Ciencia y salud

Por José Antonio Lozano Teruel

¿Cuántas especies nos quedan por descubrir?

¿Cuántas especies nos quedan por descubrir?

Constantemente los científicos encuentran nuevos seres vivos, incluso en países tan avanzados como España

Hace una semana los medios de comunicación se hacían eco del hallazgo de especies desconocidas de animales y plantas en la región de los Montes Foja de la isla de Papúa (Indonesia). Puede parecer sorprendente, en un mundo que consideramos ya casi completamente explorado, que una expedición tan corta consiguiera encontrar tantas especies nuevas. Tendemos a pensar que ya no quedan casi regiones vírgenes, y a dar por hecho de que lo conocemos todo de nuestro planeta.

No es así, y ni siquiera en España existe un catálogo completo de seres vivos. A finales de diciembre, por ejemplo, se daba a conocer el hallazgo del Calotriton arnoldi, o tritón del Montseny, un anfibio descubierto por Salvador Carranza de la Universidad de Barcelona y Félix Amat, del Museo de Ciencias Naturales de Granollers. A pesar de que la sierra del Montseny sea visitada por cientos de miles de turistas cada año, esta especie, con una población de al menos mil quinientos ejemplares, había permanecido desconocida para la ciencia.


En octubre del año pasado, tras una larga búsqueda, se obtenía por vez primera la fotografía de un calamar gigante vivo, aunque ejemplares de varias especies de Architeutis y Taningia ya habían sido recogidas por pescadores. En mayo del 2005, un nuevo primate que vive en bosques húmedos de la montaña, el Lophocebus kipuniji, era identificado por dos equipos independientes al sur de Tanzania.


Sólo son unos pocos ejemplos de animales, a los que deberíamos sumar los cientos de especies de insectos, artrópodos, aparte de plantas, hongos y bacterias que anualmente se siguen descubriendo. Continuamente, expediciones científicas que consiguen analizar un ecosistema poco conocido encuentran una miríada de nuevas especies. Sólo el INBio (Instituto de Biodiversidad de Costa Rica) cataloga anualmente cientos de especies de animales que viven en los corales de la costa del Caribe. En Brasil, en los últimos 10 años, se han descubierto cinco especies de monos diferentes en la región amazónica...
El término biodiversidad ha pasado a tener en los últimos tiempos una presencia habitual en los medios de comunicación, relacionado a menudo con la acción humana, principalmente destructora de los entornos naturales. El PNUMA (Programa de las Naciones Unidad para el Medio Ambiente), especialmente desde el establecimiento del Convenio sobre la Diversidad Biológica que nació en la cumbre de Río en 1992, ha puesto un gran énfasis en la necesidad de, por un lado, establecer un sistemático recuento de las especies de seres vivos de nuestro planeta, pero sobre todo de conservar esta biodiversidad como un patrimonio necesario para un futuro sostenible. Se trata de un objetivo difícil de cumplir: en los más de 3.500 millones de años de historia de la vida en la Tierra, han aparecido y desaparecido muchísimas especies. Y la catalogación científica de las especies vivas, una taxonomía sistematizada por el botánico sueco Carl von Linne (latinizado como Carolus Linnaeus, y en castellano como Linneo) nació sólo a mediados del siglo XVIII.
Linneo estableció la base de la actual taxonomía, agrupando a los seres vivos en jerarquías que daban cuenta de las similitudes entre especies cercanas. La ciencia taxonómica ha ido alterando a menudo la forma en que esta ordenación se realiza. Especialmente en el último siglo ha sido también puesta en cuestión la forma de reconocer las especies y ordenarlas, por un lado porque los análisis genéticos permiten encontrar similatudes entre especies cuyo aspecto exterior antes no las colocaba vecinas taxonómicamente, y por otro porque muchos biólogos defienden la conveniencia de usar jerarquías que tengan relación evolutiva, como sucede con las clasificaciones cladistas.


Diversidad


Pero las estimaciones del total de especies que actualmente habitan la Tierra varían grandemente, estableciendo que hay entre 2 y 7 millones de especies diferentes, aunque a veces se habla del orden de 10 millones para este total. Es una estimación casi imposible, porque sólo 1,75 millones de ellas tienen una descripción científica (es decir, que disponen de un nombre científico). Y sucede que este número también es una estimación incompleta, porque –aunque pueda parecer paradójico en la era de la informática– aún no existe un inventario general de tales especies.


Desde el 2000, un consorcio internacional de bases de datos biológicas, denominado Species 2000, realiza este trabajo, habiéndose alcanzado la catalogación del 40% de las especies conocidas. Este programa, establecido por la Unión Internacional de Ciencias Biológicas, junto con la Unión Internacional de Sociedades de Microbiología nació en 1994, y fue acogido dentro de las labores del PNUMA dos años después. En los Estados Unidos, el Sistema de Información Taxonómica Integrada (ITIS), realiza una labor paralela. Afortunadamente, aparte de que Canadá y México se integraran en el ITIS, en los últimos años se ha producido una convergencia de ambos esfuerzos, aunque manteniendo su independencia por separado: la razón estriba en el interés estratégico de estos programas, en términos de aprovechamiento económico, supremacía científica y, sobre todo, la oposición de EE UU a las acciones del PNUMA en lo concerniente al cambio climático.
Se espera que antes de 2015 el censo de especies vivas pueda estar completo, aunque se trata de una carrera contrarreloj: la tasa de extinciones, alertan no sólo los ecologistas, está aumentando, y está relacionada con la acción humana directa (destrucción de ecosistemas, contaminación, etcétera) e indirecta (calentamiento global). Por ejemplo, una cuarta parte de las mariposas europeas está en peligro de extinción, al igual que el 11% de las especies de aves.


Evidentemente, tan difícil es contar cuántas especies hay como saber cuántas van desapareciendo. Si a ello añadimos las que aún no se conocen (de las cuales un porcentaje importante podrían no llegar a catalogarse antes de su futura extinción), el panorama que algunos podrían pretender idílico al leer sobre el nuevo Edén descubierto en Indonesia queda más bien sombrío.

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