Ciencia y salud

Por José Antonio Lozano Teruel

¿Qué esconde la vía láctea?

Para los astrónomos, hasta muy recientemente, la Vía Láctea ha constituido más un impedimento, un elemento de perturbación, que una atrayente materia de Investigación. La causa radica en la presencia de una inmensa cantidad de gases y polvo que oscurece y evita la observación de casi un 20% del cielo extragaláctico, velándolo e impidiendo con ello el acceso a una importante parte del Universo.

Sin embargo, la situación está cambiando muy rápidamente en los últimos tiempos, sobre todo en los últimos 12 meses. La historia la podríamos iniciar hace casi cerca de 400 años, en 1610, cuando Galileo Galilei expuso su conclusión de que la Vía Láctea estaba compuesta por un gran número de estrellas, lo que conocemos bajo el nombre de galaxia. La palabra deriva del griego galaxias, cuyo significado es precisamente el de Vía Láctea, es decir, esa gran banda luminosa que podemos observar atravesando la bóveda celeste en cualquier noche despejada y sin Luna. En 1934, el gran astrónomo Hubble, usando la instrumentación entonces disponible, ya contabilizó la existencia de más de 44.000 galaxias, mientras que hoy se calcula su número por miles de millones, siendo la nuestra una más, no la más destacada, entre ese inmenso enjambre de conjuntos celestes. Efectivamente, la Tierra y el sistema solar formamos parte de esta galaxia, la Vía Láctea, pero estamos acompañados por otras casi cien mil millones de estrellas, además de una gran cantidad de materia interestelar compuesta de gases y polvo. La Vía Láctea globalmente tiene una forma de discoide lenticular o esferoide aplanado, con un diámetro de 7.000 parsecs y un espesor de 1.850 parsecs (un parsec equivale a 3,26 años-luz y un año-luz son 9,46 billones de kilómetros).

LA VÍA LÁCTEA. El núcleo central del gran discoide posee una mayor densidad estelar que su exterior. El sistema solar, y con él la Tierra, está situado muy cerca del plano galáctico, es decir, del plano de simetría de la lente, en un lugar alejado del centro geométrico, a 30.000 años-luz del mismo, de modo que desde nuestra posición el centro de la galaxia se encuentra en la dirección de Sagitario. Lo que observamos en las noches estrelladas es el disco de la galaxia desde un punto interior al mismo, de forma que en el hemisferio Norte son visibles constelaciones tales como Águila, Cisne, Casiopea, Perseo, Auriga, Tauro, Geminis y Orion.

La observación visual de la Vía Láctea nos da la impresión de una sucesión de zonas o manchas luminosas entremezcladas con otras oscuras. Con un buen par de binoculares se puede comprobar que las luminosas se resuelven en millares de estrellas, aunque otras, como las nebulas, no lo hacen así, son objetos gaseosos. En cuanto a las manchas oscuras, están originadas por el polvo interestelar que oculta a las estrellas situadas detrás del mismo. Desde bien pronto se encontró que parecía como si el resto de las galaxias tendiesen a evitar la Vía Láctea, es decir, que la densidad galáctica decrecía conforme se está más cerca de la misma. Ello llevó a definir la existencia de una llamada zona de exclusión o de evitación alrededor del plano central de la Vía Láctea. En realidad, lo que ocurre es que el polvo y el gas hacen que las longitudes de onda usadas normalmente en los diversos tipos de observaciones no sean válidas en esa zona y por ello aparentemente no se puede localizar nada allí.

LA ZONA OSCURA. Sin embargo, esta zona de exclusión es astronómicamente tan importante que a su estudio exclusivo se le ha dedicado un congreso internacional específico, celebrado este mismo año en EE.UU. Las causas del interés son variadas. Por ejemplo, la atracción gravitacional de la gran masa que permanece detrás de la zona de evitación es uno de los principales componentes responsables del movimiento de nuestra galaxia y está relacionada con la expansión del Universo. También es importante que la zona produce una división en dos, dificultando su Investigación, a la mayor concentración de masa galáctica visible conocida, es decir, el llamado Gran Atractor o grupo de conjuntos galácticos Hydra-Centaurus-Pavo-Indus-Telescopium, impidiendo conocer cuántas galaxias y de que tipo son las que realmente existen en esa región. Por otra parte, las observaciones del satélite COBE, que tanta repercusión informativa alcanzaron hace unos meses, y que condujeron a la confirmación preliminar de la existencia de una expansión del Universo y de la teoría del Big Bang, necesitaron un cuidadoso estudio y evaluación de las radiaciones infrarrojas procedentes de la zona de exclusión. Asimismo, en la búsqueda de causas y candidatos para explicar la existencia de la materia negra se investigan la existencia y comportamiento de pequeñas estrellas que han de producir variaciones luminosas muy conectadas con el comportamiento de las zonas libres de interferencias de polvo en la Vía Láctea.

INVESTIGACIONES. Para investigar la zona de exclusión, introducirse en ella y atravesarla, se ha conseguido encontrar la radiación adecuada, con una longitud de onda de 21 cm (una emisión que procede del hidrógeno atómico), estando actualmente el telescopio Dwingeloo, en Holanda, totalmente dedicado a esta tarea. El pasado verano comenzaron a obtenerse los primeros frutos. El investigador Burstein, de la Universidad de Arizona, pudo localizar la existencia de una galaxia enana, situada tan solo a 24.000 parsecs de la Tierra, pero tan cerca de la zona de exclusión que parecía en peligro de ser expulsada de la misma. Y, hace una semana, en la prestigiosa revista Nature, un grupo de científicos holandeses, británicos y americanos han descubierto en la zona una nueva galaxia espiral. Se sitúa a 0,1º por encima del plano galáctico y a una distancia de unos diez millones de años-luz, lo que excluye que fuese un miembro todavía no conocido del Grupo Local de unas veinte galaxias del que forma parte la propia Vía Láctea.

Hace unos 10 años, la mayor parte de los mapas celestes de galaxias tenían que limitarse a situar una gran incógnita en la zona de exclusión y tan solo se podían estudiar las estrellas más brillantes y cercanas, a menos de 2.000 parsecs de nosotros. En la actualidad podemos acudir al símil de imaginarnos que el velo de la Vía Láctea se va alzando lenta pero progresivamente. Eso permitirá comenzar a conocer un porcentaje cuantitativamente importante de nuestro Universo y, sobre todo, profundizar en temas tan esenciales como el del propio origen del Universo o la naturaleza de la materia negra.