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Ciencia y salud

Por José Antonio Lozano Teruel

Nombres históricos en la ciencia mundial

Los diferentes procesos citados a continuación tienen un denominador común: la metalización del casco visor de un astronauta, de los cristales de unas gafas o de las ventanas de un edificio; el revelado de una película en color; la capa protectora de crema que se extiende una bañista en la playa o el bronceado químico rápido en ausencia de so

Los diferentes procesos citados a continuación tienen un denominador común: la metalización del casco visor de un astronauta, de los cristales de unas gafas o de las ventanas de un edificio; el revelado de una película en color; la capa protectora de crema que se extiende una bañista en la playa o el bronceado químico rápido en ausencia de sol; la permanente en frío de las peluquerías; el depilado químico; un repelente antimosquitos; el brillo de un collar de perlas artificiales o de la superficie barnizada de un automóvil; la suavidad de la piel comercializada de una nutria o la frescura de un producto de pastelería; los indicadores de cristal líquido de cualquier visor electrónico digital; las fibras conductoras de luz; las determinaciones inmunológicas de los daños ocasionados por un infarto; el control analítico de la glucemia en los diabéticos; la comprobación sanitaria del estado de una piscina pública o, en fin, la producción de un vasto número de reactivos y de medicamentos. El denominador común en todas las actividades reseñadas y en otras muchas es que para llevarlas a cabo es muy probable que se hayan usado productos en cuya investigación, desarrollo y comercialización la casa Merck ha sido protagonista principal.
 
Desde que en 1668 -por un buen puñado de dinero- el farmacéutico Friedrich Jacob Merck compró una de las dos farmacias, la llamada farmacia del Ángel, en Darmstadt, Alemania, ese apellido, convertido en nombre comercial, ha estado vinculado a buena parte de los avances científicos en los que la ciencia alemana ha participado, hasta llegar a la situación actual en la que el grupo empresarial posee un volumen mundial de negocios superior a los cuatro mil millones de marcos anuales, fabrica más de quince mil productos diferentes repartidos principalmente entre sus divisiones farmacéuticas, de productos químicos y de productos de laboratorio, poseyendo plantas de producción en 6 de los principales países de europeos, entre ellos España, y en Iberoamérica, Estados Unidos e Indonesia. De sus cerca de veinticinco mil empleados, aproximadamente un 10% se dedican a tareas de Investigación y Desarrollo (tantos como el total de algunas Universidades prestigiosas) en cuyas actividades gastan anualmente cantidades superiores a las destinadas a inversiones, por encima de los trescientos millones de marcos.
 
En uns ponencia presentada hace un mes con motivo de la celebración del V Congreso OFIL de Farmacéuticos Iberoamericanos, el farmacéutico Federico Hernández-Meyer recordaba que la etapa formativa de Friedrich Jacob Merck coincidió históricamente con la música que desarrollaba Juan Sebastián Bach en las catedrales o con la actividad literaria de Juan Bautista Moliére. En la rebotica de la farmacia del Ángel tuvieron su eco los gritos de Igualdad, Libertad y Fraternidad de la Revolución francesa y allí se discutían proyectos tan dispares como la impresión de algunas obras de un joven escritor llamado Goethe o el modo de disponer de suficiente cantidad de plantas adecuadas para extraerles componentes necesarios en la preparación de las diversas fórmulas magistrales. Este espíritu innovador se fue transmitiendo a lo largo de las generaciones y es precisamente en la quinta generación, coincidiendo con los inicios del siglo XIX, cuando un nuevo farmacéutico, Emanuel Merck, tras una sólida formación académica y práctica en los más prestigiosos centros europeos, se hace cargo de la ya antiquísima farmacia del Ángel.
 
Emanuel Merck se relacionó intensamente con el mundo científico de su época: con Kekulé, descubridor de la estructura del benceno; con Wöhler, cuya síntesis de la urea dio al traste con la teoría del vitalismo; con el célebre Pasteur, etc. Pronto comprueba que el suministro de sustancias medicinales era inferior a la demanda de sus conciudadanos, por lo que Emanuel Merck se decide a dar un paso que hasta entonces nadie había acometido: “Para divulgar esta clase de medicamentos a un bajo costo, me he decidido a producirlos en gran escala”. En la rebotica intenta obtenerlos a escala casi industrial y se fabrican o aíslan por kilos sustancias tales como morfina, codeína, estricnina, gencianina, salicina, quinina, ioduro potásico, etc. El lema de la casa es decidido: “Garantizo la constante pureza de mis preparados y asumo cualquier inconveniente que pudiera derivarse a partir de impurezas”. El cumplimiento de la promesa hace que pronto se busquen y divulguen los productos con ahínco.
 
El éxito hace preciso construir una primera fábrica, inaugurada hace algo más de 150 años, en la que se intenta una política social muy progresiva para la época, en la que la jornada de trabajo era de 15 horas, con prohibición de fumar, tomar bebidas alcohólicas, discutir con el jefe, etc. A la muerte de Emanuel Merck en 1855, sus productos, basados en la calidad, están totalmente consolidados y en lo sucesivo se siguen los mismos principios iniciales de apoyar la ciencia y la investigación de una manera decidida. El que en la actualidad se comercialicen más de quince mil productos propios significa que se ha intentado producir o aislar centenares de miles y toda esa experiencia ha dado lugar a un inigualable archivo de datos científicos de un valor incalculable. Algunos de ellos son dados a conocer en forma de Índices o Manuales a los profesionales interesados, tales como químicos, médicos o farmacéuticos. En otros casos se ha de pedir colaboración, incluso en grandes proyectos europeos, como sucede con el de la TV de alta definición, cuyo desarrollo, en algunos aspectos, depende de encontrar soluciones para ciertos materiales, para cuyo éxito los datos de esos archivos científicos son indispensables.
 
En todo caso el nombre de Merck, sinónimo de colaboración entre Ciencia e Industria, es un ejemplo de otros similares de aventuras empresariales de las que se han derivado grandes beneficios para la Humanidad: Bayer, Pasteur, Marconi, Du Pont, etc.