Ciencia y salud

Por José Antonio Lozano Teruel

Filtros solares, ¿protegen?

Una crema con un factor de protección 60 no suele proteger 4 veces más contra las radiaciones ultravioleta (UV) solares que otra crema cuyo factor de protección sea de 15. Y, en condiciones usuales de utilización, la aplicación de una crema con factor de protección 15 no significa que, para sufrir el mismo daño que sin crema protectora, se necesite un tiempo de exposición solar 15 veces superior.

Más aun, la presencia de vitamina C o E, antioxidantes, a pesar de lo que se indique en la publicidad, tampoco suele ser de gran ayuda para la protección. Por otra parte, durante muchos años, se ha usado ácido para-amino-benzoico (PABA) como componente activo de los protectores solares para conseguir la filtración y mitigación de las radiaciones UV. Pero resulta que, aparte de manchar la ropa y producir reacciones alérgicas, en un apreciable porcentaje de personas, existen datos que demuestran un cierto carácter carcinogénico del PABA. Otro hecho: el bronceado obtenido gracias a una loción bronceadora no proporciona ninguna apreciable protección contra la radiación ultravioleta.

Sin embargo, los diversos postulados anteriores, enunciados de forma positiva, acostumbran a ser considerados como ciertos y los fabricantes de los productos protectores, por el contrario, ignoran algunas consideraciones científicamente bien establecidas. Resumamos la situación.

RAYOS UV. La radiación solar se compone principalmente de radiación electromagnética, con un amplio rango de longitudes de onda. La porción infrarroja, la de mayor longitud de onda, entre los 750 y un millón de nanómetros (un nanómetro es la milmillonésima parte de un metro), es la que nos proporciona calor. La radiación visible es la comprendida entre los 400 y 750 nm., mientras que la de menor longitud de onda, desde 100 a 400 nm., es la radiación ultravioleta (UV), imperceptible para nuestros sentidos. La radiación UV se distribuye en UVC (100-290 nm.), UVB (290- 320 nm.) y UVA (320-400 nm.). La mayor parte de la radiación que alcanza la Tierra es visible y solo del 2 al 3% es de tipo ultravioleta

La energía de una radiación electromagnética es inversamente proporcional a su longitud de onda. Sin embargo, en su trayecto hasta la Tierra, la UVC, la de mayor energía, es absorbida por el ozono y el vapor de agua de la atmósfera, por lo que no suele alcanzar la superficie terrestre. En cuanto a los rayos UVB, penetran menos profundamente que los UVA en nuestra piel ya que, aunque más energéticos que éstos, al tener menor longitud de onda su difracción y dispersión es mayor, aparte de que la epidermis posee una alta concentración de moléculas cromóforas específicas que interaccionan con los UVB. Por ello, en la raza blanca alcanzan la dermis aproximadamente un 15% de los UVB incidentes y un 55% de los UVA.

PIEL. Desde fuera hacia dentro, en nuestra piel se distinguen 3 zonas principales: epidermis, dermis y tejido subcutáneo. La epidermis, a su vez, se estratifica en 4 capas, de las que la más externa actúa como barrera retentiva del agua y protectora contra la entrada de tóxicos y microorganismos. En cuanto a la dermis, proporciona a la piel su fuerza y elasticidad, conteniendo diversas proteínas estructurales tales como colágeno y elastina. El colágeno es el principal componente de la dermis y representa el 72% del peso seco (todas las sustancias excepto el agua de la piel). Por ello cualquier daño que puedan sufrir, tanto el colágeno como la elastina, repercute negativamente sobre la integridad estructural de la piel, agrietándola, favoreciendo la existencia de arrugas, es decir, envejeciéndola.

Las radiaciones, aparte de su naturaleza ondulatoria también poseen una característica corpuscular. Los corpúsculos de luz son los fotones. Al incidir sobre ellos, la mayoría traspasan la epidermis, también la dermis, atravesando las sucesivas capas celulares, hasta que se disipa su energía. Algunos fotones son absorbidos, es decir, que interaccionan con moléculas específicas, como la melanina, nuestro pigmento protector. Otros fotones son dispersados a lo largo de su camino, cambiando su trayectoria. Finalmente, un cierto número de fotones son reflejados, bien al llegar a la superficie externa de la piel, o al alcanzar la epidermis o la dermis, siendo los responsables del color de la piel, uno de cuyos componentes principales es el pigmento melanina de las células melanocíticas situadas en la parte interna de la epidermis. La biosíntesis melánica resulta estimulada por la radiación solar. De ahí el carácter protector de la piel oscura o bronceada.

Al incidir la luz UV sobre los componentes celulares se dañan muchos de ellos. Ante la agresión los capilares de la dermis se dilatan, aumentando el contenido sanguíneo y el enrojecimiento que caracterizan a las quemaduras solares o eritemas. Los rayos UVA, menos energéticos, pero más penetrantes, tienden a originar eritemas tempranos, inmediatamente tras el comienzo de la exposición, eritemas que comienzan a disminuir unos 30 minutos tras finalizar esa exposición. Los rayos UVB, más energéticos, provocan eritemas retardados o quemaduras, que aparecen unas horas tras finalizar la exposición y que perduran durante unos días. El papel de los aceites bronceadores es el de alisar la superficie de la piel, por lo que se disipan menos rayos, siendo mayor la proporción de éstos que penetran, facilitando el bronceado.

FILTROS SOLARES. Entre los numerosos componentes celulares que se dañan por acción de los energéticos rayos UV se encuentra el ADN, nuestro precioso material genético, lo que provoca la aparición de diversos cánceres de piel, entre ellos el más temido, el melanoma maligno, cuya incidencia y mortalidad está en aumento en todo el mundo, debido al cambio de los hábitos de vida, mayor exposición al Sol, más actividades deportivas exteriores y, además, a la destrucción de la capa de ozono atmosférico filtrante de los rayos UV.

De ahí, la necesidad de usar protectores solares. Las sustancias químicas que se usan en los protectores solares son moléculas orgánicas que interaccionan con los fotones UV. Por ello, actúan como filtros de las radiaciones, reduciendo los daños y retrasando las quemaduras y el bronceado. Su eficacia se mide por su factor de protección (FP), relativamente normalizado oficialmente, de modo que un FP de 15 significaría teóricamente que, comparado con la ausencia del protector, se necesitaría 15 veces de tiempo de exposición para producir el mismo daño. Sin embargo, hay que tener en cuenta que, para establecer ese número, en los laboratorios se realizan los ensayos aplicando una cantidad de dos miligramos por centímetro cuadrado, mientras que la cantidad de crema aplicada por un bañista o deportista normal se corresponde a cifras bastante menores. Además, su efecto se reduce pronto con el tiempo, por lo que deben reaplicarse de nuevo cada pocas horas. Más aun, los factores de protección muy altos tienen un valor muy relativo. En ellos, 60 no suele ser 4 veces 15.

Por tanto, úsense adecuada y repetidamente los protectores solares. Pero, téngase presente que el mejor protector solar es llevar puesta una buena camisa y proteger el resto del cuerpo de la acción directa del Sol.