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Ciencia y salud

Por José Antonio Lozano Teruel

Hormigones enfermos

El hormigón es el material de construcción más usual en los países avanzados y, aunque fue conocido y usado por los romanos, es desde comienzos de este siglo cuando la introducción del hormigón armado produce un cambio espectacular en las técnicas de construcción

El hormigón es el material de construcción más usual en los países avanzados y, aunque fue conocido y usado por los romanos, es desde comienzos de este siglo cuando la introducción del hormigón armado produce un cambio espectacular en las técnicas de construcción. Sucesos como el recién acaecido del Hotel Bahía de Santander, o el que día tras día viene aireándose respecto a la aluminosis, vienen a recordarnos que el hormigón puede ser objeto de enfermedades y que su durabilidad viene condicionada por múltiples factores, entre ellos, la existencia o no de protecciones adecuadas.
 
Además de las consideraciones sociales y humanas de las posibles catástrofes originadas por las menguas de su durabilidad, las implicaciones económicas alcanzan gran importancia. El informe Hoar de Gran Bretaña estimó que sólo la corrosión de las estructuras metálicas del hormigón armado producía unas pérdidas anuales equivalentes al 0,5% del Producto Nacional Bruto. Para darse una idea de lo que esto significa, basta considerar que todo el sistema español de Investigación y Desarrollo, público y privado, no llega alcanzar el 1% de nuestro PNB. Asimismo, el director general de Arquitectura y Vivienda de la Generalitat catalana declaraba hace unos meses que la rehabilitación en los edificios afectados con aluminosis en Cataluña importaría más de 150 mil millones de pesetas.
 
El hormigón es una mezcla de cemento, arena, grava y agua, y tanto por sí mismo como por el acero, en el caso del hormigón armado, puede ser objeto de agresiones de diverso tipo que producen las correspondientes patologías cuyo desenlace puede ser fatal. Así, existen ataques de tipo mecánico (fisuras), físico (abrasión, erosión, cristalización de sales, saltos térmicos), físico-químicos (intercambio de iones, lixiviación, actividad de compuestos expansivos) e incluso biológicos (acción de ciertas bacterias).
 
En nuestro país el deterioro más frecuente es ocasionado por los sulfatos, que tienden a reaccionar con los aluminatos, presentes en menor o mayor cantidad en los cementos, dando lugar a un nuevo compuesto químico, el trisulfoaluminato cálcico, que es de naturaleza expansiva, por lo que al formarse favorece el agrietamiento y cuarteamiento del hormigón. No podemos ignorar que más de las 3/4 partes del suelo de nuestro país es bastante yesero, con alto contenido en sulfatos, así como que también poseen sulfatos las aguas naturales y, sobre todo las procedentes de residuos domésticos e industriales. Otros factores de riesgo son los altos contenidos en aluminatos tricálcicos de los cementos, así como la existencia de una permeabilidad alta en el cemento, factor que depende mucho de una adecuada relación agua/cemento durante el amasado.
 
Desde que se celebró en 1969 en Praga el II Congreso sobre Durabilidad del Hormigón se hizo evidente que respecto al hormigón armado el mayor problema es el de la corrosión de las armaduras, fenómeno de tipo electroquímico usual tras los ataques por cloruros (sal), que producen pilas en cuyo polo anódico se oxida el hierro y en cuyo polo catódico se originan iones hidroxilos, todo lo cual hace que finalmente aparezcan en la armadura metálica depósitos de óxidos o hidróxidos de hierro que la van debilitando. En España el peligro de este tipo de agresión es mayor en las zonas costeras, con ambientes muy salinos, así como en los lugares de heladas donde se usa la sal para inducir el deshielo de calles, puentes, carreteras, etc.
 
Una vez iniciado el proceso corrosivo, sea cual sea su origen y lugar de actuación, sus efectos se propagan a velocidades dependientes de diversos factores tales como los climáticos (humedad, temperatura ambiente) o la accesibilidad del oxígeno del aire. Por ello, aparte de las acciones terapéuticas, la postura más eficaz es la preventiva, evitando el inicio de la corrosión. En la inmensa mayoría de los casos ello se conseguiría con el simple cumplimiento de las normas de buena práctica existentes, lo que implicaría hormigones bien dosificados en todos sus componentes, con materias primas controladas, fabricados cuidadosamente no sólo con su cemento correspondiente, sino también compactos e impermeables. En los casos particulares en los que ello sea necesario, existe un amplio repertorio de acciones protectoras, como los aditivos inhibidores de la corrosión o pinturas o ceras especiales para el hormigón, así como la protección catódica o los recubrimientos metálicos galvanizados para los aceros. Se estima que, con los conocimientos actuales, un uso correcto de los mismos reduciría los costos derivados de las corrosiones del hormigón en más de un 25%.
 
La última laguna a señalar es que son necesarias mejores normas legislativas respecto a la necesidad de controles periódicos de las estructuras de hormigón a lo largo del tiempo, a fin de garantizar que su estado sigue siendo satisfactorio.