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Ciencia y salud

Por José Antonio Lozano Teruel

¿Es innata la homosexualidad?

Siguiendo la tradición dominante en las escuelas sicológicas de los siglos XIX y XX, hasta el comienzo de los años 70 en muchos centros siquiátricos se clasificaba la homosexualidad como una enfermedad mental que daba lugar a un comportamiento anormal y como tal era tratada y aún sigue tratándose por parte de muchos profesionales

Siguiendo la tradición dominante en las escuelas sicológicas de los siglos XIX y XX, hasta el comienzo de los años 70 en muchos centros siquiátricos se clasificaba la homosexualidad como una enfermedad mental que daba lugar a un comportamiento anormal y como tal era tratada y aún sigue tratándose por parte de muchos profesionales. Sin embargo, con el tiempo ha ido ganando terreno otro punto de vista: el de considerar la homosexualidad como una variante normal de la sexualidad, lo que ha conducido a una controversia planteada vulgarmente en términos de si el homosexual nace o se hace.
 
Hallazgos científicos recientes permiten arrojar luz sobre esta polémica, antigua corno la propia Humanidad. En diferentes épocas y culturas se ha aprobado, tolerado o prohibido la homosexualidad según las circunstancias imperantes. Así, para los antiguos griegos la homosexualidad era una forma de amor superior a la heterosexual, mientras en la cultura judeo cristiana se asoció al pecado, sobre todo a partir del siglo XIII, con Santo Tomás de Aquino, quien la consideraba peligrosa y socialmente inaceptable. Sin embargo, un sicólogo del siglo XIX, Richard von Krafft-Ebing, ya intentó buscar su origen en la herencia y, en 1948, el célebre informe Kinsey descubría que las prácticas homosexuales estaban tan extendidas que hasta un 30% de adultos, varones y hembras americanos habían tenido alguna experiencia de esa índole y que un 10% eran primariamente homosexuales.
 
En la prestigiosa revista Science, el neuroanatomista de origen inglés Simon LeVay, del conocido Instituto Salk americano, publicó recientemente unos interesantes resultados, basados en una investigación previa de la doctora Laura Allen, quien descubrió que una porción del hipotálamo, la INAH-3 o tercer núcleo intersticial del hipotálamo anterior, que participa en la regulación y orientación de la actividad sexual, poseía en los varones un tamaño dos veces superior que en las hembras. El Dr. LeVay, él mismo homosexual, tras la muerte por SIDA de su compañero Richard Hersey, se dedicó a investigar sobre los cerebros de cadáveres víctimas del SIDA, entre ellos los de 19 homosexuales varones, 16 heterosexuales varones y 8 heterosexuales hembras, concluyendo que en los homosexuales varones el tamaño de la región INAH-3 era semejante al de las hembras y en ambos casos la mitad que en los heterosexuales varones. Posteriormente, lo mismo se ha confirmado en hipotálamos de homosexuales fallecidos por causas diferentes al SIDA. La deducción inmediata fue la existencia de condicionamientos anatómico-fisiológicos asociados al hecho de la homosexualidad.
 
Es bien sabido que los hermanos gemelos univitelinos, idénticos, poseen una misma dotación genética al proceder ambos de la misma célula fecundada, mientras que los gemelos fraternos, no idénticos, tienen diferencias genéticas entre sí. Los doctores Bailey y Pillard, trabajando sobre muchas parejas de gemelos idénticos y otras de no idénticos, encontraron el pasado diciembre que, en las de idénticos, resultaron ser homosexuales ambos hermanos en un 52%, mientras que entre las de no idénticos bajó al 22% y sólo fue del 11% entre hermanos adoptivos, sin relación genética alguna. Los mismos investigadores están a punto de publicar nuevos datos, en esta ocasión sobre hembras gemelas y lesbianismo, encontrando una mayor desproporción aún de porcentajes entre las gemelas idénticas y las no idénticas respecto al lesbianismo.
 
Esto indica que existe una cierta determinación genética de la homosexualidad, lo que está siendo investigado en varios proyectos, incluso de los Institutos Nacionales de la Salud americanos, a fin de localizar la existencia del gen o grupos de genes responsables, con una perspectiva de unos 5 años para su aislamiento. En el caso de que ello se consiga, las interrogantes se multiplicarían. Algunas madres podrían sentirse tentadas a curar genéticamente a unos niños que, en su vida normal, en otro caso, se encontrarían con dificultades sicosociales importantes. Pero ello, aparte de reminiscencias eugenésicas nazis, supondría considerarlos como enfermos semejantes a los que sufren graves patologías de origen genético.
 
Entre los detractores de datos como los que hemos comentado están los que afirman que la propia clase de actividad sexual puede modular anatómicamente la red neuronal cerebral, al igual que los ciegos que aprenden la lectura Braille tienen incrementada una zona cerebral relacionada con la lectura. Respecto a los estudios sobre gemelos, los críticos argumentan que los gemelos idénticos son más aptos para responder del mismo modo a las influencias externas moldeadoras de la homosexualidad.
 
Algunas asociaciones de gays y lesbianas se han mostrado contrarias a todo este tipo de estudios genéticos y científicos, argumentando que lo normal no debe ser objeto de investigación, pero parece evidente que la investigación científica, la sexualidad, no sólo es permisible sino recomendable, ya que conocer con más exactitud las bases de nuestro comportamiento y actitudes es conocernos mejor, lo que constituye una de las aspiraciones más nobles del progreso humano.