Ciencia y salud

Por José Antonio Lozano Teruel

Los mandamientos climáticos

Tras la reunión celebrada en Valencia por el IPCC (Intergovernamental Panel on Climate Change) de la ONU y antes de que se consigan lograr los acuerdos para unas recomendaciones sustitutorias de las de Kioto numerosas revistas científicas están dedicando secciones o números especiales a diversos aspectos sobre el tema.

En esta misma sección (artículos consultables en el canal Ciencia y salud de laverdad.es) hemos tratado de las diversas teorías y discusiones sobre el posible origen antropogénico del problema. Por ello, en esta ocasión, vamos intentaremos otro enfoque, responder a la pregunta: ¿qué acciones son posibles por parte de los ciudadanos para  la reducción de los efectos negativos que produce la actividad humana?. Para ello vamos a comentar un listado de posibilidades importantes y asequibles, según los científicos, inspirándonos en lo que recoge la revista SCIENTIFIC AMERICAN en uno de los diversos artículos que su último número dedica al clima. Mientras esperamos una concienciación universal sobre el problema todos podemos tomar medidas y hacer cosas para recortar el gasto energético o reducir los gases de efecto invernadero.

ESTRUCTURALES
Es indudable que las medidas estructurales serían las de mayor repercusión pero también las más difíciles de lograr mediante acuerdos internacionales, pues un gran número de países luchan por conseguir mayores cotas de desarrollo y sus ciudadanos aspiran a un bienestar semejante al disfrutado en nuestro primer mundo, donde solemos seguir instalados en nuestro egoísmo.

Todavía hoy el carbón proporciona la mitad de la electricidad mundial, por lo que la reducción de la quema de combustibles fósiles (carbón, petróleo, gas natural) se hace imperiosa y una discusión serena sobre las posibilidades de los biocombustibles y la energía nuclear es cada vez más urgente, hasta que se hagan una realidad más cuantitativa las nuevas fuentes de energía basadas en el uso del hidrógeno, aerogeneradores, energía termosolar, energía fotovoltaica, o la soñada y lejana fusión nuclear.  A nivel mundial hay que realizar grandes inversiones en investigación y desarrollo sobre éstas y otras alternativas más imaginativas y, en algunas de ellas, apoyar cambios que ya son factibles, por ejemplo los automóviles mixtos, sistemas más eficientes de climatización de edificios, la mejora de carreteras y autopistas, etc.

Se calcula que el mundo relacionado con la industria de la construcción genera un 40% de los gases invernadero. La producción cementera estadounidense contribuye con más de 60 millones de toneladas métricas de dióxido de carbono. En este campo sería relativamente sencillo aplicar normativas y mejoras industriales generalizadas en la producción y uso de materiales de construcción, en aislamientos, en eficiencias de acondicionamientos caloríficos, etc.

Cada año miles de millones de metros cuadrados de bosque son deforestados y, finalmente, ello contribuye al lanzamiento atmosférico de más de 1500 millones de toneladas de dióxido de carbono, es decir, casi la quinta parte de toda la contribución humana al efecto invernadero. La humanidad, si quisiera, podría evitarlo con una mejor gestión de los bosques, prácticas agrícolas, reciclado de papel, consumo responsable de éste, etc.

MODOS DE VIDA
En los países del desarrollados el transporte es la segunda fuente de emisiones de gases de efecto invernadero. ¿Cómo cambiar la situación?. Las respuestas son inmediatas: mejoras en transportes públicos (consumen una cuarta parte de energía), menores desplazamientos, mayor cercanía entre domicilios y centros de trabajo, incentivar el caminar, el ciclismo, no favorecer los traslados aéreos a corta y media distancia (la alternativa ideal es el tren ya que los aéreos son una de las fuentes de gases invernadero que crece más rápidamente, y se depositan en el peor lugar de los posibles, la atmósfera superior).

Para intentar mitigar el cambio climático lo más sencillo a nuestro alcance es no sucumbir al consumismo. Consumir menos. Cada vez que consumimos algo que realmente no necesitamos estamos ayudando a la producción de una mayor cantidad de gases de efecto invernadero. Se trata de tener una nueva actitud mental de consumidor en la que, por ejemplo, para un vehículo valoremos su menor consumo, su menor capacidad de contaminación y no el pico de velocidad que puede alcanzar. O que en la compra del supermercado prescindamos de las bolsas y envueltas inútiles.

Esa mayor eficiencia obligará a multitud de detalles prácticos como ahorrar electricidad o agua inútilmente consumidas en nuestras actividades diarias, sustituir las lámparas incandescentes por las de bajo consumo o nuestros electrodomésticos por otros de mayor rendimiento energético (clase A), conducir sin aceleraciones así como otro largo etcétera que incluye aparentes nimiedades como la de no mantener encendidos los pilotos de nuestros aparatos estéreo, ordenadores, videos, televisores, reproductores, cargadores y otros muchos dispositivos cuando no funcionan ya que, frecuentemente, su consumo energético en reposo es muy alto. Un ejemplo, que podría parecer un detalle anecdótico: en Estados Unidos se ha calculado que la sustitución de los cargadores de baterías existentes por otros más eficaces supondría ahorrar anualmente más de mil millones de kwh, o su equivalente de 100 millones de dólares, con la carga energética que ello supone.

PERSONAL
También nuestro propio modo de vida íntima personal puede repercutir en el problema. Nuestros hábitos alimenticios son un buen ejemplo. La cantidad de energía necesaria para producir carne es elevadísima, pues se requieren grandes cantidades de materiales vegetales para que al final se transformen en un kilo de carne, con las lógicas e inmediatas consecuencias de incremento del efecto invernadero que ello supone. Una persona cuya alimentación sea relativamente rica en productos cárneos es responsable, sólo por ello, respecto a un casi vegetariano, de una producción adicional anual de 1,5 toneladas de dióxido de carbono. Y todos podemos intentar buscar una alimentación equilibrada, no sólo en su valor nutricional sino también en el ecológico. Además será más sana. Y hemos de reflexionar sobre cada caso en particular: un vegetal de producción orgánica posiblemente no ha utilizado fertilizantes (y su equivalente energético) pero si procede de un lugar lejano los gastos energéticos del transporte pueden anular esa ventaja. Por ello, intentemos consumir productos que no hayan necesitado grandes desplazamientos ni sistemas de producción muy costosos energéticamente.

Y cuando la población actual de la Tierra supera los seis mil seiscientos millones de personas y desbordará los nueve mil millones de personas a mitad de siglo hay que tener en cuenta los cálculos de las Naciones Unidas de que cada ser humano, para ser sostenido, “consume” el equivalente a unos 200.000 metros cuadrados de terreno que le proporcionan la comida, el vestido y recursos que provienen de la Tierra. No se ha determinado bien cuál es la máxima capacidad de la Tierra para albergar sosteniblemente a los seres humanos, pero está claro que hay un límite y que no está lejano. Por ello, las campañas de control de natalidad han de incentivarse, sobre todo en el tercer mundo.