Ciencia y salud

Por José Antonio Lozano Teruel

Consecuencias del desastre nuclear de Fukushima

Consecuencias del desastre nuclear de Fukushima
Ilustración :: ÁLEX

El incansable e inquieto embajador español José Luis Pardos, a través de la Fundación Los Alamos creada por él (http://www.fundacionlosalamos.es/index) ha estimulado la creación una serie de blogs para reflexionar sobre problemas actuales. A través de uno de ellos, su gran amigo Mario Bunge (91 años), un gran humanista, filósofo y físico argentino, hace unos días remitía un e-mail refiriéndose al desastre nuclear de Japón.
FALLOS
Según Bunge “Es verdad que en el desastre nuclear hubo muchos impredecibles, en  particular el tamaño de la ola. Pero, al parecer, el principal culpable no fue Poseidón sino la gerencia de la empresa, que desoyó las múltiples advertencias de los inspectores de la planta. Una de ellas: la burbuja de hidrogeno que se desprendió y que explotó al combinarse con el oxígeno del aire circundante; no habría hecho esto si los reactores hubieran sido cubiertos por un capa de "lana" de platino. En efecto, ésta hubiera catalizado la reacción Hidrógeno + Oxígeno = Agua. Aunque el platino es muy caro, la cantidad necesaria sería mínima, de modo que hubiera costado poco tomar esta precaución. Pero la gerencia empresarial siempre puso en práctica la máxima de los economistas ortodoxos: ¡Maximizad las utilidades!".
En cualquier caso ello nos sirve para realizar unas reflexiones, basadas en la ciencia, que intenten dar una imagen objetiva de la situación y de sus posibles consecuencias, alejadas, por un lado, del alarmismo de Günther Oettingem, a la sazón nada más y nada menos que Comisario General de la Energía de la UE, calificando el desastre como de incontrolable e impredecible en el tiempo y en el espacio, y, por otro lado, de aquellos que defienden  que aquí no ha pasado nada grave y que el desarrollo de las plantas nucleares debe continuar su camino previsto, sin alteraciones.
Las centrales nucleares cuentan ya con varias negras historias. Entre las más conocidas, en 1979, el accidente de las Tres Millas. Otra, la de Chernobyl, en 1986. La tercera en popularidad será Fukushima, en el año 2011. En el primer caso se arguyó que las pérdidas por radiación fueron mínimas. El segundo se achacó a la incompetencia comunista. En Fukushima la argumentación parece que será la peculiaridad del terremoto y del tsunami, pero, aun siendo esto cierto, ¿es por sí mismo una justificación suficiente?.

La mala no es la energía nuclear ni el uso pacífico de la misma. Posiblemente, para las plantas nucleares el mayor peligro sea que las empresas que las construyen y las gestionan en la búsqueda del beneficio económico frecuentemente obvian las duras y necesarias medidas de control que esas instalaciones precisan. En 1972, cuando se puso en marcha el primer reactor de Fukushima ya aparecieron las primeras críticas pero la industria nuclear las acalló aduciendo que en el mundo existían otros 32 reactores similares en funcionamiento. Pero, incluso para los no expertos, es evidente que es un disparate situar 6 reactores juntos como ocurre en Fukushima, ya que el análisis más básico de los riesgos de fallos evidencia que así no solo todos los reactores se exponen simultáneamente a los mismos peligros sino que las reparaciones o intervenciones que se precisen para corregir los daños de uno de ellos se ven obstaculizadas o impedidas por los daños ocurridos en los vecinos.

Otro problema a tener en cuenta se refiere al enfriamiento. Los reactores de agua ligera como el de Fukushima o los más abundantes y recientes de agua presurizada (PWRs, en inglés) tienen diseños relativamente compactos y baratos pero el peligro es su posible calentamiento y fusión. Eso se conoce desde hace mucho tiempo y en Gran Bretaña se realizaron muchas investigaciones al respecto durante varias décadas, intentando desarrollar alternativas de enfriamiento por gas. Desafortunadamente ni los políticos ni los constructores de centrales nucleares creyeron oportuno seguir financiando ese tipo de investigaciones.

POSIBILIDADES
El Dr. Charles D. Ferguson, físico e ingeniero nuclear, presidente de la Federation of American Scientists, representa bien la postura de muchos científicos que están de acuerdo en que los gobiernos y las industrias deben abordar y acordar seriamente el tema de la seguridad nuclear, alejados de posturas apriorísticas. 

Según Ferguson hay que saber que las plantas actuales, pertenecientes a la generación III son mucho más seguras que las de la generación II, como la de Fukushima. Por ejemplo, la AP1000 diseñada por la Westinghouse Electric Company posee sistemas de seguridad pasivos de emergencia que no necesitan de la participación humana. Otras como la francesa Areva EPR cuenta con sistemas de seguridad que impedirían la liberación de radiactividad al ambiente. Incluso, algunas, poseen sistemas que imposibilitan la fusión.

La realidad es que las centrales nucleares proporcionan un 15% de la electricidad mundial y ese porcentaje alcanza el 80% en Francia. Actualmente, la eliminación del poder nuclear conduciría a un uso desmesurado de combustibles fósiles y a un enorme incremento de los gases de efecto invernadero y se necesitarían varias décadas para que se sustituyesen por energías renovables.  Hasta tanto las plantas nucleares han de subsistir, pero mejorando y controlando su seguridad.

HIROSHIMA-NAGASAKI
Algunos alarmistas siguen especulando con la posibilidad de que el desastre de Fukushima desembosque en un holocausto tipo Hiroshima-Nagasaki. Técnicamente no es posible, y el riesgo mayor es el del escape de radiaciones, por ahora moderado. Por ello, a efectos comparativos, no podemos tomar como base predictiva de la actual catástrofe a las víctimas directas de aquellos bombardeos, pero si nos puede ser valioso saber cuáles fueron para los supervivientes los efectos a largo plazo de las tremendas radiaciones a las que se vieron sometidos. En el caso de Fukushima, aun con escenarios poco favorables, las radiaciones serán muchísimo menores.

Acaba de aparecer un suplemento especial de la revista Disaster Medicine and Public Health Preparedness, dedicado a estudiar los efectos a largo plazo en la salud de los supervivientes de aquellos bombardeos. In 1947, se creó la Atomic Bomb Casualty Commission (ABCC) reconvertida, en 1975 en la Radiation Effects Research Foundation (RERF) para realizar esas investigaciones en los supervivientes y sus descendientes, financiadas por los gobiernos de EEUU y Japón. Desde 1955, el programa Life Span Study, se ha encargado de investigar la mortalidad y la incidencia de cáncer en 120.000 supervivientes.

Tras 66 años de la tragedia siguen vivos aproximadamente el 40% de los supervivientes y el 80% de los que, cuando ocurrió, tenían menos de 20 años. La pérdida media de esperanza de vida para los supervivientes ha sido de unos dos meses para los que recibieron dosis de radiaciones inferiores a 1 Gy (gray) y de 2,6 años para los que recibieron más de 1 Gy.  Por ello, con las radiaciones liberadas o liberables en Fukushima hemos de estar muy seriamente preocupados pero sin ser apocalípticos