Ciencia y salud

Por José Antonio Lozano Teruel

¿Mata la Ciencia a Dios?

Carl Sagan, famoso astrónomo y escritor, fallecido en 1996 escribió que "No hay nada que tenga que hacer un Creador y, por tanto, cualquier persona capaz de pensar debería admitir la inexistencia de Dios". Por el contrario, el pasado verano, el Departamento de Educación de Kansas decidía eliminar la teoría evolutiva de Darwin del currículo educativo científico escolar, "por no estar de acuerdo con los relatos bíblicos".

Para el ser humano, en todas las épocas, ha constituido un afán constante el intentar comprender el mundo que le rodea y las normas o leyes a las que está sometido. Simultáneamente fue construyendo y divulgando una imagen de Dios que fuese compatible, en cada momento, con la concepción del mundo existente. Ello ha producido unas complejas relaciones entre la Ciencia y la Religión ¿Conflicto e incompatibilidad?. ¿Posturas incomprendidas, más que antagónicas?. ¿Visiones complementarias?. Es imposible realizar un análisis del problema, siquiera somero, en los límites de una colaboración divulgativa como ésta. Por ello, nos limitaremos a relatar el modo en que las grandes transformaciones científicas han repercutido profundamente en los cambios realizados por la Humanidad respecto a su imagen de Dios. Como referencia nos servirá una interesante monografía, "El rostro de Dios en la era de la biología", publicada hace unos pocos años en Cuadernos Fe y Secularidad, de la editorial Sal Terrae. Su autor, Ignacio Núñez de Castro, es un destacado investigador y catedrático universitario de Bioquímica y Biología Molecular, aparte de jesuita y doctor en Teología.

CIENTÍFICOS. El gran seguidor de Darwin y zoólogo alemán Ernst Haeckel entendió la evolución como la base de una explicación unificadora de toda la naturaleza y la razón de una aproximación filosófica que significaba la negación de la existencia de una causa final y de las teleologías de las iglesias. Acorde con ello, se expresaba así: "La creación por Dios es increíble y contraria a toda experiencia. No nos queda, pues, otro remedio que creer en la generación espontánea de las formas más simples de vida".

¿Ostentan una postura antirreligiosa similar la mayoría de los científicos?. Diversas encuestas, incluso recientes, indican que el modo de pensar de los científicos es muy parecido al del resto de la sociedad en la que se encuadran y que, a pesar del vertiginoso avance científico habido en los últimos años, tal avance no ha repercutido negativa y sensiblemente en sus creencias íntimas. Por ejemplo, como contrapunto del testimonio citado de Carl Sagan se puede aducir el de otro notable astrónomo actual, Allan Sandage, cuyas observaciones sobre las estrellas lejanas fueron determinantes para lograr conocer detalles sobre la edad y la expansión del Universo. Sandage, ateo practicante en su juventud, a los 50 años afirmó que: "fue mi Ciencia la que me condujo a la conclusión de que el mundo es mucho más complicado que lo que puede ser explicado por la Ciencia. Únicamente aceptando lo sobrenatural puedo comprender el misterio de la existencia". Asimismo, es cierto que muchos de los creadores de la Ciencia moderna, como Copérnico, Galileo, Newton o Descartes, fueron profundamente creyentes. Incluso Darwin, a pesar de las presiones a las que fue sometido, nunca llegó a confesarse ateo, sino un discreto agnóstico: "jamás he sido un ateo en el sentido de negar la existencia de Dios". Y, más contemporáneamente, el gran Einstein llegaba a escribir que "La experiencia más bella y profunda que puede tener el hombre es el sentido de lo misterioso...el percibir que, tras lo que podemos experimentar, se oculta algo inalcanzable a nuestro espíritu, algo cuya belleza y sublimidad se alcanza solo indirectamente y a modo de pálido reflejo, es religiosidad. En este sentido yo soy religioso".

IMÁGENES. Dejando aparte al Dios revelado cristiano, una primera gran imagen de Dios, sería la aristotélica, seguidora de la de Platón. Se trataba de un Ser Necesario, el Dios cosmológico nacido al contemplar el hombre, fascinado, el orden del cosmos y llegar a la conclusión de que, ante ello, resultaba lógica la existencia de un Ser principio y fundamento de todas las funciones y necesidades del Universo. Sería un Dios no participativo en la historia.

Sin embargo, la primera revolución de la Física, a comienzos del siglo XVII, hizo pensar que la Ciencia, mediante el lenguaje matemático, sería capaz de descubrir la verdad global de la naturaleza. Por ello, desde entonces, hasta el siglo XIX, predominó una mentalidad mecanicista y determinista en la que el comportamiento de los sistemas complejos es el resultado del de sus partes, describibles mediante las adecuadas funciones. El mundo se podía considerar, siguiendo la exposición realizada por el Premio Nobel Ilia Prigogine, como un inmenso reloj, con mecanismos entrelazados sometidos a una racionalidad exterior, de acuerdo con un plan, que sus engranajes realizarían ciegamente. La consecuencia lógica fue la de llegar a la idea del Dios relojero, o del Dios arquitecto, una especie de Gran Planificador, al que se le podrían aplicar muchas de las perfecciones encontradas en la Teodicea cristiana: Ser Necesario, Absoluto, Autosuficiente, Impasible o Inmutable.

En la transición entre los siglos XIX y XX tuvo lugar la crisis del mecanicismo, con la aparición de conceptos científicos como la geometría no euclidiana, la teoría de la relatividad o los nuevos modelos atómicos. Además, el principio de incertidumbre de Heisenberg excluía las leyes determinantes totalmente exactas. El Universo físico no sería un accidente y no resultaba inteligible con los únicos recursos de la razón humana. Este enfoque ayudaba a sugerir la existencia de un Principio de Inteligibilidad, un Dios-Mente que, según Einstein, se revelaría en la armonía de lo existente, sin que fundamentalmente se hubiese de ocupar de los actos o suerte del hombre. Aunque, en todo caso, el carácter personal de Dios, su relativa comunicabilidad o incomunicabilidad, depende enormemente de la sensibilidad y personalidad de cada uno de los exponentes de este concepto de Dios.

BIOLOGÍA. La revolución biológica actual deja patente que la característica principal de nuestro mundo es la de la emergencia, es decir, la capacidad de reproducir y multiplicar estructuras muy complejas y organizadas, así como de desarrollar evolutivamente formas estructurales cada vez más complejas. La vida nos aparece como un orden surgido del caos, con un intercambio continuo de materia, energía e información. Y ello conduce a la biodiversidad, así como a la independencia y autonomía de los seres vivos. Cada ser vivo, en su genoma, cuenta con un programa a desarrollar. En el ser humano el programa se hace consciente y la expresión más elevada de la emergencia es nuestra capacidad de decisión, de libertad. Y una pregunta se hace inmediata: ¿todo ello ocurre sin sentido, sin causa?.

Pretendería responder a esa pregunta una nueva idea de Dios. Se trataría de un modelo muy relacionado al considerado por Teilhard de Chardin con su ley de complejidad-conciencia: un Dios no estático, que más que Principio de Necesidad sería Principio de Emergencia. Un Dios evolutivo, parafraseando al Dios que, según algunos textos bíblicos, "hace las cosas nuevas". El mundo según nos dice la Ciencia, sigue emergiendo, no está finalizado. En términos teológicos ello significa que el mundo sigue siendo creado y que el Dios evolutivo sería el futuro del mundo. Es curioso que esta idea de un Dios evolutivo está en bastante consonancia con el, en la práctica olvidado, precepto bíblico del Deuteronomio de no construir imágenes definitivas de Dios.