Ciencia y salud

Por José Antonio Lozano Teruel

Einstein en el ascensor

Einstein en el ascensor

Los medios de comunicación prestan especial atención a los avances que se suceden en el terreno de la Medicina y, en general, a las noticias referentes a descubrimientos o invenciones referentes a nuestro cuerpo. Así, conceptos como identificación por ADN, ecografía y antirretroviral, que hace dos décadas no existían en nuestro idioma, hoy son de uso común. No ocurre lo mismo, sin embargo, con otras áreas de la actividad científica que resultan más abstrusas, o que los medios cubren con menos atención, o en las que el lenguaje común es el matemático más que el idioma cotidiano, o que simplemente parecen transcurrir lejos de nuestra vida cotidiana.


La escena es común: una persona se acerca a la puerta de un ascensor que empieza a cerrarse, y alguno de los ocupantes de la caja mueve la mano entre las puertas o trata de interponer entre ellas una bolsa, una cartera o un diario, más o menos a la altura de las rodillas, que es donde suelen colocarse las células fotoeléctricas que impiden que alguien quede atrapado por la puerta de uno de tales artilugios, con consecuencias que serían, obviamente, de enorme gravedad. De hecho, los más viejos recordamos ascensores que tenían unas palancas de goma a lo largo de cada puerta y que mecánicamente conseguían lo mismo que la célula fotoeléctrica. Nadie, al ver una escena así o al protagonizarla, pensaría en Albert Einstein, y mucho menos en un premio Nobel.

Pero no fue la teoría de la relatividad la que dio el Nobel al científico judeo-suizo-alemán, sino la explicación matemática del fenómeno fotoeléctrico proponiendo los cuantos o quanta de luz, que hoy llamamos fotones. Esta aportación de Einstein, realizada en 1905, su annus mirabilis o año milagroso en el que el físico revolucionó el conocimiento con una serie de artículos científicos, abriría el camino para que se aceptara la naturaleza doble de la luz –como onda y como serie de paquetes discretos de energía– y se desarrollara la mecánica cuántica, de la que tanto hablan quienes la desconocen del todo. Pero, sin la aportación de Einstein, la célula fotoeléctrica del ascensor no sería posible, como no lo serían tampoco las células solares que prometen, algún día, permitirnos utilizar de manera económicamente viable la energía del Sol.

Cada vez más, los encargados de los programas espaciales entienden que para enfrentar posibles críticas deben explicar al público de manera clara los beneficios que se derivan de la aventura del hombre en el espacio. Y es que numerosas realidades que nos rodean son hijas directas de la ya casi olvidada carrera espacial, empezando por la microminiaturización gracias a la cual hay ordenadores personales, teléfonos móviles –accionados por baterías de larga duración y potencia surgidas inicialmente de la necesidad de dar a los astronautas herramientas eléctricas sin cables–, comunicaciones por satélite, detectores de humo, navegadores GPS –que obviamente dependen de los satélites de geoposicionamiento– e incluso las antenas parabólicas usadas para recibir transmisiones de televisión, que se benefician de los sistemas de corrección del rastreo desarrollados para mantener comunicación con satélites y naves, tripuladas o no. Y, en el terreno de la medicina, el programa espacial fue igualmente clave para el desarrollo de los marcapasos programables, las bombas de insulina, el termómetro de oído, los implantes cocleares que permiten oír a muchos sordos y gran cantidad de los elementos de generación de imágenes médicas detalladísimas, como los escáneres tomográficos.

A vueltas con el luminol

Los aficionados a las series de televisión de CSI seguramente están familiarizados con el luminol, un producto que, de manera aparentemente mágica, revela la presencia de sangre en el escenario de un crimen. El mismo principio funciona en los tubos de plástico que brillan con distintos colores y que son inevitables en conciertos, partidos nocturnos de fútbol, noches de San Juan y otras actividades nocturnas.

La quimioluminiscencia, nacida como fuente de luz fría para el Ejército de EE UU, es resultado de la mezcla de distintas sustancias que producen luz sin calor, hazaña antes reservada a las luciérnagas, los peces abisales y otros animales más o menos extraños. De hecho, el luminol es un material seco y para usarse se mezcla con peróxido de hidrógeno –el mismo que se usa para decolorar cabello– y otras sustancias, mezcla que reacciona en presencia de hemoglobina produciendo luz. El tubo de colorines de fiesta también usa peróxido de hidrógeno y un compuesto de fenil oxalato y tintes fluorescentes que le dan sus colores a la luz que se produce cuando se unen ambas sustancias. Actualmente, además, muchas pruebas de laboratorio clínico también usan la quimioluminiscencia para detectar afecciones y sustancias.

Quizá el conocimiento científico está tan presente en nuestra vida que se ha vuelto invisible. Sin embargo, no conviene perder de vista que cuanto hacen esas personas que hablan en jerga técnica y usan fórmulas ininteligibles es, sí, asunto nuestro, y que, tarde o temprano, tendrá presencia, vigencia y utilidad en nuestras vidas, entendamos o no la jerga técnica y las fórmulas.

De lo que no cabe duda es de que al menos tenemos vidas más prolongadas para enterarnos de estas cosas, y que esa expectativa de vida es, también, producto de lo que como especie hacemos para conocer el Universo al que pertenecemos.

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