Ciencia y salud

Por José Antonio Lozano Teruel

El último guacamayo

Las actividades incontroladas humanas, el avance de la llamada civilización, están produciendo grandes daños a nuestro delicado planeta y entre ellos no es el menos preocupante la desaparición de multitud de formas vivientes, la pérdida de la biodiversidad.

En el interior de la zona este central del Brasil se ha localizado un único y último superviviente en libertad de un pájaro bellamente azulado, un guacamayo Cyanopsitta spixie, muy parecido a los papagayos, lo que ha desatado el interés de numerosas instituciones científicas y conservacionistas del mundo para procurar que este ejemplar constituya el punto de partida de una recuperación de la especie, con el concurso, como compañero o compañera sexual, de alguno o alguna de las pocas aves de este tipo que aun existen en cautividad.

GUACAMAYOS. Los guacamayos pertenecen al orden de los psitaciformes, moradores de las selvas tropicales desde la época del oligoceno superior hasta hoy día. Este orden abarca a la familia de los psitácidos que se caracterizan por ser aves con un pico robusto, estrecho y ganchudo, con los bordes cortantes. Ello le hace servir a modo de un tercer miembro, ya que pueden mantenerse agarrados a él, sin ningún otro tipo de apoyo. El plumaje suele ser muy brillante, de colores muy vivos. Se alimentan de frutos y su vistosidad y la capacidad de muchas especies para imitar la voz humana los han hecho muy populares como animales de compañía.

Se remonta al siglo V antes de Cristo la primera referencia escrita conocida existente sobre los mismos, debida al historiador griego Ctesias, quien describió lo que sin duda era un ejemplar de periquito Psittacula cyanocephala, procedente de la India. Dentro de la familia considerada se incluyen a animalitos tan conocidos como las cacatúas, cotorras, loros, loritos, papagayos, periquitos y a los propios guacamayos. Los guacamayos pertenecen a la subfamilia psitácinos y comprenden 18 especies, que son sin duda las más coloreadas de la familia, contando con una larga y vistosa cola, pudiendo vivir algunos hasta 65 años. Es usual que los guacamayos se unan en pequeñas bandadas buscando comunitariamente su comida, agrupándose asimismo para dormir. Durante el periodo de reproducción anidan en los huecos de los árboles secos y carcomidos. Externamente es indistinguible su sexo y de entre todas esas especies la más popular y conocida es la del guacamayo rojo Ara macao, que vive desde México al sur del Brasil, con unos 90 centímetros de envergadura, alas azules y amarillas, cola roja y azul y rostro blanco. Otro guacamayo, el Ara militaris, debe su nombre a su voz ronca y gritona que recuerda las voces de mando militares.

EXTINCIÓN. En la lista de las aves conocidas descritas como extinguidas desgraciadamente figuran ya algunos ejemplos de guacamayos como: el guacamayo de Cuba (Ara tricolor), que desapareció en Cuba hacia 1880; el guacamayo de Guadalupe (Arca guadeloupensis), en Guadalupe y Dominica, antes de 1860; el guacamayo de Jamaica (Arca grossei) y el Ara erythrocephala, en Jamaica, antes de 1860; el Ara ortwoidi, en Dominica, antes de 1860; así como sus allegados familiares, la cotorra de Carolina (Conuropsis carolinensis), en USA hacia 1920; la Psittacula eupetria wardi, en las Seychelles, en el siglo XIX; o la Psittacula krameri eques, de la Isla Reunión, en el siglo XVIII.

¿Seguirá el mismo camino de extinción el único ejemplar silvestre conocido restante del guacamayo Spix?. En realidad, esta especie ya era considerada como extinguida cuando fue avistado el ejemplar brasileño, en julio de 1990, por lo que el gobierno brasileño había creado, a mediados de los 80, una Comisión Permanente para su recuperación, en la que se integraron la mayor parte de los propietarios del total de los ejemplares de la especie cautivos catalogados en el mundo, en concreto 26 ejemplares.

