Ciencia y salud

Por José Antonio Lozano Teruel

Cuando las barbas del vecino ...

Fue Galileo, en 1610, quien primero observó 4 de las mayores, entre las 16 lunas que orbitan al planeta Júpiter. La visión de estas lunas rotando sobre Júpiter como una especie de sistema minisolar posiblemente fue lo que impulsó a Galileo considerar como errónea la idea hasta entonces vigente y apoyada por la Iglesia de que la Tierra era el centro del Universo.

Hoy, otro acontecimiento nos acerca a Júpiter: la actualidad del cometa Shoemaker-Levy. Si las predicciones de los científicos son acertadas desde el día 16 de julio y hasta el viernes 22 de julio, exactamente 21 trozos de residuos interestelares, algunos del tamaño de grandes montañas de 4 km de diámetro, pudieron haber comenzado a estrellarse, uno tras otro, en fila, contra la superficie de Júpiter, el mayor planeta del sistema solar. Lo alcanzarán a la impresionante velocidad de 60 km por segundo, con una energía que, si se producen todos los impactos previstos, puede equivaler a medio millón de bombas atómicas, cada una superior a la mayor utilizada hasta ahora por el hombre, precisamente la que la entonces Unión Soviética experimentó en la atmósfera en 1961. Sin duda se trata del más violento fenómeno astronómico nunca contemplado por la Humanidad.

EL INICIO. La historia comenzó cuando la medianoche del 23 de marzo de 1993 tres astrónomos, David Levy, Eugene Shoemaker y Carolyn Shoemaker, tras salir del mismo, en las cercanías del Observatorio del Monte Palomar en California, se lamentaban de su mala suerte al observar un cielo nuboso. Ello provocaba, al igual que había sucedido en enero y febrero, que no pudieran avanzar en su estudio sobre cometas y asteroides. Eugene Shoemaker, 66 años, por su labor de caza de esos cuerpos celestes había ganado la Medalla Nacional de la Ciencia de USA. Su mujer, Carolyn, 64 años, hace ya doce que se unió al trabajo de su marido, como aficionada altruista. Su habilidad en las técnicas analíticas y en el examen de los minúsculos puntos luminosos que aparecen en las fotografías telescópicas, ha hecho que haya descubierto 28 cometas, el récord mundial al respecto. En cuanto a David Levy, 45 años, astrónomo aficionado y escritor sobre estos temas, en Tucson, Arizona, usando un modesto telescopio ha descubierto 8 cometas y codescubierto otros 13, en una actividad que describe como un poco de arte, un poco de deporte y, ocasionalmente, de Ciencia. Pues bien, esa medianoche del 23 de marzo, cuando de pronto les pareció vislumbrar un pequeño claro en las nubes, decidieron volver de nuevo al telescopio de 45 cm de Monte Palomar. Allí comenzaron a hacer fotografías, tan poco esperanzados que, para ahorrar papel fotográfico negativo, utilizaron unas hojas que por accidente habían quedado algo expuestas en la casa de los Shoemaker, en Arizona.

EL HALLAZGO. Cuando dos días después Charolan observaba las fotografías obtenidas primero comprobó que el velado previo era leve por lo que los negativos habían servido. Pero lo que a continuación contempló a través de su estereomicroscopio la dejó asombrada: en las cercanías de Júpiter había, no un punto, sino una especie de barra o collar alargado, con un rosario de cuentas de condensaciones de polvo y gas. Como el nublado persistía, no se podían hacer las observaciones astronómicas pertinentes con medidas verificadas, que exige la Unión Astronómica Internacional para confirmar un hallazgo celeste. A la vista de ello Eugene Shoemaker, vía ordenador, le envió un mensaje con las coordenadas del objeto a Brian Marsden, a quien le llaman el policía celeste porque en la Unión Astronómica es quien registra y anuncia los nuevos hallazgos. A continuación puso en el equipo estereofónico la Primera de Beethoven y telefoneó a un astrónomo de la Universidad de Arizona, Jim Scotti, quien inmediatamente, desde el telescopio Spacewatch de 91 cm situado en Kitt Peak, se puso en acción, de modo que cuando el cuarto movimiento de la Sinfonía llegaba a su cúspide, Scotti ya le estaba diciendo a Shoemaker que se trataba de un objeto único, diferente de cualquier cometa que nunca hubieran visto, asemejando una cadena de cuentas, es decir, de fragmentos de un gran cometa situados a lo largo de su propia órbita.

INTERÉS. A partir de ahí, el interés astronómico mundial se disparó y se comprobó la existencia exacta de 21 porciones en procesión, muy iguales entre sí. La gran bola helada original estuvo orbitando el sistema solar durante miles de millones de años, rebotando sobre las atmósferas exteriores de otros planetas, acumulando residuos celestiales. Hace diez años cayó bajo la influencia juverina y pasó a describir a su alrededor una órbita. El extremo más lejano estaba a unos 50 millones de km del captor, mientras que el más cercano lo estaba tan solo a 25.000 km El 7 de julio de 1992, situado en ese punto cercano, la tremenda acción marea de Júpiter hizo que la bola se disgregara en trozos, de modo semejante a como se parten las raciones de una sandia. A finales de abril de 1993 cuando se celebraba en Sicilia un congreso internacional de Astronomía, a mitad del mismo, el gran astrónomo aficionado japonés, Shuichi Nakana, experto en cálculos orbitales, envió una comunicación electrónica a los participantes, anunciando que el rumbo del cometa Shoemaker-Levy le conduciría a una colisión con su planeta. Los cálculos posteriores, las imágenes obtenidas con el telescopio espacial Hubble y todo un ingente cúmulo de observaciones ratificaron ese hecho. También, que la colisión llevaría aparejado un desprendimiento energético centenares de veces superior al que, supuestamente, tuvo lugar cuando otro meteorito chocó contra la Tierra y provocó un cataclismo inmenso que, entre otras consecuencias, produjo la desaparición de los dinosaurios.

¿Se podrá observar algo directamente desde la Tierra?. Al tener lugar a colisión sobre la cara oculta de Júpiter, ello se hace muy difícil, aunque los astrónomos no se ponen de acuerdo sobre varias posibilidades más o menos espectaculares que se han manejado al respecto, y que podrían traducir en algunos efectos observables, sobre todo desde África del Sur o el este de Estados Unidos. En todo caso, la observación más próxima la realizará la nave espacial Galileo, a 240 millones de km de distancia, aunque sus problemas mecánicos solo le permiten tomar una fotografía cada 2,3 segundos, aparte de que su transmisión y procesado, en la Tierra, puede tardar meses. También podrán captar informaciones interesantes las naves espaciales Voyager, que en su viaje hacia los espacios lejanos, actualmente están abandonando el sistema solar, así como el propio telescopio Hubble y el resto de buena parte de los recursos astronómicos mundiales. Sea lo que sea, lo que ocurra va a ser materia de estudio y análisis minucioso en los próximos años. Se podrán obtener conocimientos muy útiles sobre cometas, meteoritos, fuerzas de los planetas, así como sobre los devastadores efectos de las colisiones de los grandes objetos sobre las superficies planetarias, situación a la que nuestra Tierra no es ajena. Y aunque las colisiones más frecuentes lo son con masas no muy grandes, de vez en cuando ocurren choques con restos espaciales de mayor tamaño, por lo que siempre es conveniente saber más al respecto, porque cuando las barbas de vecino veas cortar...