Ciencia y salud

Por José Antonio Lozano Teruel

Aplicados Nobel básicos

La eterna contraposición entre Ciencia básica y Ciencia aplicada no puede encontrar mejor demostración de su falta de entidad que con el ejemplo que ha constituido la concesión de los Premios Nobel de 1994, concretamente los correspondientes a Medicina, Química, Física y Economía.

Lo que realmente debe preocupar no es la naturaleza de la Investigación, sino su calidad. Los dirigentes sociales, especialmente los responsables políticos, tienen la obligación de aprender la lección y aplicarla adecuadamente: un país actualmente es en gran parte lo que es su Ciencia. El sistema científico ha de ser apoyado y no obstaculizado, que es lo que a menudo sucede en nuestro entorno a través de mil y una dificultades y disquisiciones sin fin.

INVESTIGACIÓN BÁSICA. En todos los Nobel 1994 las investigaciones originales se realizaron sobre temas considerados como básicos en sus respectivos campos. Sin embargo, la aceleración del desarrollo científico hace que, al cabo de pocos años, cada vez menos, la aplicabilidad se haga evidente. Muy recientemente nos ocupábamos en esta misma sección del significado de las proteínas G, por las que se ha premiado a los doctores Gilman y Rodbell con el Nobel de Medicina. Lo que en principio fueron estudios fundamentales sobre las señales químicas biológicas ha conducido a explicar otras cuestiones reales. Entre ellas, los mecanismos de actuación de hormonas, tales como adrenalina y glucagón, reguladoras del metabolismo de carbohidratos y grasas, o a conocer cómo funciona el neurotransmisor acetilcolina, sin olvidar otros aspectos, como las bases de la visión o de la percepción de olores. Más aun, se calcula que, actualmente entre el 50 y el 60% de todos los fármacos que se usan en medicina clínica son reconocidos por receptores que tienen que ver con las proteínas G, que también están relacionadas con los productos de algunos oncogenes. Por ejemplo, el ras, cuyas mutaciones ayudan a que se produzcan diversos tipos de cáncer, así como con procesos del tipo del cólera, tosferina y otras muchas enfermedades.

Cambiemos de actividad y fijemos nuestra atención en el campo más etéreo de la Economía, en el que el Nobel de 1994 ha sido para John Harsanyl de la Universidad de California, Berkeley; para Reinhard Selten, de la Universidad de Bonn; y para Joseph Nash, de la Universidad de Princeton. En este caso el origen radica en la llamada teoría de juegos, es decir, el estudio matemático de las competiciones entre dos o más jugadores. Bien se trate del dominó, el ajedrez, el póker o la venta de un automóvil, cuando un competidor decide sobre su propia opción debe tener muy en cuenta las respuestas más probables de sus competidores, lo que da lugar a una serie de opciones y contraopciones dirigidas a adquirir una ventaja o evitar una desventaja.

La aplicación de la teoría de juegos al campo de las decisiones económicas se inició en 1944 con el libro Teoría de juegos y comportamiento económico, del matemático von Neumann y del economista Oskar Morgenstern. Ya en los años 50 y 60, los ahora galardonados con el Nobel realizaron aportaciones importantísimas en el tratamiento de las situaciones de multijugadores, de informaciones no completas, etcétera. Actualmente, el campo de aplicabilidad se ha extendido no solo a la Economía sino a la Biología, sobre todo la evolutiva, estableciéndose la tendencia a alcanzar una estrategia estable estacionaria, explicativa de hechos tales como que la proporción varón/hembra sea 50/50 con carácter casi universal. Por lo tanto, lo que humorísticamente podemos comentar que comenzó como un juego se ha convertido en una serie de complejas teorías matemáticas aplicables a sistemas tan complicados como los biológicos o los económicos.

FÍSICA Y QUÍMICA. En Física, los laureados han sido los investigadores Bertram Brockhouse, de la Universidad de Hamilton, en Ontario, y Clifford Shull, del Massachussets Institute of Technology. Este último desarrolló hace unos años una técnica de Investigación básica de difracción de neutrones para determinar la localización de átomos en un material, basándose en la sugerencia del gran físico italiano Enrico Fermi quien, en los años 30, había sugerido que los neutrones podrían ser capaces, al no tener carga, de introducirse profundamente en una masa sólida. Mediante el uso de cristales especiales pudo separar los haces de neutrones en sus diferentes energías y direcciones. Por su parte, Brockhouse aplicó la espectroscopia neutrónica para estudiar cómo se mueven los átomos y cuáles son sus energías de vibración. Aunque los dos Nobel de Física nunca colaboraron juntos, sus trabajos han sido extraordinariamente complementarios y lo que comenzó siendo un estudio básico para investigar las propiedades fundamentales de materiales, se ha convertido en un amplio abanico de aplicaciones en campos tan diferentes como la conductividad a alta temperatura, el magnetismo, la estructura de polímeros, de virus, etcétera.

El ejemplo del Nobel de Química es similar. Hace ya unos 30 años que el químico orgánico húngaro George Olah, emigrado a Estados Unidos en 1957 y distinguido con el Nobel de Química este año, encontró la solución para uno de los problemas más importantes que tenían planteados los químicos orgánicos. Éstos, cuando describen una reacción colocan las fórmulas de los reaccionantes a un lado y las de los productos al otro. Pero, ¿qué sucede entre ambos?. Muchos de los intermedios de las reacciones son muy reactivos y es esencial el conocerlos, pero su reactividad hace que su vida media frecuentemente sea solo de millonésimas o cienmillonésimas partes de un segundo, un tiempo tan breve que hacía imposible su localización y estudio, tras más de 80 años de esfuerzos al respecto.

La solución de Olah para una de las clases principales de esos intermedios, los carbocationes (contienen carbono y son catiónicos), fue la de utilizar unos compuestos tremendamente ácidos, tales como el pentacloruro de antimonio, miles de veces más ácido que un ácido tradicional como el clorhídrico. Esta estrategia de "usar fuego contra el fuego", es decir, añadir un superácido al ácido, evitaba que los carbocationes reaccionaran y se estabilizaran no únicamente unos segundos sino incluso por meses, permitiendo su estudio detallado y el avance de la química orgánica. El desarrollo de nuevas familias de superácidos ha permitido, además de avances básicos, otros de gran interés aplicado, ya que, el lograr estabilizar los intermedios, ha permitido inducir o regular reacciones tan importantes como pueden ser las implicadas en la síntesis de las gasolinas de alto octanaje.

Por tanto, a la vista de los recientes Premios Nobel, la conclusión es obvia: no se trata de elegir entre Ciencia básica y Ciencia aplicada, sino simplemente de apoyar la buena Ciencia.