Ciencia y salud

Por José Antonio Lozano Teruel

Energía: ética, sociología y ecología

El físico Stephen Hawking, en su "Historia del Tiempo" describe atractivamente que es la disipación de la energía lo que atrapa a las tres flechas del tiempo. La primera, la termodinámica, señala la dirección en que aumenta el desorden o entropía. La sicológica, apunta el sentido en que opera nuestra memoria, distinguiendo entre pasado, presente y futuro. Y la tercera, la cosmológica, indica la dirección en que se expande el Universo, aumentando su desorden.

La energía es el componente crucial de nuestra civilización, como un informe técnico americano señalaba, hace unos años: "La energía es la fuerza propulsora, el factor universal, que permite a la gente convertir los recursos materiales en bienes y servicios útiles. El suministro de energía es el factor que limita la producción, así como la fuerza que la impulsa". No siempre ha sido así y, por ello, el de la energía será posiblemente el hecho diferencial más característico de los siglos XX y XXI.

EXOSOMÁTICA. Para referirnos a la energía hemos de medirla y distinguir entre energía (equivalente a trabajo) y potencia (energía por unidad de tiempo). Por ejemplo, es bien sabido que la combustión metabólica de nuestros alimentos nos proporciona la energía individual que necesitamos, menos de 3.000 kilocalorías (Kcal.) diarias. Como una Kcal. equivale a algo más de 4 Julios (J), ello significa unos 12.000 KJ diarios, que distribuidos entre los segundos de un día, representa una potencia energética media para el ser humano, una potencia somática, de unos 120 Watios (W), es decir, un valor semejante al de una lámpara normal incandescente.

Durante casi toda la evolución de la Humanidad esta potencia somática fue su principal referencia. A lo largo del reciente progreso humano la potencia somática ha permanecido casi invariable, pero se ha incrementado la demanda de energía exosomática, que se iniciaría con los troncos de leña que mantenían encendido el fuego de los campamentos. Pero, hasta el final del siglo XVIII, la cuantía de la energía exosomática estuvo muy restringida: tiro de animales, viento (molinos), ruedas hidráulicas, y pocos artilugios más.

En 1705 Thomas Newcomen fabricó la primera máquina de vapor. Transcurrieron 70 años hasta que James Watt la transformó en una eficacísima fuente de trabajo, posibilitando el uso de la energía exosomática como movimiento, fuerza, presión, etcétera. Cuando, hacia finales de la 2ª Guerra Mundial, el carbón se fue sustituyendo por el petróleo, comenzó una nueva era energética diversificada al añadirse otras posibilidades de obtención de energía: hidroeléctrica, térmica convencional y nuclear.

En el pasado medio siglo la Humanidad ha asistido a un despliegue energético impresionante, aunque desigual e injusto para la mayoría de los humanos. Y con efectos, a veces muy nocivos, sobre nuestro medio ambiente. Por ello, desde los 80 comenzó a adquirirse una fuerte conciencia de que todas las fuentes de energía llevan aparejados unos elevados costes sociales y medioambientales. Surgen numerosas preocupaciones e interrogaciones relacionadas con el uso adecuado de la energía, consecuencia de tener que contraponer esos costes con su indispensable concurso en los procesos de desarrollo,

LIBRO. En este contexto, el Consejo de Seguridad Nacional acaba de editar un espléndido libro, Energía y Sociedad en el siglo XXI, por el que debe ser felicitado muy efusivamente. La esmerada presentación es bellísima, acompañada de unas excepcionales reproducciones de ilustraciones procedentes de esas joyas bibliográficas de los siglos X y XI, que se conservan en diversas bibliotecas españolas, conocidas como los beatos, es decir, el casi medio centenar de reproducciones diferentes existentes de Los Comentarios Al Apocalipsis, escritos en el siglo VIII por el beato de Liébana.