Al igual que ocurre con cerca de los dos tercios de todas las especies de aves conocidas, el sexo de los guacamayos no se puede determinar externa y visualmente, lo que complica la pretensión de liberar a uno de los ejemplares cautivos para que le sirva de compañero o compañera sexual al avistado. En el caso de las aves, es frecuente abordar el estudio cromosómico del sexo utilizando como material analítico de partida la zona basal de una pluma en veloz estado de crecimiento. El método se basa en el hecho de que, en las aves, las hembras son heterogaméticas, poseyendo un cromosoma W y uno Z, mientras que el macho posee dos cromosomas Z (en los humanos la situación es diferente. La mujer posee dos cromosomas X y el varón uno X y otro Y). Martin Kelsey, director para América de la organización BirdLife cree que, por su comportamiento y apariencia, el guacamayo sobreviviente es un macho. Para confirmarlo, como el gobierno brasileño no desea que se capture al único ejemplar en libertad existente, la solución seguida será la de intentar recoger, de los lugares en que vive el ave en la selva, algunas muestras de plumas procedentes del proceso normal de la muda.

SEXO. Como el contenido en material genético analizable sería muy escaso, se ha de acudir a la Ciencia, representada por los doctores Richard Griffiths y Bela Tiwary de la Unidad de Ecología y Comportamiento de la prestigiosa Universidad de Oxford, en Inglaterra. Se trata de emplear la técnica de la PCR o reacción de la polimerasa en cadena, es decir, la misma metodología que se usa en numerosas investigaciones de biología molecular. Entre ellas la famosa técnica de obtención de las llamadas huellas genéticas, tan útil en la identificación de sospechosos de ciertos actos criminales. Con la utilización de la PCR se intentará amplificar la pequeña cantidad de ADN nuclear extraído de las plumas de la muda.

Pero, además de ADN suficiente, hace falta también un marcador que sirva para distinguir si el ADN procede de un macho o de una hembra. A tal fin y trabajando con pollos, Griffiths y Tiwary han conseguido identificar una secuencia o porción de ADN que está ligado al cromosoma W. Esta secuencia marcadora, según sus investigaciones, se encuentra presente en todas las aves hembras analizadas de diferentes especies, por lo que, cabría esperar, también se presentara en los guacamayos. Para confirmarlo, los investigadores utilizaron una especie de guacamayo disponible con relativa facilidad, el guacamayo jacinto o Anodorhynchus hyacinthinus, construyendo, con el genoma del ave, lo que se denomina una biblioteca genómica. Consiguieron aislar la correspondiente porción de ADN ligado al cromosoma W, lo que permitió desarrollar un método analítico para determinar si un ADN amplificado procedente de guacamayo pertenece a una hembra o a un macho. Para confirmar totalmente la excelencia del método, el procedimiento analítico acaba de ser aplicado a material extraído de las plumas de los 26 guacamayos cautivos de la misma especie que la del superviviente silvestre y la prueba ha tenido un 100% de éxitos.

¿Qué ocurrirá ahora?. Se intentará obtener, mediante la PCR, suficiente ADN a partir de las plumas mudadas procedentes del ave en libertad y, si se consiguen las muestras, se establecerá el sexo de macho, con seguridad total. Entonces se liberará en su entorno una de las pocas preciosas hembras que se guardan en cautividad, en una época del año adecuada para que la comida sea lo más abundante posible y para que se tengan más posibilidades de lograr el apareamiento. Si todo transcurre según lo previsto ello significaría, por una vez, el triunfo de los esfuerzos por preservar la biodiversidad de nuestro planeta, con la ayuda de la biología molecular. Una aplicación interesante de la Ciencia para ayudar a frenar los peligros constantes que condenan a la masiva extinción de numerosas especies vegetales y animales, de un modo principal, los más relacionados con las selvas tropicales.