Ciencia y salud

Por José Antonio Lozano Teruel

Bacterias contra las minas terrestres

Se estima que, diariamente, unas 800 personas son gravemente heridas o muertas accidentalmente como consecuencia de la activación de alguna mina terrestre antipersonal. Desde que la fallecida princesa Diana se interesó por el tema, éste se ha hecho más popular, pero su dramatismo es bien conocido desde hace mucho tiempo, sobre todo desde que hace unos 50 años se extendió el uso masivo de tales minas.

Se calcula que existen en el mundo unos cien millones de pequeñas minas enterradas, abandonadas, tras conflictos como los habidos en países como Afganistán, Angola, Camboya, Iraq o Bosnia. Hay vastos campos de minas en Georgia, Armenia, Arzebaiyán o Tadyiskistán y, por ejemplo, quedan unos dos millones de minas en las zonas arrasadas por la guerra en el territorio de la ex-Yugoslavia. Las minas matan 10 veces más civiles, inocentes, que soldados. Las heridas que producen, frecuentemente exigen la amputación de los miembros afectados y los más perjudicados suelen ser los refugiados que retornan a su antiguo hogar en las zonas devastadas.

EL PROBLEMA. En diciembre de 1993 las Naciones Unidas aprobaron una resolución no vinculante prohibiendo las minas terrestres. Y, aunque el reciente tratado internacional sobre prohibición de las minas terrestre representa un respiro, sin embargo, su eliminación definitiva es un problema más complicado. Las minas terrestres son pequeños dispositivos explosivos situados bajo la superficie de los terrenos. Se construyen de metal, plástico, vidrio o madera y la explosión se activa mediante mecanismos retardadores o por contacto con un alambre detonador. Las minas antipersonas suelen contener cargas de TNT que van desde los 100 gramos a los 2000 gramos.

Dejando aparte consideraciones de cualquier otro tipo, la principal dificultad de la eliminación de las minas terrestres es la económica. Se calcula que, actualmente, la construcción y colocación de una mina terrestre puede costar menos de 3.000 pesetas. Pero, los procedimientos existentes para su detección y eliminación son complejos, con una relativa falta de eficacia y necesitan una gran cantidad de mano de obra. Ello lleva a que el costo medio de la eliminación de cada uno de tales artefactos supere las 150.000 pesetas, sea cual sea el método que se utilice para ello. Entre estos procedimientos, los más populares consisten en la utilización de largas bayonetas, por parte de personal debidamente protegido, que se introducen en el suelo para localizar las minas, tras lo cual, éstas se extraen cuidadosamente. La principal limitación del uso de detectores de metales es que son "ciegos" ante las minas construidas con materiales plásticos, vidrio o madera. Y el hacer recorrer los campos minados, para hacerlas explosionar, con el concurso de vehículos adecuados o con el de diversos animales presentan inconvenientes evidentes, de costo o de crueldad, respectivamente.

Aparte de la presión internacional que se pueda y deba hacer en la lucha contra las minas terrestres, su uso se haría obsoleto si se descubriese algún método que hiciese que su eliminación fuese menos costosa que su colocación. ¿Es ello posible?. Posiblemente la Ciencia y, en concreto, la Biotecnología puedan abrirnos pronto una puerta de esperanza.

POSIBILIDADES. Para conseguirlo, aparte de otras muchas investigaciones en curso, las dos que vamos a comentar hoy presentan un gran interés. En ellas participan muy activamente varios equipos científicos americanos. La primera aproximación es la de tipo químico y la segunda es de naturaleza biológica.

La química se está realizando bajo la supervisión del investigador Ronald Woodfin en los prestigiosos SANDIA NATIONAL LABORATORIES, en Nuevo Méjico. Para ello, están desarrollando minúsculas partículas ahuecadas de silicio, que contienen mezclas apropiadas de las sustancias químicas detectoras que, al contacto con el TNT, reaccionan y producen un brillo detectable. A priori, uno de los inconvenientes de este método es el posible efecto contaminador sobre las aguas y los suelos de las sustancias químicas utilizadas.

En la aproximación biológica colaboran dos equipos. El primero de ellos pertenece al SAVANNAH RIVER TECHNOLOGY CENTER, en Carolina del Sur, dirigido por el biólogo Carl Fliermann, con la misión principal de buscar en la Naturaleza, entre los millones y millones de bacterias existentes, en su mayor parte aun no caracterizadas, aquellas que sean las más adecuadas. El segundo equipo científico pertenece al OAK RIDGE NATIONAL LABORATORY, en Tennessee, siendo su portavoz el Dr. Robert Burlage, Su misión es la de modificar genéticamente, por técnicas biotecnológicas, a las bacterias escogidas.

LA DETECCIÓN. La bioluminiscencia es un fenómeno biológico bien estudiado mediante el cual ciertos organismos utilizan la forma de energía química por excelencia, la de la hidrólisis de las moléculas de ATP ("la moneda energética" de los seres vivos), que sirve para activar a ciertos sustratos, y al volver al estado natural desactivado la energía acumulada se emite en forma de fluorescencia, como luz de una longitud de onda que le hace ser detectable. Se conocen las enzimas y sustratos que catalizan este proceso (luciferina; luciferasa), y se han aislado y clonado los genes correspondientes. Por ello, la existencia de bacterias bioluminiscentes, naturales o modificadas genéticamente para conseguirlo, es un hecho biológico normal.

Por otra parte, también se conocen a otras bacterias que son capaces de "alimentarse" de TNT para obtener su energía metabólica. Sumando ambas características, el consumo de TNT y la fluorescencia, nos encontraríamos cerca de la solución ideal. Se podrían adicionar ambos efectos y conseguir que el TNT activase a los genes de la fluorescencia. Los actuales métodos biotecnológicos han permitido hacerlo así, utilizando unas bacterias Pseudomonas "comedoras" de TNT a las que se les han insertado los genes luminosos procedentes de ciertos peces bioluminiscentes. Ello puede posibilitar los cultivos masivos y baratos de tales bacterias que podrían esparcirse sobre los terrenos contaminados sospechosos. Serían capaces de detectar las partículas de TNT, aun en el rango de una en mil millones. En unas pocas horas se produciría suficiente fluorescencia para, con un detector de radiaciones UV, detectar las zonas de acumulación de radiación, es decir, de la existencia de TNT, y de la mina terrestre, facilitando su extracción y destrucción. Por otra parte las bacterias restantes esparcidas sobre el terreno se cree que morirían, al cabo de dos o las radiaciones solares.

Todavía queda mucha Investigación por hacer y muchas complicaciones y dudas por resolver, pero la situación actual es la de que ya se está preparando la primera prueba práctica del procedimiento. Se hará en un terreno adecuado, situado en Carolina del Norte, previamente sembrado con algunas minas. Para la prueba se escogerá una noche oscura de luna nueva, para facilitar la detección de la fluorescencia, aunque posteriormente se espera contar con equipos detectores que puedan operar a plena luz del día.