Ciencia y salud

Por José Antonio Lozano Teruel

El ozono nuestro de cada día

Casi simultáneamente a la preocupante decisión de la Administración española de aprobar una prórroga en la producción de productos clorofluorocarbonados (los temidos CFC), ayer se celebraba mundialmente el Día de la Capa de Ozono, cuya destrucción, en la que participan otros muchos compuestos, cuenta con los CFC como protagonistas destacados.

Paradójicamente los CFC se desarrollaron a finales de la década de los 20 como una alternativa bastante saludable respecto a los refrigerantes usados hasta entonces, los tóxicos dióxido de azufre y amoníaco. De fórmulas variadas, conteniendo cloro y flúor en una cadena carbonada, sus nombres se han abreviado, de acuerdo a su composición, e industrialmente los más usados son los CFC11, CFC12, CFC113, CFC114 y CFC115.

CLOROFLUOROCARBONADOS. Hace unos 7 años la producción y consumo anual de CFC era de unos 700 millones de toneladas, con una repercusión económica superior a los 48 mil millones de dólares. Las más de 200 millones de instalaciones de aire acondicionado existentes, consumían CFC refrigerantes, que representaban un 31% del total, siguiendo a corta distancias los utilizados como sopladores en la fabricación de espumas aislantes, los disolventes limpiadores de componentes electrónicos y los CFC propulsores de los diferentes aerosoles de uso industrial, doméstico y cosmético. Unas 15 empresas internacionales se repartían unas 30 factorías en todo el mundo, localizándose en España la Elf Atochem (de matriz francesa), la Hoetchs Ibérica (alemana) y la Kali-Chemie Ibérica S.A (de Solvay, S.A. de Bélgica).

Ya, en 1973, se descubrió que el cloro era un catalizador de la destrucción del ozono (una forma de oxígeno con tres átomos del mismo). Pero, extrañamente, hasta 1984 no hubo un acuerdo generalizado respecto a su capacidad destructora de la capa estratosférica de ozono. Esta capa se extiende entre 10 y 50 km sobre la tierra, rodeándola, sirviendo de escudo absorbente de las radiaciones ultravioleta, sobre todo las UVB, que nos llegan desde el Sol. En marzo de 1985, se descubrió el agujero de ozono sobre el Antártico. Y comenzaron las preocupaciones, al conocerse que los CFC tardan unos pocos años en llegar a la estratosfera, donde los rayos UV hacen que se libere cloro muy activo. El cloro actúa con un efecto cíclico y multiplicador, destruyendo las moléculas de ozono, de modo que un único átomo de cloro puede deshacer más de 10.000 moléculas de ozono.

Peor aun, las moléculas de CFC poseen vidas medias muy altas, de decenas o centenas de años, por lo que sus efectos perduran largo tiempo, aunque su producción se interrumpa. Por aquel entonces, se comenzó a esclarecer la naturaleza del conocido como efecto invernadero, debido a la emisión de gases contaminantes. También, en este caso, las propiedades de los CFC fueron singulares, ya que su potencia respecto a la producción del efecto invernadero, molécula a molécula, supera más de 10.000 veces la del más conocido y abundante de los gases ocasionadores del efecto, el dióxido de carbono.

AGUJERO DE OZONO. Alarmados por la situación, paulatinamente se han ido poniendo en marcha puestos de observación y de medidas del ozono, terrestres o aéreas en globos, satélites, etcétera. Los científicos de la NASA, en septiembre de 1992, calcularon que, en su momento mayor, el agujero de ozono antártico superó los 23 millones de km cuadrados, es decir, la extensión de Europa. En febrero de 1993 se detectó, en el otro polo, el ártico, otro nuevo agujero de ozono. Las consecuencias prácticas de todo ello fueron evidentes: la ciudad norteña de Toronto, desde 1989, ha visto aumentar la radiación ultravioleta que le llega un 5% cada invierno transcurrido y un 2% cada verano; en los últimos tres años casi se ha duplicado el tamaño medio del agujero de ozono antártico y el espesor medio de la capa de ozono se ha reducido un 10% tal como señalaba en mayo pasado la propia Organización Mundial de la Salud; el pasado 4 de octubre los científicos de la base británica antártica comprobaron la disminución de un 65% en el ozono estratosférico situado sobre la base Faraday.

