Ciencia y salud

Por José Antonio Lozano Teruel

Alzheimer y ácidos Omega 6

Un reciente artículo de investigación publicado en la revista NATURE NEUROSCIENCE ha tenido una gran repercusión biomédica mundial al plantear la posibilidad de que una adecuada alimentación de ácidos grasos en pacientes de Alzheimer pudiera tener resultados interesantes terapéuticos. En el trabajo, concretamente, se plantea la relación de diversos ácidos omega-3 y omega-6 con la enfermedad. Repasemos la situación.

ÁCIDOS OMEGA. Desde el punto de vista químico los ácidos grasos se caracterizan por poseer un primer átomo de carbono carboxílico ácido (HOOC-) seguido de un esqueleto hidrocarbonado ( -(CH2)n-) que finaliza en un último carbono metílico (-CH3) que, por ese carácter final, suele denominarse carbono omega. Cuando existen dobles enlaces (insaturaciones) entre dos átomos de carbono contiguos, el ácido graso es poliinsaturado. Si, a partir de ese átomo final existe un doble enlace en posición 3 o en posición 6 nos encontramos, respectivamente, con los ácidos grasos omega 3 y omega 6. Dentro de la familia de los ácidos omega 3 podemos destacar al ácido alfa-linolénico C18:3 (es decir, con 18 átomos de carbono y tres dobles enlaces en total), el ácido eicosapentanoico, EPA (C20:5), y el ácido docosahexanoico, DHEA (C22:6), mientras que en la familia de los omega 6 podemos individualizar al ácido linoleico (C18:2) y al ácido araquidónico, AA (C20:4).

Los ácidos grasos poliinsaturados linoleico y linolénico no los podemos biosintetizar los seres humanos por lo que son esenciales, es decir, hemos de tomarlos en la alimentación. Además de que por si mismos cumplen importantes papeles fisiológicos  (parte principal de las membranas celulares) también son punto de partida de importantes familias de biomoléculas, con propiedades hormonales como los eicosanoides (prostaglandinas, tromboxanos y leucotrienos) que, entre otras funciones, regulan la presión sanguínea, la coagulación y la respuesta inmunes.  

Lo que si puede hacer nuestro organismo es modificar y alargar a los ácidos grasos poliinsaturados. Concretamente, el ácido linoleico (omega 6), de 18 átomos de carbono, en nuestro cuerpo puede alargarse hasta formar el ácido araquidónico, también omega 6, pero de 20 átomos de carbono. Este ácido araquidónico forma parte de las moléculas de fosfolípidos y se libera de ellas mediante la acción de una enzima de nombre fosfolipasa A2 (PLA2). En cuanto al ácido alfa-linolénico (omega 3, con 18 átomos de carbono) es transformable en los ya citados, también omega 3, EPA y DHEA.

Los expertos en Nutrición opinan que la relación de ácidos omega6/omega 3 en nuestra alimentación se ha incrementado demasiado en los últimos siglos y que ello puede repercutir negativamente en nuestra salud,  por lo que deberíamos revisar nuestra dieta para corregir ese problema, a través de un mayor consumo de ácidos omega 3 y un menor consumo de los omega 6.  Entre las mejores fuentes de omega 3 se encuentran las semillas de lino, colza, calabaza, nueces, pescados azules, algunos aceites vegetales, verduras verdes oscuras como espinacas y huevos.

RESULTADOS

Los investigadores del Instituto Gladstone de la Universidad de California, con Rene O Sánchez-Mejía como primer firmante del trabajo y con Lennart Mucke como autor senior, lo que exponen en la revista Nature Neuroscience son sus resultados obtenidos con modelos experimentales de ratones con enfermedad de Alzheimer.

Lo principal y más novedosos es que, cuando mediante ingeniería genética a esos ratones se les eliminó total o parcialmente la enzima fosfolipasa A2 (PLA2, la responsable de la liberación del ácido araquidónico desde los fosfolípidos de las membrana) se produjo una notable mejora en las funciones cognitivas de los ratones que poseían menor cantidad de enzima comparados con los ratones controles, es decir, que se consiguió una mejora en los síntomas propios de la enfermedad de Alzheimer.

La comunidad científica, hasta ahora había colocado el mayor énfasis en el estudio de la relación entre proteínas cerebrales alteradas y enfermedad de Alzheimer. Pero los lípidos, los fosfolípidos, son componentes protagonistas de la composición de las membranas, barreras selectivas entre el contenido intracelular y su medio externo. Para conocer las variaciones lipídicas que ocurren los investigadores americanos han escogido una estrategia de perfiles a gran escala denominada lipidómica para medir los diferentes ácidos grasos en los cerebros de ratones normales y ratones con Alzheimer (con cantidades normales, reducidas o nulas de la enzima PLA2) y comparar los resultados con diversas apreciaciones de su situación cognitiva.

Otros hallazgos importantes en los ratones modelos de Alzheimer fueron:

  1. un incremento del ácido araquidónico y algunos de sus metabolitos en la zona cerebral del hipocampo, donde se ubica el centro de aprendizaje y de la memoria que suele afectarse muy pronto y severamente por la enfermedad de Alzheimer.
  2.  unos niveles mayores de la enzima PLA2 que en los ratones normales o en aquellos en los que aún no se ha afectado negativamente el tejido cortical.

CONSECUENCIAS
Todo parece coherente para el equipo investigador: la acción del ácido araquidónico sería la responsable de los estragos observados en la enfermedad de Alzheimer, estimulando demasiado la excitación neuronal y favoreciendo que las neuronas enfermen. 

Si los resultados en esta línea siguen confirmándose y la extrapolación desde los ratones a los seres humanos fuese factible, estos hechos podrían abrir la posibilidad de nuevas aproximaciones terapéuticas para la prevención de los desórdenes neurológicos de la enfermedad de Alzheimer ya que, en general, los niveles de los ácidos grasos pueden ser regulados por la dieta y, también, farmacológicamente.  En una primera aproximación lo más sencillo sería disminuir la ingesta dietaria de los ácidos omega 6 e incrementar la de los omega 3.

Como ocurre con todas las cuestiones científicas, hay que ser precavidos. Varias empresas farmacéuticas están ya muy interesadas en variantes de fosfolipasas ligadas a enfermedades cardiovasculares e inflamatorias. La enzima fosfolipasa estudiada por los investigadores del Instituto Gladstone es sólo una de sus diversas isoformas, concretamente la PLA2G4A, citosólica y dependiente de calcio, de la que, por cierto, ya existían datos previos de su relación con la inflamación en procesos neurodegenerativos, a través de su papel favorecedor de la síntesis de algunas prostaglandinas y leucotrienos proinflamatorios. En todo caso varias Instituciones y empresas han mostrado su interés en analizar las posibilidades de esta nueva vía de enfoque sobre la patogenia y la terapia de la enfermedad de Alzheimer.