Esas espléndidas y apocalípticas imágenes acompañan a unas lúcidas reflexiones que nueve especialistas prestigiosos realizan sobre diversos aspectos relacionados con la energía, entre ellos algunas de tipo ético, ecológico, sociológico, de conservación del medio ambiente o de control y regulación de las fuentes energéticas.

Por ejemplo, la escrita por Emilio Muñoz Ruiz, profesor de Investigación del CSIC, quien con un brillante pasado investigador bioquímico y de responsable gestión de la Investigación, actualmente está muy dedicado al análisis de las relaciones entre Ciencia, Tecnología y Sociedad. Su valiosa aportación se titula Energía y Ética, habiendo escogido como presentación de la misma dos breves citas que resumen certeramente el conflicto. La de Herbert Spencer destaca lo positivo: "El progreso no es un accidente, es una necesidad, una parte de la naturaleza". La de Horace A. Vachell nos alerta: "En la naturaleza no hay recompensas o castigos; hay consecuencias".

Y es que sucede que las cifras energéticas son muy preocupantes. En primer lugar existe una realidad insoslayable. La fuente energética última es la del Sol y ha de sufrir muchas transformaciones antes de llegar a ser utilizable por el hombre. Así, una gran parte de la energía eléctrica consumida ha de producirse en ciclos térmicos, con rendimientos entre el 20% y el 45%, lo que significa que se disipa (calor) entre el 55% y el 80% de la energía inicial, lo que se traduce en que, literalmente, estamos evaporando ríos de agua dulce o auspiciando efectos medioambientales negativos (efecto invernadero).

DESIGUALDAD. Si examinamos la situación energética de los 6.000 millones (M) de personas del mundo el primer calificativo que nos acudiría a la mente sería el de injusticia. La potencia somática a la que antes nos referíamos, los 120 watios, nuestras necesidades energéticas para vivir, significarían para cada individuo una energía anual equivalente a unas 0,1 tep (toneladas equivalentes de petróleo) y para toda la Humanidad unos 600 M de tep. Sin embargo, el consumo mundial de energía primaria supera los 10.000 M de tep, procedentes de petróleo (55%), carbón y lignito (24%), gas natural (21%), energías renovables (15%) y nuclear (6%) Ello significa, que a cada persona, como media, le corresponden 1,66 tep anuales, es decir, que para nuestro confort usamos 16 veces más energía exosomática, que la energía somática que necesitaríamos exclusivamente para vivir y que, durante milenios, les había bastado a nuestros antepasados.

Los romanos antiguos usaban esclavos a su servicio. Ahora, es como si cada persona, como media, contásemos con 16 esclavos mecánicos que realicen las tareas a nuestro servicio. Además, con la memoria reciente de la última crisis de petróleo, puede parecernos increíble, pero esos esclavos, la energía, nos resultan bastante baratos. Considerando la renta media mundial per cápita, y un precio de 30 dólares para el barril de petróleo, los gastos energéticos individuales no representan más del 8% de nuestros ingresos económicos.

Pero el principal problema es el desigual e injusto reparto energético. Muchos millones de personas morirán de hambre al no contar ni siquiera con el mínimo energético somático, es decir las 0,1 tep. Y 1.200 millones de personas, es decir, el 20% de la población mundial, han de conformarse con el 4% de la energía total. Otros 2.000 millones de seres humanos disponen de unas 10 tep anuales individuales. Y los 1.200 millones, el 20%, de personas más consumidoras, acaparan más del 58% de la energía mundial. El caso de Estados Unidos es el más llamativo: con un 5% de la población mundial gastan un 25% de la energía mundial. Cada americano, anualmente, energéticamente significa 8 toneladas equivalentes de petróleo, es decir, volviendo a la metáfora, cuenta con 80 esclavos mecánicos. Mientras, los europeos nos conformamos con "solo" unos 35 de esos esclavos.

Y muchas interrogantes quedan abiertas: posturas sociales, deterioro medioambiental, alternativas energéticas, previsiones y evolución futura, etcétera. De algunas de ellas nos ocuparemos en el artículo siguiente.