Como es bien conocido, la mayor incidencia de la luz UV produce diversos efectos perjudiciales. En el caso de los humanos las consecuencias dependerán de la localización geográfica, de las actividades realizadas al aire libre, de la raza, grado de melanización, edad, y otros. Pero, globalmente ello se traduce en una mayor prevalencia de los cánceres de piel, daños oculares, reducción de la respuesta inmune, etcétera. Sobre otros animales, la situación es parecida, y comienzan a conocerse datos desfavorables respecto a otros seres vivos, tal como sucede con el rendimiento, enfermedades y capacidad fotosintética de muchas plantas, o con los ecosistemas acuáticos -el fitoplancton es muy sensible a la radiación ultravioleta- e, incluso, con los microorganismos procarióticos responsables de la fijación del nitrógeno.

No es extraño que la alarma científica suscitada y una conciencia protectora ambiental, cada vez más generalizada en el mundo, provocaran una intervención mundial, que se plasmó en 1987 en el bautizado como Protocolo de Montreal sobre sustancias que reducen la capa de ozono. Tras ello, se derivaron las Enmiendas de Londres en 1990, de Copenhague en noviembre de 1992 y de Bangkok en noviembre de 1993. De este modo, 130 países (ahora superan los 150) se pusieron de acuerdo en una serie de medidas que suponían una inmediata reducción de la producción de CFC, alcanzándose a finales del 93 una disminución del 45% de las emisiones en los países industrializados.

El propósito es el de que, a partir del uno de enero de 1996, no se fabriquen CFC y tan solo se utilicen los CFC reciclados o almacenados previamente. Gracias a ello, 1995 sería el primer año en el que no aumentaría la concentración del cloro estratosférico, sino que se mantendría o bajaría lentamente. Sin embargo, por las propiedades antes señaladas respecto a los CFC, los agujeros de ozono seguirán creciendo durante bastante tiempo y, el mejor de los casos transcurrirán más de 70 años para poder alcanzar el espesor tradicional de la capa de ozono.

SUSTITUTOS. Los CFC están siendo sustituidos por HFC (hidrofluorocarbonados) y HCFC (hidroclorofluorocarbonados), que son menos destructores y de menor vida media. Pero ello provoca nuevas incertidumbres de las que probablemente nos ocuparemos en otra ocasión. Para convencernos de que no todo tiene arreglo, basta con considerar, muy elementalmente, los efectos producidos por los CFC y sus paulatinos sustituyentes sobre el clima de nuestro planeta. Por una parte, los CFC destruyen la capa de ozono que rodea y aísla la tierra. Esta capa absorbe la luz UV convirtiendo su energía en calor, aparte de evitar que el calor de la tierra se escape fácilmente. Los CFC, al romper la capa de ozono tienen, por tanto, un efecto enfriador sobre la tierra. Pero, por sí mismos, son parte de los gases contaminantes que colaboran al efecto invernadero, con una potencia que va desde 6.000 veces a 14.000 veces de la del propio dióxido de carbono. ¿Cuál es el resultado final? Perturbaciones climáticas, ya que su efecto enfriador puede contrarrestar casi el 50% del efecto calentador invernadero, pero la situación asimétrica de los agujeros de ozono en los polos respecto a los trópicos provocan intensas perturbaciones de calor y, por tanto, considerables disturbios climáticos. Lo peor, es que, el uso alternativo de HFC y HC, respecto a los CFC, no solucionarán el problema, ya que también ellos mismos son gases invernadero y la posible reparación de la capa de ozono aun recalentará más el planeta. Por otra parte, más grave sería seguir favoreciendo la disminución de la capa de ozono para ayudar al enfriamiento de la tierra.

Para romper el peligroso círculo habría que descubrir otros compuestos que realizaran funciones análogas, pero que no cooperasen al efecto invernadero. Deseemos que así sea para que no desaparezca el ozono nuestro de cada día.