Ciencia y salud

Por José Antonio Lozano Teruel

Los gases del presidente Bush

La reciente decisión del presidente norteamericano George W. Bush, jr., de retirar a los Estados Unidos de las obligaciones que el Protocolo de Kyoto imponía a su industria, ha hecho que algunos califiquen esa medida, por su trascendencia negativa futura sobre la salud de nuestro planeta y de sus habitantes, como un verdadero crimen contra la Humanidad, de naturaleza diferente, pero no por ello menos horrenda, que los que hasta ahora se han considerado como tales crímenes. Y piensan que sus derivaciones finales podrían llegar a ser más letales que otros crímenes generales más clásicos, sobre todo para los países más pobres sin recursos o sin alternativas para luchar contra las consecuencias del efecto invernadero.

Muchas personas piensan que el efecto invernadero es un fenómeno conocido desde hace pocos años y que la Ciencia no tiene las ideas muy claras respecto a su naturaleza y trascendencia. Pero algunos datos son incuestionables. Por ejemplo, todo indica que desde 1850 se ha producido un incremento medio de la temperatura global de la Tierra de más de un grado centígrado pero ¿quién puede asegurar que ello no es sino solo una parte de una fluctuación natural?. Existen evidencias de que diversas fluctuaciones han tenido lugar durante decenas de miles de años, y de que se producen en ciclos cortos y largos. Pero, también sabemos desde hace más de 100 años, más precisamente desde 1896, que el dióxido de carbono ayuda a impedir que los rayos infrarrojos escapen al espacio, lo que hace que se mantenga una temperatura relativamente cálida de nuestro planeta (efecto invernadero).

ARRHENIUS. El físico y químico sueco Svante August Arrhenius (1859-1927), ese año de 1896, fue capaz de formular la teoría de que las emisiones de dióxido de carbono (CO2) procedentes de la combustión del carbono provocaban el efecto invernadero en la atmósfera. Realmente Arrhenius fue un gran genio científico, ya que profundizó y aclaró conceptos diversos relacionados con los electrolitos y la electrolisis o la naturaleza íntima de las sustancias ácidas y de las alcalinas, adelantándose a su tiempo, por lo que su tesis doctoral sobre estos temas no fue bien comprendida por sus compatriotas científicos, que la calificaron con la nota más baja. Sin embargo, su carrera científica prosiguió con gran brillantez, llegando a obtener el Premio Nobel de Química de 1903, haciendo valiosas contribuciones sobre la relación entre velocidad de las reacciones químicas y temperatura (ecuación de Arrhenius). No satisfecho con ello se dedicó también a la Geología y a la Cosmología, siendo el primero en proponer la posibilidad de la panespermia, tan en boga últimamente, que afirma que la vida se puede transmitir de astro a astro, mediante esporas bacterianas, movidas por la presión de la luz.

A partir de la idea inicial de Arrhenius el concepto del efecto invernadero se fue desarrollando temporalmente. En 1924, el físico estadounidense Lotka predijo que la actividad industrial podría duplicar la cantidad de CO2 atmosférico en 500 años; en 1954, Hutchingson, biólogo de Yale, sugirió que la deforestación haría aumentar el nivel de CO2 atmosférico; en 1957, los científicos del Instituto Scripps de Oceanografía indicaban que los océanos no pueden absorber una buena parte del CO2 emitido hacia la atmósfera. Además, en esa época se comienzan a realizar medidas fiables de este gas desde el Observatorio de Mauna Loa, en Hawai; en 1967, una primera simulación realizada con ordenadores indica que la temperatura media del planeta aumentará 2 ºC cuando los niveles del CO2 dupliquen a los de la época preindustrial; en 1976 son identificados los clorofluorcarbonados (CFC, de aerosoles y circuitos refrigerantes), el metano (fermentaciones) y el óxido nitroso (en gases de motores y automóviles) como gases protagonistas del efecto invernadero; en 1988, se crea el IPCC o Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático, participando expertos de todo el mundo; en 1990, 49 Premios Nobel y 700 científicos muy prestigiosos elaboran y firman un documento sobre el calentamiento global; en 1992, existe un tímido acuerdo inicial en la Cumbre de Río, con la firma por 152 países de la Convención de la ONU sobre el Cambio Climático. En 1993 lo ratificaron 50 países; 1994 y 1995 son los años más calientes de los que se tienen registros históricos y la década de los 90 es la más caliente de los últimos mil años. ¿Qué sucederá en el futuro?

EFECTO INVERNADERO. Este término se aplica al papel que desempeña la atmósfera en el calentamiento de la superficie terrestre. La Tierra, como parte de un proceso natural recibe continuamente energía del Sol (en términos cuantitativos la radiación solar entrante a la atmósfera equivale a 1.340 w/m2, es decir, vatios por metro cuadrado). La atmósfera es bastante transparente a la radiación solar de onda corta y solo absorbe 234 w/m2 y refleja otros 94 w/m2. Por tanto, unos 1012 w/m2, llegan a la Tierra, donde se absorben una parte, unos 300 w/m2. El resto de radiación, junto con otra procedentes de la propia actividad térmica terrestre, se vuelve irradiar desde la superficie terrestre (2384 w/m2), emitiéndose hacia el espacio exterior, pero solo una pequeña parte atraviesa la atmósfera,, ya que con una longitud de onda correspondiente a los rayos infrarrojos (calor), al chocar con gases como el dióxido de carbono, el metano, el óxido nitroso, los halocarbonos y el ozono, presentes en la atmósfera, es absorbida o reflejada en ellos y se devuelve en forma de calor, calentando la atmósfera y la superficie terrestre. Todo ello constituye un equilibrio natural, que se altera cuando en la atmósfera existe una concentración de gases de efecto invernadero mayor que la normal y natural.

NACIONES UNIDAS. La Convención Marco de Naciones Unidas sobre Cambio Climático fue aprobada en 1992, con el objetivo de estabilizar la concentración de gases de efecto invernadero en la atmósfera. De acuerdo con esta Convención los países tendrían responsabilidades comunes y diferenciadas. Por ejemplo, los países industrializados deberían liderar la lucha contra el cambio climático mediante la reducción de los niveles ingentes de CO2 lanzado a la atmósfera por su industria.

Ello se articuló en la Cumbre de la Tierra firmada por 154 países y la Unión Europea, en Río de Janeiro, siendo ratificado el acuerdo con posterioridad por numerosos países, por lo que entró en vigor el 21 de marzo de 1994. Sin embargo, la principal fuente contaminadora del planeta, la industria de los Estados Unidos, consiguió que este país no ratificase el acuerdo. Para solucionarlo, tuvo lugar el Protocolo de Kyoto, en 1997, pero nuevamente Estados Unidos aplazó su ratificación.

Ha sido ahora, cuando en un gesto claramente egoísta e insolidario del presidente Bush, con desprecio absoluto hacia el resto de la Humanidad, ha decidido definitivamente que Estados Unidos no ratificará el Protocolo de Kyoto, posiblemente, con la consecuencia predecible de poner en graves riesgos futuros a una buena parte del planeta, comenzando con los países más desfavorecidos. Los hombres tenemos la obligación de dejar a nuestros descendientes una tierra habitable. ¿Habrá respuestas suficientemente valientes y enérgicas procedentes de los responsables políticos, cívicos, intelectuales y morales del resto del mundo, incluyendo también a las diversas organizaciones sociales?.