Ciencia y salud

Por José Antonio Lozano Teruel

Novedades en las alturas

Ernest Psichari, un joven escritor francés muerto en la Primera Guerra Mundial, representante por ello de la denominada generación sacrificada, escribió en El Viaje del Centurión que "el silencio es un poco de cielo que desciende hacia el hombre". Mal podía suponer que 80 años después el cielo nos hablaría, sin cesar, a través de los diversos instrumentos analíticos de ondas electromagnéticas, situados en la superficie terrestre, en satélites o en vehículos espaciales.

Como ejemplo de que la Ciencia espacial está atravesando momentos de gran brillantez y de los grandes avances que se realizan constantemente, vamos a comentar tres investigaciones coincidentes en haber sido publicados el mismo día, en la prestigiosa revista Science del viernes 1 de diciembre, en Nueva York. Se trata, en primer lugar, de las primeras imágenes secuenciales obtenidas tras la explosión de una supernova; a continuación, del primer estudio espectral de una estrella enana marrón y, para finalizar, de unos interesantes datos sobre Venus.

LA SUPERNOVA ESPAÑOLA. En la media noche del día 28 de marzo de 1993, Francisco García Diez, astrónomo aficionado de Lugo, observó en el cielo algo raro brillante situado a doce millones de años-luz, consiguiendo con sus limitados medios un espectacular éxito: el descubrimiento de una de las dos supernovas más cercanas y brillantes halladas en los últimos 50 años, la SN1993J.

¿Qué es una supernova?. En su interior más profundo, las estrellas jóvenes convierten gas hidrógeno en gas helio, mediante una reacción termonuclear que libera gran cantidad de energía. Con ciertos tamaños y circunstancias de tales estrellas, el helio se transforma posteriormente en carbono. Una vez consumido el helio, el núcleo se contrae, aumenta la temperatura y comienzan nuevas reacciones nucleares de transformación del carbono que liberan toda la energía, finalizando el proceso en el colapso o muerte de la estrella a través de una inmensa implosión, lo que hace incrementar su luminosidad centenares de millones de veces. Fue precisamente este fenómeno, el destello luminoso del nacimiento de la supernova lo que observó Francisco García.

Inmediatamente, numerosos laboratorios astronómicos se aplicaron a estudiar el fenómeno, entre ellos, una red mundial de radiotelescopios pertenecientes a cuatro centros americanos, un alemán, un holandés, uno italiano y tres españoles. Los resultados conjuntos, e integrados, de las detecciones de radio procedentes de la supernova, han dado lugar a la obtención de cinco imágenes secuenciales, que cubren desde los tres meses de su nacimiento hasta aproximadamente un año y medio después. Tras su nacimiento, la expansión de la supernova se está realizando a una velocidad superior a 10.000 km por segundo. Su colisión expansiva, con el denso viento característico que rodea a las estrellas viejas, ha creado una especie de costra, capa o corona de gas caliente que la rodea circularmente, dejando un espacio de separación entre supernova y corona. Esta corona se expande, simultáneamente a la supernova, de un modo homogéneo y, en poco más de un año, la expansión se ha multiplicado por un factor superior a 1.000. La parte externa de esa corona esférica circunvalante provoca que, su choque frontal expansivo, haga calentar los gases hasta temperaturas superiores a los 10 millones de grados Kelvin, una temperatura superior a la de la propia corona solar, y que es la causa de la emisión de las radiaciones.

Los datos obtenidos, ahora publicados, serán muy valiosos para comprender la evolución de las supernovas, pero también para determinar con exactitud las distancias hasta galaxias lejanas, así como para calcular con más precisión la constante de Hubble, tan relacionada con las teorías sobre la creación del Universo o sobre su edad.

LA ESTRELLA ENANA PARDA. Los conocimientos actuales nos indican que, si las estrellas poseen una masa inferior a la del 80% de la del Sol, cuando son jóvenes (unos 100 millones de años) se contraen muy rápidamente y la liberación de energía gravitacional de enlace hace que aparezcan muy luminosas. Pero, al envejecer, como no tiene lugar la fusión de átomos de hidrógeno hasta helio, no liberan energía, y se enfrían: no son luminosas. Se trata de las estrellas enanas pardas, muy difíciles de detectar. Existe interés en estudiar estas estrellas ya que poseen masas de un rango muy poco conocido, situado entre las estrellas brillantes y los planetas (la masa de Júpiter es tan solo una milésima de la del Sol). Otro punto de interés es conocer y comparar su atmósfera con la de los planetas, lo que será importante para la búsqueda posterior de otros planetas.

El Dr. Oppenheimer y sus colaboradores, del Observatorio Palomar, han conseguido lo que se consideran primeras determinaciones, obtenidas en el infrarrojo cercano, de una estrella enana fría marrón, concretamente de la GI 229B. Han detectado bastantes similitudes entre ella y planetas como Júpiter. Han hallado que la presencia de metano indica que la superficie estelar tiene una temperatura inferior a los 1000 grados Kelvin. La existencia de vapor de agua también señala que la GI 229B es mucho más fría que cualquier otra estrella conocida hasta ahora.

SUGERENTE VENUS. Aparte de su significado astrológico y mitológico, la observación de Venus fue fundamental para que Galileo estableciese que los planetas giraban alrededor del Sol. Venus posee una masa parecida a la de la Tierra pero, antes de la era espacial, la espesa capa de nubes que la recubre impedía su estudio. Las naves soviéticas Venera, las sondas americanas a la superficie del planeta, la nave Pioneer y sus cinco sondas, pero sobre todo el vehículo espacial Magallanes han proporcionado una gran información.

Como acaba de recapitular el Dr. Kaula, de la Universidad de California, ello ha permitido identificar y estudiar más de 915 cráteres superficiales. Su edad media es de unos 300 a 500 millones de años y su distribución al azar, deduciéndose que en los últimos 100 millones de años la tectónica de Venus ha sido muy tranquila, aunque una observación detallada indica que no es un planeta totalmente inactivo, muerto. En todo caso la presión atmosférica sobre su superficie es 90 veces la de la Tierra y su temperatura media superficial de unos 750 grados Kelvin (unos 480 grados centígrados) lo que imposibilita la existencia de agua y ha hecho que las sondas que llegaron a su superficie quedaran destruidas antes de una hora.