Ciencia y salud

Por José Antonio Lozano Teruel

¿Habrá energía para todos?

Juan Manuel Kindelán, presidente del Consejo de Seguridad Nuclear, indica muy claramente la situación: "La energía es un bien escaso, los recursos para su producción no están generalizados y hay condiciones sociales que pesan decisivamente sobre su producción y sobre su distribución".

Tomando como unidad de medida una tep (tonelada equivalente de petróleo), hace un siglo la Humanidad utilizaba anualmente unos 400 millones de tep. Con el modelo de civilización que hemos desarrollado nuestro gasto actual supera ya las 10.000 millones de tep. Y mientras en el mundo subdesarrollado la participación per cápita apenas alcanza la pequeña cifra de 0,1 tep (equivalentes a las necesidades nutricionales para sobrevivir), un europeo gasta 35 veces esa cantidad y un norteamericano hasta 80 veces más. Si pensamos en la previsible evolución futura de la Humanidad, en la tierra que dejaremos como legado a nuestros descendientes, parece que la pregunta clave sería, pues, la de "¿Habrá energía para todos?". Y, en caso positivo, ¿será soportable el costo medioambiental de su obtención?.

SITUACIÓN. En primer lugar hemos de acudir a los datos evolutivos de nuestro pasado más reciente, a fin de predecir las posibles tendencias futuras. El crecimiento del PIB medio mundial se ha ido atemperando en las últimas décadas, pasando desde más del 5% en los 60 a una cifra del 2,5% en los 90, y los analistas creen que este último ritmo de crecimiento se conservará en las décadas iniciales del siglo XXI. Como mínimo tal pauta de crecimiento también será aplicable a las necesidades energéticas.

Analicemos primeramente las reservas. Actualmente el 56% de toda la energía procede del petróleo, es decir, unos 5.600 millones de tep anuales, equivalentes a unos 43 mil millones de barriles de petróleo. Según los más recientes estudios del United States Geological Survey, las reservas actuales y las previsibles que se descubran en el futuro, pueden suponer entre 2,1 y 2,8 billones de barriles de petróleo, lo que nos indica que con el ritmo actual de consumo en menos de 50 años habremos agotado todas esas reservas con el añadido de que, conforme sean más escasas, su uso será mucho más costoso.

El carbón constituye una reserva cuantitativamente superior al petróleo pero sus costos humanos y ambientales (por ejemplo, la lluvia ácida) hacen que, por ahora, y en un previsible futuro sus usos y aplicaciones sean demasiado onerosos, por lo que no debe considerarse una solución práctica.

Las reservas de gas natural son difíciles de evaluar pero, en todo caso, son muy superiores a las del petróleo. Como su estructura química está más hidrogenada ello significa que, por unidad energética, la emisión de dióxido de carbono en su combustión es inferior a la del petróleo o el carbón. En la actualidad su extracción anual equivale a unas 2.000 millones de tep y en los próximos 20 años se calcula que su consumo se incrementará un 3% anual.

REALIDADES. Como la energía obtenible de cualquiera de estas fuentes se consigue mediante su combustión ello significa una gran producción obligada de dióxido de carbono. La concentración atmosférica de este gas se ha incrementado más de un 30% desde el comienzo de la Revolución Industrial. El ritmo actual de subida es el de 0,7 partes por millón (ppm) anuales, el 90% del incremento se debe a la generación energética y estamos situados en una cifra absoluta de 365 ppm. ¿Cuál es la contribución del dióxido de carbono al efecto invernadero, al cambio climático, al calentamiento de la tierra?. Y, sobre todo, ¿cuáles serán las consecuencias prácticas de ese calentamiento?.

En este terreno nos solemos encontrar con posturas muy encontradas que se defienden denodadamente por sus respectivos partidarios con argumentos que pretenden ser más o menos científicos. No vamos a entrar en un juego en el que la Ciencia aun no tiene la última palabra. Pero hemos de ser prudentes y respetuosos con nuestro medio ambiente. Es un hecho real que la temperatura media terrestre ha sufrido un aumento de 2 ºC a lo largo del siglo XX. También es otro dato bastante contrastable que el incremento de la concentración de dióxido de carbono parece ser el responsable de alrededor del 70% del efecto invernadero. Por ello, como mínimo, tendríamos que calificar de sensatas y acertadas todas las medidas encaminadas a sustituir las fuentes energéticas fósiles por otras energías renovables, mucho menos contaminantes. De ellas excluimos a la energía nuclear, objetivamente así clasificable, pero con unas implicaciones sociales que hacen que sea difícil su expansión. Esta tendencia de favorecer las energías renovables ya ha comenzado a notarse en la última década, con los siguientes aumentos anuales de las diferentes clases de energía: petróleo y carbón (1,4%), gas natural (2,1%), nuclear (0,6%), eólica (26%), fotovoltaica (17%).

RENOVABLES. No examinaremos diversas posibilidades a medio y largo plazo. Sólo las de corto plazo, limitándonos a recoger las recomendaciones y perspectivas existentes, posiblemente demasiado cortas de mira en cuanto al esfuerzo previsto por los diferentes gobiernos. Concretamente, en la Unión Europea, se pretende elevar en diez años la contribución de las energías renovables en la producción de electricidad desde el 6,3% anual hasta un 12%.

De modo global, mundial, respecto a la energía hidroeléctrica renovable, sus 2700 terawatios-hora anuales suponen un 17% del total de la producción eléctrica. La intensificación de la construcción de pequeñas centrales eléctricas, aun sin la de nuevos grandes embalses, puede suponer, en el ámbito mundial, que en el año 2020 se puedan alcanzar casi los 4.100 terawatios-hora, es decir, que no se rebajaría su contribución global porcentual.

Los aerogeneradores para aprovechar la energía eólica presentan buenas perspectivas prácticas. Actualmente su ritmo de crecimiento anual supera el 36% y en términos energéticos, si se llegase al máximo aprovechamiento, podrían suponer cifras que cuadriplicasen todo el consumo eléctrico mundial existente en el año 1990. En España se calcula que, a medio plazo, podrían instalarse los equivalentes a una potencia de 15 millones de kilowatios, lo cual supondría la producción anual de 34 mil millones de kilowatios-hora, es decir, una cuantía comparable a la de la energía hidroeléctrica actual.

La transformación de la energía solar debería ser incrementada, sobre todo en países como España o en regiones como las mediterráneas. En cuanto a placas solares, energía solar térmica, en la Unión Europea están instalados unos 10 millones de metros cuadrados, lo que supone un ahorro de unos 0,4 millones de tep anuales, es decir, las necesidades energéticas nutricionales de 4 millones de seres humanos. En cuanto a la energía fotovoltaica sus rendimientos siguen siendo bajos, en el rango del 9-14%, pero se espera conseguir pronto rendimientos del 30% con menos costes de producción e instalación, lo que hará aumentar notablemente el ritmo actual anual de instalaciones al año que solo suponen una potencia de unos 100 millones de watios. La energía solar también podría transformarse en energía termoeléctrica, usando adecuadas turbinas de vapor, pero la tecnología está poco desarrollada todavía.

La biomasa como fuente de energía (biocombustibles, uso de los gases de fermentación) nos daría un balance nulo respecto al dióxido de carbono. Sus posibilidades son enormes. Y la ingeniería genética puede desarrollar múltiples aplicaciones para la obtención de productos menos costosos energéticamente. Por ello, esperemos que el legado del siglo XX, el de la sensibilidad ecológica, en el siglo que comienza se convierta en actuaciones concretas que garanticen una Tierra habitable para nuestros descendientes.