Ciencia y salud

Por José Antonio Lozano Teruel

Cambio climático, ¿Antopogénico?

Cuando se tratan temas como el del cambio climático es muy frecuente que los razonamientos socio-políticos oscurezcan a los científicos, por lo que las conclusiones suelen estar previamente condicionadas. Las posturas autocalificadas de más progresistas suelen incidir sobre la responsabilidad de nuestra sociedad industrializada y poco controlada. Las de postulados más conservadores cuestionan el propio cambio climático y, sobre todo, insisten en las posibles causas naturales del mismo. Por ello, el lector independiente tiene el derecho a preguntarse ¿cuál es la verdadera realidad del cambio climático?.

David A. King ha realizado una reciente revisión del tema en la prestigiosa revista Science. El equipo investigador de S. Laxon ha hecho algo parecido en la no menos prestigiosa revista Nature y, por otra parte, también debemos tener en cuenta los informes más recientes del IPCC o Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático. Intentemos simplificar y resumir la situación.

CAMBIO. Nuestro planeta es habitable debido a su situación relativa respecto al Sol y por el efecto invernadero normal de su atmósfera. Los globos de investigación atmosféricos han demostrado la movilidad de la fase gaseosa que rodea la Tierra de modo que, en una semana, una determinada porción puede haber dado media vuelta a la esfera terrestre. Los cambios climáticos superan cualquier barrera climática.

Casi todos los datos analizados inciden en que realmente se está produciendo un cambio climático. En el siglo pasado la temperatura se ha incrementado una media de 0,6 ºC. y el nivel de los mares ha subido unos 20 cm., por la fusión de los hielos y por la expansión térmica de los océanos. Muchas cumbres tradicionalmente nevadas han dejado de serlo y el espesor de los hielos árticos ha disminuido un 40%. Y dos datos europeos: el primero, el recuerdo de los 15.000 fallecimientos ocurridos en Francia como consecuencia de la ola de calor del pasado verano; el segundo, que mientras hace dos décadas la utilización media de la Barrera del Támesis, que protege a Londres de la inundaciones, era de una vez al año, ahora suele superar la media docena de veces.

Como media, a la parte externa de la atmósfera llega una energía solar de 175 billones de millones de vatios (billones europeos, no americanos). El 31% es reflejado por la superficie atmosférica y las nubes. Los restantes 120 petavatios (PW) se absorben por la atmósfera, la tierra y los océanos. Para mantener el equilibrio, esa misma cantidad de energía, 120 PW han de ser emitidos al espacio en forma de radiación infrarroja, calor. Si se emiten menos, si se bloquea su emisión, se produce un calentamiento.

Esto es lo que ocurre con ciertos gases estimulantes del efecto invernadero. Son varios los gases atmosféricos de este tipo. En cielos claros, su impacto se debe en un 60% al vapor de agua, un 25% al dióxido de carbono, un 8% al ozono y el resto a una mezcla de gases, entre ellos el metano y el óxido nitroso. Las nubes también ejercen un efecto invernadero.

CAUSAS. Los ciclos naturales climáticos y algunos fenómenos naturales pueden contribuir al cambio climático. Las erupciones volcánicas constituyen uno de los agentes más perturbadores y en los pasados siglos su participación relativa en los cambios climáticos era muy alta. Recientemente, investigadores británicos han modelado los efectos sobre el clima de diversos factores: las erupciones volcánicas; los cambios en las manchas y explosiones solares; los gases productores del efecto invernadero procedentes de la combustión de nuestras reservas energéticas fósiles; los cambios en el uso de la tierra, la deforestación; los procesos industriales, etc.

Los datos que se van obteniendo apuntan a una alta participación antropogénica en la que los humanos alteramos el clima más por interferencia con los flujos energéticos naturales, debido a los cambios que inducimos en la composición atmosférica, que por la generación directa de calor por la actividad industrial. Un ejemplo sería significativo: un millón de centrales térmicas de 1000 megavatios de capacidad (de las mayores en el mundo), supondrían un cambio energético de 1PW, es decir, tan solo un 0,8% de los 120 PW totales emitidos desde nuestro planeta. Por tanto el problema radica no en la energía emitida sino en los gases que afectarán, a través de efecto invernadero, a los flujos energéticos atmosféricos.

GASES. Los cambios en la composición de los gases atmosféricos responsables del efecto invernadero tienen un origen antropogénico: el dióxido de carbono procede fundamentalmente de la combustión de los combustibles fósiles y el metano y los óxidos de nitrógeno de múltiples actividades humanas. La actual concentración de 372 ppm (partes por millón) del dióxido de carbono atmosférico nunca se habían alcanzado en un pasado periodo de casi medio millón de años. Respecto a la concentración de gases con efecto invernadero existente hace 200 años, en la etapa preindustrial, el aumento supera el 50% y la mitad de ese incremento ha tenido lugar a partir del año 1965.

Sin adentrarnos en consideraciones políticas, recordemos que Estados Unidos, con el 4% de la población mundial, emite más del 20% de los gases con efecto invernadero. Cualquier medida eficaz ha de pasar, necesariamente, por la colaboración de ese país. Por otra parte, la inercia de los cambios climáticos es muy elevada. No sería realista pensar en una detención del proceso actual, pero si la humanidad consiguiese frenar razonablemente la aceleración presente, se lograría que las 372 ppm de dióxido de carbono actuales pudieran quedar estabilizadas dentro de un siglo en una cifra de unas 550 ppm y sólo ello ya significaría poder reducir en un 85% la prevista frecuencia de graves y mortíferas inundaciones futuras en la India y Bangladesh, con sus inevitables acompañamientos de innumerables y trágicos fallecimientos.

En resumen, la ciencia, aún sin demasiada precisión, nos señala que el cambio climático que está ocurriendo supera (¿en qué proporción?) los límites de la variabilidad natural y tiene un componente antropogénico importante. Aunque se han realizado importantes progresos en monitorizar y comprender los cambios climáticos, la realidad es que existen muchas incertidumbres sobre lo que ocurrirá en el futuro y la inercia del proceso dificultará los resultados de las medidas que se puedan adoptar. Mientras tanto, sin actitudes alarmistas, pero con suma preocupación, los científicos debemos advertir que nos estamos adentrando y aventurando en un terreno desconocido y peligroso por sus indefinidas consecuencias. Es una obligación moral para nuestros dirigentes políticos, sociales e industriales y para todos nosotros, mitigar el efecto invernadero apostando decididamente por las energías alternativas no contaminantes.