Ciencia y salud

Por José Antonio Lozano Teruel

¿Vieja? Sólo tengo 250 millones de años.

¿Vieja? Sólo tengo 250 millones de años.

Cuán longevos pueden ser los seres vivos? ¿Cuál es el más longevo de los conocidos? La respuesta parece evidente: En Nuevo Mexico, hace unos años se encontraron, atrapadas dentro de cristales salinos, un tipo de bacterias que se denominaron Bacilos 2-9-3, posteriormente bautizadas como Virgibacilis. ¿Su edad? Alrededor de los 250 millones de años. Bastantes científicos se mostraron escépticos ante la noticia, convencidos de la imposibilidad de mantener intactas tanto tiempo las estructuras de ADN que conforman el material genético, el genoma de un ser vivo.

Los organismos unicelulares son más longevos que los pluricelulares. Éstos, a lo largo de la evolución, han desarrollado mecanismos para contrarrestar el crecimiento desreglado y la malignización de las células proliferativas. El más típico de esos mecanismos es el de la senescencia celular, que frena la proliferación. La senescencia celular es un factor básico dentro del proceso del envejecimiento del organismo y está relacionada con muy diversos procesos biológicos.

El RELOJ

El envejecimiento es una característica de todos los animales que alcanzan la madurez. La mosca de la fruta es vieja a los 40 días, un ratón a los tres años, un pollo a los 30, un hombre a los 100 y una tortuga a los 150 años.

Hace varios decenios el investigador Leonard Hayflick, trabajando con células humanas, concretamente fibroblastos de tejido pulmonar embrionario, llegó a la conclusión de que estas células tenían una capacidad preestablecida en cuanto al número posible de divisiones celulares que podían realizar, unas 50, de modo que si los fibroblastos iniciales se extraían de personas, cuanto mayores eran éstas era posible un menor número de divisiones celulares consecutivas en el laboratorio. Lo interesante fue encontrar que el número de divisiones era una característica de cada especie y estaba íntimamente relacionado a su longevidad. Así en los ratones el número máximo de duplicaciones es de unas 20, en el pollo unas 25, en el hombre 50 y en la tortuga 120. Para los seguidores estrictos de Hayflick la senescencia celular y su consecuencia, el envejecimiento, vendría determinado, en cada especie, por un reloj interno, genético, que fijaría el número máximo de divisiones celulares posibles.

En los últimos tiempos los recientes desarrollos de la Biología y Genética moleculares, las consecuencias del Proyecto Genoma Humano y los sucesivos pasos desde la Genética a la Genómica y a la Proteómica nos han abierto nuevos horizontes respecto al conocimiento de los procesos de senescencia y envejecimiento así como en relación con las posibilidades de influir sobre ellos.

LONGEVIDADES

Existen testimonios sobre algunos seres de elevada longevidad. El navegante y explorador inglés James Cook (1728-1779) dio dos veces la vuelta al mundo, viajó tres veces al océano Pacífico y fue el primer europeo que llegó, entre otras, a las islas Hawai. En el año 1770 se convirtió en el primer europeo que desembarcaba en la costa oriental de Australia (en Botany Bay), que cartografió y reclamó para Gran Bretaña con el nombre de Nueva Gales del Sur. Ese mismo año la familia real tongana le regaló una tortuga radiada de Madagascar. La tortuga fue sobreviviendo a las distintas generaciones, falleciendo en el año 1965, es decir, casi doscientos años después de la llegada de Cook a aquellas tierras.

Otro ejemplo diferente. En el desierto de California se encuentran ejemplares del conocido como arbusto creosota cuya edad se ha datado en, al menos, 12.000 años, es decir, que su nacimiento ocurrió cercano a los tiempos en los que en Altamira nuestros antecesores realizaban sus pinturas rupestres.

Y en Tasmania, una planta de la especie lomatia a la que, por ejemplo, también pertenece el radal o nogal salvaje americano, se ha datado en unos 44.000 años, muy anterior, en la expansión humana por el mundo, a la llegada de los primeros moradores del continente americano. Lo más asombroso es que la planta aún sigue creciendo, aunque parece incapaz de reproducirse sexualmente.

En cuanto a los seres humanos, los relatos mitológicos nos ofrecen un amplio muestrario de vidas largas: Adán (930 años), Set (912), Jared (962), Enoch (965), Lamech (777), Matusalén (969). Muchos personajes bíblicos también se presentan como longevos: Noe (950), Abraham (275), Sara (127). Ismael (137), Isaac (180), Jacob (147), Moisés (120) o Aaron (110). Posteriormente. Entre los siglos XV y XIX, podemos encontrar otros relatos, científicamente más serio, en los que se nos relatan ejemplos concretos de una veintena de personas que, presumiblemente, vivieron entre 110 y 190 años. Sin embargo, todos los ejemplos anteriores no resisten ninguna comprobación seria y, por ahora el caso de vida más dilatada, perfectamente contrastado, es el de la francesa Jeanne Louise Calment, fallecida en 1997, con 122 años y 3 meses de edad

BACTERIA

Pero volvamos a nuestro ejemplo inicial, el del organismo vivo más antiguo conocido. Fue en el año 2000 cuando un equipo investigador describió en una importante revista científica el aislamiento de una bacteria durmiente, pero viva, procedente de unas inclusiones de fluido atrapadas en el interior de algunos cristales de sal enterrados a unos 500 metros de profundidad, en la formación del Salado, en Nuevo Mexico.

Bastantes científicos pusieron en duda el hecho ya que, como ser vivo, la bacteria posee su material genético y era difícil aceptar que una frágil molécula de ADN pudiera haber permanecido funcional y sin deterioros a lo largo de un cuarto de millón de años aún contando con el hecho de que la hibernación de la bacteria se realizó en forma de espora dura más resistente. Su argumento se centraba no en el efecto perjudicial de las radiaciones solares que hubo de recibir la bacteria durante su residencia, en el lejano pasado, antes de ser enterradas, en la superficie terrestre, sino en las altas radiaciones terrestres sufridas durante la evolución terrestre. Asimismo, bastantes geólogos apoyaban la explicación alternativa de que dadas las características geomorfológicos de la formación del Salado, origen de los cristales salinos, algunos fallos en las rocas hubieran podido permitir la intrusión hasta el lugar de las bacterias viejas y no viables de líquidos más recientes conteniendo bacterias más recientes.

Algunos biólogos moleculares se sumaron a las críticas, arguyendo que la secuenciación de algunos genes de la bacteria había mostrado su no similitud a los correspondientes de otras bacterias, por lo que opinaban que se trataba de una contaminación.

La respuesta científica, al menos en parte, acaba de tener lugar, tras que en el 2002 se cuantificara la radiación terrestre recibida considerándola no peligrosa. Varias investigaciones recientes van confirmando que las porciones de fluido conteniendo las bacterias iniciales fueron rodeadas de cristales y que ello ocurrió en la superficie, antes de ser engullidas por la formación del Salado.

Y queda para futuras investigaciones la pregunta clave: ¿cuáles son lo mecanismos íntimos que pueden dar lugar a una tan larga supervivencia de nuestro lejano pariente biológico? Sin duda, de la contestación de ésta pregunta puede ser de gran valor para profundizar en nuestros conocimientos sobre la senectud, el envejecimiento y la longevidad como punto de partida para poder influir, en el futuro, sobre estos factores.