Ciencia y salud

Por José Antonio Lozano Teruel

¿Por qué no somos negros todos los humanos?

El hombre pertenece al orden de los Primates, que cuenta con centenares de especies de mamíferos, incluidos monos y simios, que forman parte, junto con el hombre y otras especies, del suborden Antropoideo. Simios y hombres se integran en la superfamilia Hominoideos y, dentro de ella, aunque existen discusiones entre los expertos, en la familia Homínidos. Los monos africanos -chimpancés y gorilas- se clasificarían junto con el hombre en el nivel inferior o subfamilia de los Homininos (Homininae).

EVOLUCIÓN y COLOR. Los genes del ser humano y del chimpancé son casi idénticos por lo que el chimpancé es nuestro pariente biológico vivo más próximo. Esto no significa que el ser humano evolucionara a partir del chimpancé, sino que ambas especies se desarrollaron a partir de un antepasado simio común, hace unos 8 millones de años. La transición desde simio a hombre dejó grandes huellas, evidenciadas por los fósiles de diferentes especies bípedas australopicetinas que vivieron hace entre 4 y 2 millones de años. Nosotros pertenecemos al género Homo, género que se inició en África y comenzó a evolucionar hace unos 2,5 millones de años, con la característica diferencial de poseer un cerebro más grande que sus predecesores.

Entre todos los primates posibles solo los humanos tenemos piel desnuda y con amplias diferencias de color. Por ello, desde el antepasado simio al hombre actual, cabe hacernos ciertas preguntas: ¿Cómo ha evolucionado el pelo y el color de la piel?. ¿Cuáles han sido las causas de ello?. ¿Por qué existen las diferencias de color actuales?.

Durante mucho tiempo la única contestación existente era que la melanina coloreada de la piel protege contra la radiación solar, causante de los cánceres de piel. Por ello, donde la incidencia solar es más alta, como las zonas ecuatoriales, interesa tener una piel más pigmentada que en las polares, con poco sol, donde la piel puede ser clara. ¿Es ésta la única razón evolutiva?. Una reciente revisión del problema, realizada por los doctores Jablonski y Chaplin, de la Academia de Ciencias de San Francisco, EE.UU., nos descubre otros determinantes muy importantes.

SIN PELO. Los estudios científicos realizados sobre los restos de homínidos de diferentes yacimientos permiten imaginar sus características y el género de vida que desarrollaban hace unos pocos millones de años. Sin duda, los homínidos eran muy parecidos a los actuales chimpancés, de piel clara, y cubiertos de pelo en la mayor parte del cuerpo. Vivían de modo semejante al de los actuales primates que podemos observar en África, dedicando gran parte del día a la búsqueda de alimentos en un radio de unos 6 kilómetros, antes de retirarse a la protección del bosque para dormir. Pero los esqueletos de Homo ergaster de hace unos dos millones de año ya señalan unos bípedos activos, de largas extremidades inferiores, capaces de recorrer grandes distancia. Para su creciente cerebro era un inconveniente el calor protector de tanto pelo. ¿Cómo refrescarse?. Diversas investigaciones demuestran que pudieron lograrlo mediante una disminución del pelo corporal y un aumento en el número de glándulas sudoríparas corporal.

Ello acarreaba otro problema, protegerse contra la radiación ultravioleta solar, desencadenante de los carcinomas de células basales y escamosas así como de melanomas malignos. La solución fue la misma que realizan los chimpancés en sus zonas de piel descubierta. Es decir, favorecer la pigmentación cutánea por la participación de unas células especiales, los melanocitos, en unos orgánulos, los melanosomas, donde se localiza la biosíntesis del pigmento más protector, la eumelanina, de color negro-pardo, en contraste con la feomelanina, de color amarillo-rojizo, presente en las personas pelirrojas.

VITAMINAS. Sin embargo, esa ventaja evolutiva no lo es tanto ya que los cánceres de piel suelen darse ya pasada la edad de la reproducción. Los investigadores han encontrado otros dos nuevos factores importantes: a) Un exceso de radiación luminosa destruye al ácido fólico corporal, sustancia presente en los alimentos, una vitamina, que sabemos actualmente que es imprescindible para poseer una buena fecundidad y lograr un adecuado desarrollo fetal. Por ello, poseer una piel oscura sería una ventaja; b) La radiación luminosa es precisa para que, a partir de precursores alimenticios, podamos biosintetizar la vitamina D, imprescindible para el fortalecimiento óseo de la madre y su descendencia y para el funcionamiento del sistema inmunitario. Respecto a este punto, al contrario que con el anterior, una piel oscura sería una desventaja evolutiva.

La solución de compromiso sería la de evolucionar para que la piel sea tan oscura que pueda proteger contra la destrucción del ácido fólico pero no tanto que impida la biosíntesis de la vitamina D. En las zonas ecuatoriales, muy soleadas, ello se conseguiría con una mayor pigmentación, mientras que en las pocos soleadas lo conveniente sería tener una piel clara. Cuando los primeros Homo sapiens comenzaron a aparecer en África, hace unos 150.000 años, su piel era muy pigmentada, adecuada a la intensa radiación solar y las altas temperaturas. Conforme se produjo la emigración poblacional hacia los trópicos, con menos sol, el exceso de protección resultó ser perjudicial, por lo que la respuesta, conseguida a lo largo de miles de años de evolución, fue producir menos melanina, aclarar el color de su piel.

El caso del pueblo inuit, en Alaska y Canadá, es muy significativo ya que son bastantes más morenos de lo previsible por la latitud en que viven. La razón radicar en su dieta, a base de pescado y mamíferos marítimos, muy rica en vitamina D, por lo que pueden "permitirse el lujo" de poseer una piel más oscura, aunque sinteticen poca vitamina D. En cuanto a las diferencias de color, de grupos poblacionales dentro de África, se suelen explican una vez conocidos el origen y fecha de los correspondientes flujos migratorios. Y, un problema de gran interés, es que, por la reciente y actual existencia de extensas migraciones humanas, muchas personas han de vivir en zonas en las que la radiación solar recibida no es adecuada al color de su piel. El caso de la alta incidencia de cánceres de piel en los inmigrantes caucasianos de Australia y Nueva Zelanda es solo un ejemplo.