Ciencia y salud

Por José Antonio Lozano Teruel

Esperanzas de vida, ¿existe un límite?

En el poema de Gilgamesh, escrito sobre unas tablillas en caracteres cuneiformes, unos 2000 años antes de Cristo, el despótico rey babilónico recurre al sabio Utnapishtim para descubrir el secreto de la inmortalidad, pero una serie de peripecias le impiden conocerlo.

De forma más modesta, al hombre actual le preocupa no ya una inmortalidad corporal inalcanzable, sino algo más real, vivir más tiempo y mejor. Es indudable, que los progresos en los hábitos de vida, nutrición, higiene y medicina han conseguido más que duplicar la esperanza de vida de los humanos en el pasado siglo. Y, frecuentemente, leemos en los medios de comunicación novedades sobre el descubrimiento de variados genes reguladores de la longevidad en diferentes seres vivos o sobre los avances científicos en la consecución de la inmortalización de numerosos cultivos celulares. ¿Hasta qué límites podremos llegar?.

Dejando aparte el regalo y experiencia personal que supone para cada uno de nosotros el continuar vivos el mayor tiempo posible, existen otras consideraciones que hacen importante el abordaje científico de la existencia o no de límites razonables para la longevidad. No podemos olvidar que el envejecimiento actualmente constituye la carga más onerosa de los servicios sanitarios, dada la altísima incidencia de procesos clínicos propios de los ancianos y que de la esperanza de vida de sus ciudadanos depende la estructura demográfica y todo el sistema social de un país. Por otra parte, profundizando desde organismo a tejidos, órganos y células, los factores relacionados con el envejecimiento poseen una estrecha relación con otros problemas celulares como son los de diferenciación, desarrollo y malignización.

LONGEVIDAD. Como punto de partida, hemos de distinguir entre los términos longevidad y esperanza de vida. Longevidad, o ciclo vital, sería la máxima duración posible de la vida, en este caso la de un ser humano. Por los datos existentes sabemos que el valor de la longevidad, durante los últimos cien mil años de la Humanidad, ha permanecido relativamente estable, alrededor de los 120 años.

Otro concepto diferente es el de la esperanza de vida o expectativa de vida, que es el número de años, basados estadísticamente, que una persona de cierta edad, razonablemente podrá vivir, en las condiciones existentes en ese momento de mortalidad (50% morirán antes y 50% después del valor correspondiente). De ese modo se puede hablar de esperanza de vida al nacer, esperanza de vida a los 25 años, a los 50 años, etcétera. Por ello, si una niña española posee actualmente al nacer una esperanza de vida cercana a los 80 años, como ese cálculo está realizado en las condiciones actualmente existentes de mortalidad, lo razonable es pensar que en los próximos años la lucha contra las enfermedades progresará y que los hábitos de vida mejorarán, lo que significa que esa esperanza de casi 80 años de vida de la niña recién nacida pueden transformarse, según las predicciones de un buen especialista demográfico, el profesor J. Vaupel (Max Planck Institute Demographic Research) en el hecho de que, realmente, tendría unas posibilidades futuras del 50% de convertirse en centenaria.

PRECEDENTES. ¿Qué nos dicen los estudios históricos, arqueológicos, etc., sobre la evolución de la longevidad y de la esperanza de vida en el pasado?. Los relatos más o menos alegóricos, como los del Génesis, nos hablan de edades increíbles avanzadas de personajes bíblicos: Adán (930 años), Set (912), Matusalén (969), Noé (950), o de las dilatadas vidas de Abraham (275), Isaac (180), Jacob (147) o Moisés (120), ello sin considerar los fantásticos más de 100.000 años de los semidioses de la saga hindú o los no menos despreciables 4.300 años de media de los 10 ancianos de Babilonia.

Desde el siglo XV al XIX numerosas obras y libros también recogen los nombres de supuestos centenarios célebres como Catherine of Desmonde con 140 años (1464-1604), Henry Jenkins, 169 años (1501-1670), Petracz Coartan con 185 años (1539-1724), Jon Andersson de 147 años (1582-1729) o Joyce Heth, de 161 años (1684-1845).

Como es lógico, con métodos serios de registro e Investigación ninguna de esas cifras permanecerían sin modificar, lo cual no significa que, en épocas anteriores no pudieran haber existido centenarios. La realidad es que, a la luz de múltiples y documentadas investigaciones, todo tiende a señalar que debido a las enfermedades, accidentes y a la gran mortalidad infantil y juvenil, la esperanza de vida de los humanos al nacer permaneció estancada en cifras medias muy bajas, unos 24 años, desde el Mesolítico hasta el año 1600 de nuestra era, de modo que, por ejemplo, en los siete milenios anteriores al inicio del calendario cristiano, al nacer, la probabilidad de alcanzar la edad de madurez fisiológica (18-20 años) era inferior al 30% en los varones y al 40% en las hembras.

Esa baja esperanza de vida contrasta con el valor admitido para la longevidad, unos 120 años. Por ello, teóricamente fue posible, en esas épocas, aunque poco probable, la existencia de centenarios. Múltiples investigaciones tienden a avalar las cifras anteriores y, mediante complejos cálculos matemáticos, suponiendo una esperanza de vida, a los 50 años, de 14 años y un crecimiento anual de la población del 0,02%, se deduciría que el primer hombre o mujer centenario debió vivir hacia el año 2500 a. C., cuando la población total de la Humanidad llegó a alcanzar los 100 millones de personas.

PERSPECTIVAS. Las perspectivas futuras respecto a la esperanza de vida han de basarse en las pasadas tendencias demográficas y en el futuro, como límite superior, tendrá el límite, si existe de la longevidad humana. Es claro que en todos los países, especialmente los desarrollados, se está produciendo un incremento notable de las esperanzas de vida y del porcentaje de centenarios. El aumento de este valor pasó desde un incremento anual del 5% en la década de los 50 a un 7% en la de los 60 y un 8% en la de los 70, habiéndose decuplicado el número relativo de centenarios desde 1960 a 1990. En cuanto a las esperanzas de vida, una recentísima Investigación publicada en la revista Science, por los doctores Oeppen y Vaupel ha puesto de manifiesto que, por ahora no parecen vislumbrarse unos límites cercanos para las esperanzas de vida que actualmente, para las mujeres japonesas, ya supera la cifra de los 80 años.

Evidentemente, como indicábamos anteriormente, el límite superior de la esperanza de vida es el del valor de la longevidad por lo que la pregunta más importante, para el futuro, sería ¿existen límites para la longevidad humana?. De ello nos ocuparemos la próxima semana.