paralelo al propio desarrollo de BAYER, el potente grupo farmacéutico cuyas ventas anuales superan los 30 mil millones de dólares. Y aun mejor, hace pocos años se descubrían otras nuevas aplicaciones de la aspirina en la prevención de patologías cardíacas e incluso de ciertos cánceres.

Sin embargo, a pesar de su casi un siglo de utilidad terapéutica, el mecanismo molecular de la acción de la aspirina se ha conocido tan solo en tiempos relativamente recientes. De este conocimiento se están derivando aplicaciones importantísimas que están haciendo posible la obtención de una nueva serie de fármacos, las superaspirinas, con los efectos favorables potenciados de la aspirina, pero sin los desfavorables,.

PELIGROS DE LA ASPIRINA. El uso crónico, en dosis altas (caso de afectados por condiciones artríticas) de la aspirina o de los llamados antiinflamatorios no esteroideos puede ocasionar hemorragias estomacales y úlceras en más del 25% de los casos, así como diversos desarreglos renales y del sistema nervioso central. Asimismo puede llegar a constituir un peligro la provocada disminución de la capacidad agregante de las plaquetas sanguíneas. Tan solo en Estados Unidos, unas 7.000 personas mueren anualmente debido a ello, mientras que otros 70.000 pacientes necesitan hospitalización.

¿Cuál es la razón?. En 1971 unos investigadores londinenses descubrieron que la aspirina inhibe a la enzima ciclooxigenasa (COX), necesaria para la síntesis de diversas hormonas del tipo prostaglandinas y para la de los compuestos tromboxanos, a partir de su precursor común, el ácido araquidónico. Algunas prostaglandinas protegen la mucosa gástrica y también participan favorablemente en la función renal. Y otras prostaglandinas activan los procesos inflamatorios, dilatan los vasos sanguíneos y colaboran en la aparición del dolor. Es lógico, pues, que la inhibición de la enzima COX por la aspirina produzca un efecto antiinflamatorio pero, paralelamente, también pueda provocar daños digestivos y renales.

COX-1 Y COX-2. Por lo ya expuesto, durante años se creyó que los efectos positivos y negativos de la aspirina estaban indisolublemente unidos. Pero, en 1991, unos científicos americanos descubrieron que realmente existían dos formas diferentes de la enzima COX. Una de ellas, la COX-1, es constitutiva y está presente en forma prácticamente constante en la mayoría de los tejidos, posibilitando que las prostaglandinas ejerzan su favorable efecto fisiológico. La otra forma de la enzima, la COX-2, no existe en los tejidos en condiciones normales, y su síntesis se induce cuando ocurre una inflamación, y a partir de ahí se producen los efectos desfavorables, que vienen condicionados por ello.

En los últimos tres años se han estudiado intensamente las propiedades distintivas de estas dos enzimas ya que la estrategia a seguir parece clara: la inhibición específica de la enzima inducible COX-2, con lo que se evitaría la inflamación y sus consecuencias, pero sin que se inhiba la COX-1, con lo que no se producirán los efectos desfavorables ocasionados en estómago y riñón por la disminución de la concentración de ciertas prostaglandinas. Sin embargo, hay que tener presente que, tanto la aspirina como la mayor parte de la gama de los antiinflamatorios no esteroideos conocidos, lo que hacen es justamente lo contrario, inhibir más potentemente la COX-1 que la COX-2.

SUPERASPIRINAS. Lo importante es que, recientemente, se han preparado varios compuestos experimentales que han mostrado ser más de cien veces más activos contra la indeseable COX-2 que contra la benéfica COX-1. Entre ellos se encuentran los DUP-697, NS-398, flosulide y otros, sintetizados en Estados Unidos, Japón, Suiza y Canadá por las empresas SEARLE, TAISHO, CIBA-GEIGY y MERCK-FROSST, entre otras. En modelos animales ya han demostrado su acción antiinflamatoria y antidolorosa sin que hayan producido efectos gástricos indeseables.

Hace un par de meses, con motivo de la celebración de la 10ª CONFERENCIA INTERNACIONAL SOBRE PROSTAGLANDINAS Y SUSTANCIAS RELACIONADAS, se han revisado todos los conocimientos ya existentes sobre estas dos enzimas y sus propiedades. Tanto SEARLE como MERCK señalaron que sus superaspirinas ya habían superado las pruebas iniciales de toxicidad sobre humanos, poseyendo un poder inhibidor sobre COX-2 doscientas veces superior que sobre COX-1. Por su parte, BOEHRINGER cuenta con una superaspirina menos discriminante (relación de inhibición de dos a uno), aunque si lo suficiente para evitar los efectos colaterales negativos, y va a iniciar su comercialización a gran escala.

¿Estamos pues asistiendo al final de la aspirina?. Las nuevas generaciones de fármacos, muy selectivas, indudablemente sustituirán, en un próximo futuro, a buena parte de las aplicaciones clásicas de la aspirina, pero han aparecido otras nuevas, a veces a dosis muy bajas, y se van confirmando con mayor precisión, sobre todo las relacionadas con la prevención de patologías cardíacas o de ciertas malignizaciones, tales como el cáncer de colon. Diversos recientes estudios han confirmado no solo la efectividad del fármaco en la terapia posterior al infarto cardíaco, sino también su efecto positivo evitando fallos en la circulación sanguínea así como otros fallos cardíacos repentinos. Por ello el pasado verano la FOOD AND DRUG ADMINISTRATION americana ha propuesto que se modifique la información que se acompaña en los envases de aspirina, a fin de incluir todas esas nuevas indicaciones, que siempre han de ser controladas por el médico. El profesor Charles Hennekens, jefe de medicina preventiva del prestigioso hospital BOSTON BRIGHAM AND WOMEN'S HOSPITAL ha afirmado que si realmente se extendiera el uso médico controlado de la aspirina a todos los pacientes de ataques cardíacos, se evitarían centenares de miles de muertes prematuras anuales en todo el mundo.