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Ciencia y salud

Por José Antonio Lozano Teruel

Electricidad y radiaciones dañinas

La sociedad actual está totalmente electrificada y estamos sometidos ininterrumpidamente a los campos electromagnéticos que se originan en la transmisión, distribución y uso de la electricidad. Como la sociedad también está preocupada por su salud, no puede ignorar que ya hace bastante tiempo se conocen los peligros de ciertas radiaciones ionizantes y no ionizantes

La sociedad actual está totalmente electrificada y estamos sometidos ininterrumpidamente a los campos electromagnéticos que se originan en la transmisión, distribución y uso de la electricidad. Como la sociedad también está preocupada por su salud, no puede ignorar que ya hace bastante tiempo se conocen los peligros de ciertas radiaciones ionizantes y no ionizantes. Por ello no es de extrañar la polémica abierta sobre los posibles efectos adversos de los campos electromagnéticos asociados a la electricidad y su uso.
Es un conocimiento físico básico que la energía de una radiación es directamente proporcional a su frecuencia, o sea al número de ondas por segundo. De ahí la peligrosidad de los rayos X de extremada alta frecuencia -1018 herzios- o la existencia de lesiones térmicas y/o fotoquímicas ocasionadas por otras radiaciones de menor frecuencia, tales como las ultravioleta, visibles e infrarrojas. Investigaciones efectuadas en Europa Oriental hace años también describieron una serie de trastornos producidos por la exposición de trabajadores a radiaciones de microondas y radiofrecuencias.
Las ondas electromagnéticas se clasifican como de extremada baja frecuencia. por debajo de 30 mil herzios. Ello significa que su energía asociada es muy pequeña y sus efectos, si existen, también lo serán. Pero hay que tener en cuenta que a tan bajas frecuencias actúan independientemente las porciones eléctrica y magnética del campo electromagnético. La porción eléctrica depende directamente del voltaje, por lo que una línea de distribución de alta tensión producirá un campo mucho más intenso que el de un cable a 220 voltios. La porción magnética del campo se incrementa con la cantidad de corriente. Por ello un radiador eléctrico si funciona a más alta intensidad genera un campo mayor. Los campos electromagnéticos de peligro potencial en los que más se ha insistido comprenden los asociados a tendidos eléctricos por encima de las viviendas, calentadores, frigoríficos, televisiones, terminales de vídeo, ordenadores, camas de agua y mantas eléctricas, etc.
Los campos electromagnéticos pueden inducir variados efectos y alteraciones en la materia viva. En estudios experimentales sobre animales se han encontrado cambios más o menos claros de tipo cardiovascular, nervioso, de comportamiento, reproductor, de desarrollo, hormonales, inmunológicos, sanguíneos, inductores de cánceres, etc. En 1979 sonó una fuerte voz de alarma cuando la epidemióloga Nancy Wertheimer y el físico Edward Leeper revisaron los certificados de defunción por cánceres infantiles durante un periodo de 23 años en Denver, encontrando que la incidencia de leucemias, linfomas y cánceres del sistema nervioso se incrementaban dos o tres veces cuando se residía en viviendas próximas a grandes transformadores eléctricos y líneas eléctricas de distribución. Inmediatamente se realizaron en el mismo Denver dos nuevos estudios de los denominados casos-control y se volvió a encontrar una asociación de riesgos importante y consistente.
Desde 1980 se han venido haciendo otras diversas investigaciones y aunque bastantes resultados son contradictorios, en la mayoría de ellos se señala un aumento apreciable del riesgo de cánceres infantiles, a pesar de los que arguyen que en los últimos 30 años se ha producido un gran incremento en el consumo de electricidad y que, sin embargo, la incidencia de leucemias ha permanecido estable. Respecto a la controversia del riesgo para la salud de los adultos, a finales de 1989 tuvo amplia repercusión el análisis epidemiológico de la Dra. Matanovski, de la John Hopkins University, quien previamente era una escéptica al respecto, pero en una investigación sobre 4.500 electricistas telefónicos de nueva York llegó a la conclusión de que su riesgo de sufrir cáncer estaba duplicado respecto a la población normal. Otras investigaciones alertaron hace poco tiempo sobre el uso de mantas eléctricas y camas de agua electrificadas —sobre todo en mujeres gestantes— ante un mayor porcentaje de abortos y bebés con menor peso.
Debido al interés público de todos estos problemas, actualmente se están realizando bastantes investigaciones —alguna con presupuesto superior al equivalente a 600 millones de pesetas anuales— con duraciones de más de cinco años y metodologías muy afinadas, cubriendo diversos grupos de población y variados riesgos posibles para este tipo de radiaciones. Hasta tanto no se tengan resultados más seguros las posturas oficiales son tranquilizadoras, pero de precaución. Según la Agencia de Protección Ambiental de USA "existen sugerencias, pero no pruebas de una potencial carcinogenicidad de los campos electromagnéticos". En el prestigioso British Medical Journal se afirmaba que, aunque no hay evidencia firme de que la exposición doméstica a los campos electromagnéticos cause daños a la salud, tampoco la hay para calmar totalmente la preocupación al respecto. La mayoría de los expertos piensan que, hasta tanto no se tenga mejor información debe mantenerse una actitud precautoria y adicionalmente deben evitarse otros riesgos más seguros y conocidos como son el fumar, el colesterol o el estrés.