Ciencia y salud

Por José Antonio Lozano Teruel

RXYZ, HFC, HCFF versus CFC

No se trata de una acción bélica en forma cifrada, sino de la descripción de un singular combate que se viene librando, tras el Protocolo de Montreal, en defensa del medio ambiente, tal como describíamos en el artículo anterior. Los enemigos son los CFC, productos clorofluorocarbonados usados, entre otras aplicaciones, como agentes refrigerantes, pero que ejercen una fuerte acción destructora sobre la capa de ozono que protege la tierra de las peligrosas radiaciones UV solares.

Trataremos de comentar las posibilidades y problemas de las armas que poseemos hoy día para librar ese combate, es decir, la sustitución de los postulados CFC por los, en principio, mucho más saludables HFC (hidrofluorocarbonados) y HCFC (hidroclorofluorocarbonados), de mucha menor actividad nociva sobre el ozono. Restringiéndonos al uso como refrigerantes de toda esta gama de sustancias, lo que se busca en ellos son fluidos que absorban gran cantidad de calor en su evaporación, que se condensen fácilmente y que su temperatura de ebullición sea baja, a fin de obtener bajas temperaturas de enfriamiento. Asimismo deben ser químicamente compatibles con el aceite del compresor y carecer, en lo posible, de efectos corrosivos o tóxicos.

PELIGROS. Los CFC prácticamente reúnen todos esos requisitos, pero poseen una doble contrapartida. Como gases atmosféricos, cooperan al conocido efecto invernadero, recalentando la tierra. Simultáneamente, la aparición de los agujeros de ozono, polares, favorece la pérdida de calor y el enfriamiento de la tierra, lo que contrarresta parcialmente el efecto invernadero. Pero lo más grave es que los agujeros de ozono, a su vez, facilitan la llegada a la superficie terrestre de las peligrosas radiaciones ultravioleta, UVB, capaces de alterar microorganismos, plantas y animales así como de perjudicar la salud humana.

Por ello es comprensible que rápidamente se esté produciendo la sustitución de los CFC por otros productos, pero todavía quedan motivos para las preocupaciones. Y no es suficiente la etiqueta "no contiene CFC" en un instrumento o producto, ya que bajo la aparentemente inocua denominación freón RXYZ, a menudo se esconden sustancias peligrosas o tóxicas como algunas de las siguientes: R170 = etano; R290 = propano; R600 = butano; R717 = amoníaco; R1150 = etileno; R1270 = propileno, etcétera.

¿Consiste la solución en que solo se usen HCFC o HFC?. En la actualidad comercialmente se producen 7 derivados pertenecientes al primer grupo y 5 al segundo grupo, con diferentes estructuras químicas resumidas en sus nombres, consistentes en un número tras el prefijo HCFC o HFC. De todos ellos el de mayor interés comercial, por sus propiedades es el HFC-134a, o 1-fluor- 2,2,2-trifluoretano, considerado como el más adecuado para conseguir hasta el año 2025 la sustitución de los CFC. Pero, aunque esta transición forzosamente habrá de realizarse, sin embargo, no estará exenta de riesgos, como comentamos a continuación, a raíz de unos recientes hallazgos.

TRIFLUORACETATO. Hace aproximadamente un mes una concienzuda Investigación realizada por científicos de la Atmospheric and Environmental Research Inc., demostró que la degradación atmosférica de algunos de los HCFC y HFC, alternativas de los CFC, producían ácido trifluoracético (TFA), como consecuencia directa de tal degradación. Este ácido es muy potente y fundamentalmente es eliminado de la atmósfera a través de la lluvia, con lo que puede afectar a los diferentes sistemas vivientes. Concretamente el proceso es aplicable a los HCFC-123, HCFC-124 y, sobre todo, al anteriormente mencionado como más interesante, el HFC-134a.

A pesar de ello, tenemos que suponer que, a partir de ahora, el uso de estos compuestos va a continuar incrementándose fuertemente, lo que supondrá su liberación a la atmósfera, en mayor o menor plazo, ya que tecnológicamente es muy complicada, a menudo imposible, su recuperación desde los instrumentos o equipos en que se utilizan. Ello supondrá, en la atmósfera, la formación de cantidades cada vez mayores de ácido trifluoracético, que pasará del aire a las nubes, desde donde retornará a la tierra con la lluvia. Por otra parte se ha comprobado que este ácido es resistente a los procesos de degradación abióticos, tales como los mediados por el agua (hidrólisis) o la luz (fotolisis). Tampoco se metaboliza significativamente por las plantas y tan solo lo hace, en cantidades limitadas, por ciertos microorganismos, siempre que su concentración sea muy pequeña. Por tanto, una vez producido, es difícil de eliminar.

¿Se darán estas circunstancias en el futuro?. Los modelos matemáticos utilizados predicen que dentro de quince años la lluvia ya contendrá como media unos 0,160 microgramos de ácido trifluoracético por litro, lo que en principio no sería peligroso, ya que los efectos perjudiciales, tales como detener el crecimiento de las plantas, tienen lugar a concentraciones muy superiores, del orden de mil a un millón de veces mayores. Pero no podemos olvidar que esa cifra es una media, que sería muy superada localmente por circunstancias específicas: alta evaporación en superficies acuosas de regiones estacionalmente húmedas, lagunas marinas, pozos salinos, etcétera.

ACUMULACIÓN. Hacia el año 2025 se calcula que se originarían anualmente trescientas mil toneladas de ácido trifluoracético en la atmósfera, lo que significaría, según los modelos informáticos utilizados, que se podrían alcanzar en la lluvia concentraciones de hasta 100 microgramos por litro. En estas condiciones serían afectadas muchas plantas y no se produciría, debido a su alta concentración, la degradación bacteriana del ácido, que se acumularía peligrosamente en esos lugares. Por ello se hace urgente investigar más sobre este tema y utilizar compuestos cuya producción de TFA sea lo más restringida posible. Y otra complicación adicional ya la adelantábamos la semana pasada. El uso de HFC y HCFC puede lograr remendar los agujeros de ozono, cuya capa se podría recuperar en unos 70 años. Pero lo que no se evitará es el incremento del efecto invernadero que producirán estas sustancias, que se acumulará al ocasionado por el resto de los gases que alcanzan la atmósfera, en especial el aumento debido a las enormes cantidades de dióxido de carbono, liberadas como consecuencia de la actividad humana: uso de combustibles fósiles, desertización, tala de árboles, etcétera.

Es obvio, por tanto, que la atmósfera que rodea la tierra es como un delicado laboratorio donde debemos intentar que no se realicen experimentos peligrosos. Asimismo estamos obligados a adoptar todas las precauciones que se derivan del conocimiento científico existente en cada momento, si queremos que las generaciones futuras puedan seguir protagonizando el maravilloso espectáculo de la vida.