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Ciencia y salud

Por José Antonio Lozano Teruel

Avances quimioterápicos contra el SIDA

EL Centro para el Control de Enfermedades, de Atlanta, Estados Unidos, analiza cuidadosamente toda la documentación al respecto procedente de los diversos estados de USA

EL Centro para el Control de Enfermedades, de Atlanta, Estados Unidos, analiza cuidadosamente toda la documentación al respecto procedente de los diversos estados de USA. En el transcurso de unos exámenes rutinarios realizados en junio de 1981, se observó que en los 8 meses anteriores se habían diagnosticado 5 casos de una extraña neumonía, ocasionada por un protozoo muy frecuente, en 3 hospitales de Los Ángeles, afectando a jóvenes blancos que, al parecer, no tensan nada en común salvo su condición homosexual. Inmediatamente se comprobó también un gran crecimiento de la incidencia de sarcomas de Kaposi que, asimismo, afectaban a homosexuales. 
 
Estas fueron las primeras señales de alerta sobre la aparición del SIDA (Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida), que pronto demostró que afectaba a otras poblaciones de riesgo, con una mortalidad prácticamente del 100% de los pacientes y un incremento de casos diagnosticados que se doblaba cada 5 años.
 
El descubrimiento del virus responsable se realizó en 1983, acompañado de una polémica entre la ciencia europea —representada por el francés Dr. Montagnier— y la americana, protagonizada por el Dr. Gallo. La discusión no sólo fue de carácter científico sino de fuertes implicaciones económicas, por lo que suponen los beneficios producidos con el desarrollo del método analítico de detección del SIDA. Ha sido a comienzos del presente mes de mayo cuando ha concluido la investigación abierta al respecto por los Institutos Nacionales de la Salud americanos, en la que han intervenido, además de abogados, verdaderos detectives científicos para aclarar la posible mala conducta al respecto del Dr. Gallo o su colaborador el Dr. Popovic.
 
El virus del SIDA, VIH-1 (Virus de Inmunodeficiencia Humano), desde 1986 se supo que no era único, existiendo la variante VIH-2. Su material hereditario consiste de ARN (o RNA) ácido ribonucleico, en lugar de ADN (o DNA), ácido desoxirribonucleico, clasificándose como un Retrovirus debido a que posee una enzima especial denominada transcriptasa inversa, capaz de transcribir el ARN hasta ADN, por lo que juega un papel fundamental en el mecanismo de multiplicación del virus, que ataca sobre todo a una clase de glóbulos blancos, los linfocitos T4+, de un alto grado de protagonismo en las respuestas inmunológicas contra los agentes infecciosos.
 
Desde un punto de vista teórico conceptual se vislumbra la futura obtención de vacunas e incluso se están comenzando algunas experimentaciones clínicas sobre voluntarios, pero entre las dificultades existentes no es la menor el alto grado de mutación del virus. Por ello, hasta que tales esperanzas se hagan efectivas, los tratamientos quimioterápicos son la mejor elección para controlar la progresión de la enfermedad. Aunque el nombre de la ATZ es el más conocido, la estrategia quimioterápica admite otras posibilidades que numerosos investigadores están intentando den frutos eficaces. Se puede interferir mediante drogas tanto el reconocimiento del virus por los receptores celulares específicos como el proceso de la fusión de la envoltura vírica con la membrana celular. Sin duda los mayores avances se han conseguido bloqueando el ciclo vital del virus evitando la actuación de su transcriptasa inversa que actúa normalmente formando las hembras de ADN a partir de las unidades de desoxirribonucleótidos (dATP, dGTP, dCTP y dTTP), que son formas fosforiladas de los correspondientes nucleósidos, que a su vez están formados por un azúcar (desoxirribosa) y una base nitrogenada. Análogos estructurales de las bases, nucleósidos o nucleótidos pueden bloquear el proceso.
 
A mediados de 1985 ya se habían ensayado más de 300 fármacos con posibilidades y de entre todos ellos la AZT (3'-azido-2', 3'-didesoxitimidina), o ziduvina, de los laboratorios Wellcome, era la más eficaz en el laboratorio iniciándose las pruebas clínicas en febrero de 1986, con excelentes resultados de retardo del progreso de la enfermedad y de mejora de la calidad de vida de los enfermos. La AZT es un análogo nucleosídico, pero existen otros de gran interés potencial como el DDC (2', 3'-didesoxicitidina) obtenido en Hoffman-Larroche o el DDI de Bristol-Myers, basados en pequeñas alteraciones en la porción azucarada o nitrogenada. En otras ocasiones se han introducido átomos, enlaces o funciones diferentes a las usuales y de este modo los análogos, o bien inhiben a la transcriptasa inversa, o bien le sirven de sustrato, pero al incorporarse a la hebra de ADN impiden que continúe la síntesis de la misma necesaria para la multiplicación del virus.
 
Recientemente se han desarrollado otras formas de análogos de nucleósidos en los que la porción de azúcar está sustituida por una estructura cíclica halocarbonada o por una cadena lateral no cíclica, tal como ocurre con el PMEA o el FPMPA, análogos del ATP. Pero la sorpresa más prometedora ha consistido en la obtención de moléculas tipo aciclouridina, como el TIBO, o tipo benzodiacepinas, como el HEPT, que han demostrado ser inhibidoras específicas de la transcriptasa inversa del virus VIH-1 a concentraciones cien mil veces inferiores de las que serían tóxicas para las células normales. Simultáneamente otros investigadores están avanzando en la obtención de sustancias que no sólo impidan la replicación del virus, sino que logren su verdadera destrucción. 
 
En todo caso el camino a recorrer es muy largo desde los hallazgos de laboratorio hasta la aplicación clínica y por ello no deben despertarse falsas esperanzas, aunque lo indudable es que ese largo camino ha comenzado a recorrerse y en algunos casos con perspectivas muy esperanzadoras para el futuro.