Ciencia y salud

Por José Antonio Lozano Teruel

Un maligno estrés

Un maligno estrés
Ilustración :: ÁLEX

El estrés es un constituyente obligado de nuestras vidas del que pueden derivarse consecuencias desagradables importantes para nuestra salud. Así, un amplio reportaje publicado el 29 de noviembre de 1995 en el gran periódico americano THE NEW YORK TIMES se titulaba (traducido) “¿Existe alguna relación entre estrés y cáncer?”. Relataba la alta incidencia de cánceres de mama descubierta entre mujeres jóvenes pocos años después de sufrir algún alto estrés emocional como un divorcio, muerte de la persona amada, etc. La sospecha de la existencia de alguna relación era obvia pero no existían evidencias experimentales claras de ello. Aunque un poco de estrés puede ser beneficioso, ya que favorece la competición y la innovación, una investigación, publicada esta semana en la revista THE JOURNAL OF CLINICAL INVESTIGATION nos revela que el estrés favorece la producción de hormonas como la adrenalina que ayudan al crecimiento y diseminación tumoral.  

COMUNICACIÓN
Los seres humanos, pluricelulares, estamos constituidos por millones de millones de células que conforman nuestros órganos y tejidos cuyo funcionamiento armónico precisa múltiples y complejos sistemas de organización y control. Entre ellos, los de comunicación y señalización, que se realizan a través de tres grandes sistemas, hormonal, nervioso e inmunológico. Pero aunque digamos tres sistemas, están tan estrechamente relacionados entre sí que sería más propio hablar de un sistema neuroinmunoendocrino, o endocrinoinmunoneurológico, etc. En todo caso, el estrés está íntimamente ligado con el sistema nervioso y hormonal, mientras que la aparición de tumores lo está con los fallos del sistema inmunológico.

Unos ejemplos. Investigaciones israelitas describieron hace algún tiempo que en pacientes que van a ser operados de tumores cancerosos el estrés prequirúrgico hace aumentar las metástasis postoperatorias, posiblemente porque el estrés disminuye la actividad de las células inmunológicas NK encargadas de eliminar a las células cancerosas residuales de la cirugía. Otro: si un accidente de circulación, un asalto o los conflictos familiares pueden ser fuentes de estrés para cualquier persona, para un paciente con cáncer puede significar mucho más, haciendo que el cáncer sea más resistente y agresivo, así como más fácil de propagar.

Por otra parte, existen centenares de investigaciones que han intentado evaluar los efectos del estrés sobre el sistema inmunológico y el resumen actual de la situación es que dados los datos conocidos y aplicando el sentido común es lógico pensar en la existencia real de una relación directa entre estrés y malignización. Sin embargo, faltaba la demostración final, la del mecanismo, si lo hubiese, responsable de esa interacción.

PRECEDENTES
Desde hace tiempo se conocían otros datos como los que intentaban relacionar depresión y cáncer. Así, un estudio prospectivo realizado sobre 4825 personas mayores de 71 años durante 4 años demostraba que, usando un sistema estandarizado de valoración de la depresión, las personas con depresión crónica presentaron un incremento del 88% en el riesgo de contraer cáncer respecto a las que tuvieron alguna depresión temporal o no eran depresivas.

Anil K. Sood, es un catedrático del Anderson Center, de la Universidad de Texas, en Houston, gran experto en estos temas. Junto a su equipo, en el año 2006 publicó en las revistas NATURE MEDICINE y CLINICAL CANCER RESEARCH dos artículos demostrando, en roedores, que las hormonas vinculadas con el estrés se unían directamente a las células tumorales y estimulaban el crecimiento de nuevos vasos sanguíneos y otros factores que conducían a la formación de tumores más rápidamente y de manera más agresiva (angiogénesis). El estrés también hacía que los tumores cancerígenos ováricos de los ratones creciesen y se expandiesen más rápidamente, mientras que algunos medicamentos para controlar la presión arterial, como el propanolol, revertían el efecto. Era la demostración de una de las primeras relaciones biológicas conocidas entre estrés y cáncer. Otras observaciones se realizaron en mujeres, indicando que altos niveles de estrés producían elevados niveles de unas proteínas denominadas VEGF, MMP2 y MMP9, que estimulan el crecimiento de los vasos sanguíneos en los tumores, mientras que las pacientes que controlaban mejor su estrés social poseían niveles más bajos de VEGF.

En el mismo año 2006 el tema fue revisado en la revista NATURE REVIEW OF CANCER por el Dr. Antoni y colaboradores, indicando que los mediadores nerviosos y hormonales del estrés, como son las catecolaminas y los glucocorticoides, podrían activar las vías celulares dentro de los tumores, contribuyendo a su crecimiento y progresión así como facilitando sinérgicamente el crecimiento tumoral. Sus conclusiones, basadas sobre todo en datos epidemiológicos, eran que el estrés, la depresión crónica y la falta de soporte social pueden servir de factores de riesgo para el desarrollo del cáncer y su progresión. Esas situaciones estresantes se caracterizan por un incremento de las catecolaminas y del cortisol, que podrían tener un gran impacto en los procesos relacionados con el cáncer, en particular con la angiogénesis (formación de nuevos vasos sanguíneos) y las metástasis.

NOVEDADES
Nuevamente es el equipo del Dr. Sood el que nos acaba de proporcionar unos datos muy significativos. Es sabido que las células corporales normales están ligadas a sus vecinas y a su medio externo. Las células que, como las cancerosas, se desligan de su medio tienden a ser destruidas mediante un proceso biológico conocido como apoptosis, anoikis o, más popularmente, suicidio celular. Por tanto, el “éxito” de la célula cancerosa consiste en evitar la apoptosis lo que facilitará las posteriores metástasis.  Para lograrlo, pueden existir sustancias que ayuden. En cultivos de células cancerosas de ovario en apoptosis se encontró que las principales culpables fueron las hormonas del estrés, como la adrenalina, que protegen a las células cancerosas de la muerte, potenciando su proliferación. El mecanismo consiste en que la hormona estresante activa a una proteína FAK (quinasa de adhesión focal), que es una protectora celular contra la apoptosis.

Como los tumores reales pueden comportarse de modo diferente que los cultivos de células cancerosas in vitro, Sood y su equipo ampliaron sus trabajos a un modelo de ratón con cáncer. Después de recibir un trasplante de células de cáncer de ovario, los ratones eran sometidos a estrés y, como consecuencia, sus tumores crecieron más rápidamente. El isoproterenol, una molécula parecida a la adrenalina, fue el acelerador máximo. Por el contrario, el propranolol, un bloqueante de la adrenalina, inhibió el crecimiento tumoral

El paso siguiente era el pasar a humanos. Sood y sus colegas analizaron muestras de 80 casos de cánceres de ovario humanos agrupados de acuerdo con el estrés de las pacientes, usando las correspondientes medidas estandarizadas de depresión. Todo encajó: encontraron una gran correlación entre los niveles de estrés, las mayores capacidades de activación de la proteína FAK y una mayor velocidad de progresión del tumor (de 2 a 2,5 veces más rápido si el estrés era elevado).

Conclusión: controlemos y reduzcamos nuestros factores de estrés