Ciencia y salud

Por José Antonio Lozano Teruel

Corazones menos cansados

Hace aproximadamente un año que, en otro de estos artículos científicos divulgadores, seguíamos las recomendaciones de la Sociedad Cardiológica Americana y bajo el título "Esperanzas para los corazones cansados", comentábamos la recién descubierta utilidad, tras las investigaciones CIBIS 1 y CIBIS 2, del uso de los fármacos conocidos como betabloqueantes en el tratamiento de insuficiencia cardiaca.

En el poco tiempo transcurrido desde entonces, afortunadamente esa esperanza se ha consolidado como una muy positiva realidad. Ello es importante, pues basta recordar que en los países desarrollados, en el último medio siglo, se ha multiplicado por 2 ó 3 veces la frecuencia y la mortalidad de las diversas enfermedades cardiovasculares. Ello ha dado lugar que una de sus secuelas más frecuentes, sea la insuficiencia cardiaca, cuando el ventrículo izquierdo no es capaz de bombear adecuadamente la sangre, con lo que el líquido se acumula en los pulmones causando disnea (fatiga) al realizar un esfuerzo. Más del 10% de las personas con más de 75 años sufren esta condición, cuyo pronóstico no es mejor, por ejemplo, que el del cáncer de próstata, de modo que tras el diagnóstico la supervivencia media en varones es tan solo de 1,7 años y de 3,2 años en las mujeres.

BETARRECEPTORES. El renovado interés por los betabloqueantes está más que justificado. Así lo ponía de relieve hace unos pocos días, en un primer artículo de una serie, publicado en Noticias Médicas el profesor Antonio García García, quien es uno de los más prestigiosos investigadores españoles actuales, natural de Molina de Segura, catedrático de Farmacología de la Facultad de Medicina de la Universidad Complutense de Madrid, tras su traslado desde la Facultad de Medicina de la Universidad de Alicante, donde realizó una gran labor científica.

¿Qué son los betabloqueantes?. Muchas hormonas (entre ellas la adrenalina), moléculas bioactivas, fármacos, etcétera, son reconocidas por las células sobre las que tienen actividad, a través de receptores proteínicos ubicados en la superficie de su membrana. El reconocimiento específico de la molécula efectora por medio del receptor, da lugar a la aparición de una determinada señal bioquímica en el interior de la célula, señal que es la responsable del inicio de un proceso, que finaliza en la modulación de un determinado acontecimiento bioquímico o fisiológico. Las sustancias que pueden fijarse a un receptor y, con ello, impedir su función normal del reconocimiento hormonal, se denominan bloqueantes. Si el represor es específico de la hormona adrenalina, estaríamos tratando de receptores y bloqueantes adrenérgicos. Se conocen diversas familias de ellos. Concretamente, en el corazón, hay dos tipos de betarreceptores, los beta-1 y los beta-2. Los beta-1 se localizan fundamentalmente en el músculo cardíaco, regulando la velocidad de conducción y la fuerza con la que se contrae el músculo, pudiendo acelerar el ritmo cardíaco. Los beta-2, fundamentalmente, se localizan en la musculatura bronquial y en los vasos sanguíneos.

BETABLOQUEANTES. El científico americano Raymon P. Ahlquist, en un proceso cargado de serendipia (una adecuada combinación de azar y de perspicacia científica), describió varios derivados catecolamínicos bloqueadores de receptores adrenérgicos que clasificó en subtipos alfa y beta. Sus resultados quedaron olvidados más de diez años y no fue hasta el año 1962 cuando se sintetizó el primer betabloqueante, el pronetalol, utilizado clínicamente para el tratamiento de pacientes con angina de pecho. Actualmente existen muchos betabloqueantes desarrollados, que se suelen clasificar como selectivos o no-selectivos. Los selectivos bloquean solo a los receptores beta-1 mientras que los no-selectivos actúan tanto sobre los receptores beta-1 como los beta-2.

En los últimos 25 años se ha acumulado la experiencia precisa para justificar su uso en patologías tan diversas como son el tratamiento de la hipertensión arterial, las cardiopatías isquémicas, las anginas, el riesgo de un segundo infarto, las insuficiencias cardíacas, las arritmias e, incluso, ciertas migrañas. Como ejemplo del carácter multiuso de los betabloqueantes se puede citar la reciente aparición, hace un par de meses, en la revista New England Journal of Medicine, de una excelente Investigación multicéntrica sobre casi 1.500 pacientes de alto riesgo sometidos a cirugía vascular, demostrando que el betabloquente bisoprolol reduce muy drásticamente la incidencia de fallecimientos perioperacionales debidas a causas cardíacas así como también los riesgos de sufrir posteriores infartos de miocardios no fatales.

Un ejemplo diferente, está reflejado en un estudio publicado en el Journal of the American College of Cardiology, indicativo de que el uso de los betabloqueantes es mucho más adecuado (reducciones de un 30-40% de los riesgos y de las mortalidades asociadas) para prevenir un segundo ataque cardíaco que la prescripción de un antagonista de los canales de calcio, lo cual es de interés teniendo en cuenta la alta proporción de prescripciones de este último tipo de fármacos.

Otra Investigación, publicada el pasado año en Archives of Internal Medicine, realizada a lo largo de 9 años, sobre cerca de 2.000 pacientes con antecedentes de infarto de miocardio, demostró que el uso de aspirina (ácido acetilsalicílico), agentes hipolipemiantes y betabloqueantes es muy eficaz también para reducir el riesgo de infarto de miocardio recidivante y el de muerte. Y el estudio holandés DECREASE (Evaluación ecocardiográfica del riego cardíaco con la aplicación de la Eco de esfuerzo) demostró que el uso del betabloqueante bisopropalol reduce significativamente las complicaciones perioperatorias de los pacientes sometidos a cirugía mayor vascular no cardiaca.

INSUFICIENCIA CARDIACA. En los últimos 40 años no se había producido ningún cambio significativo en su pronóstico. El tratamiento estándar consiste en el uso combinado de diuréticos y de inhibidores ECA (Enzima Convertidora de Angiotensina).

Pero, tras otros precedentes prometedores, el ensayo CIBIS II, al que nos referíamos al comienzo de este artículo, demostró que el uso combinado del tratamiento estándar junto con el betabloqueante bisoprolol, conseguía una reducción del 34% en la mortalidad por todas las causas, del 44% de muertes súbitas, del 29% de las muertes de origen cardiovascular, así como una fuerte reducción en las hospitalizaciones sufridas por los pacientes.

Y, el verano pasado, en Goteborg, Suecia, tuvo lugar un Congreso Internacional sobre la Insuficiencia Cardiaca organizado por esta Sección especializada de la Sociedad Europea de Cardiología, al que asistieron más de 2.200 especialistas en el tema. En el Congreso se divulgaron también otros datos, muy semejantes a los anteriores del CIBIS II, obtenidos con otro gran ensayo multicéntrico, el MERIT-HF, efectuado sobre unos dos mil pacientes y en el que el betabloqueante utilizado fue el metoprolol. Existen indicios de que otros betabloqueantes también podrían ser de utilidad, por lo que actualmente se está realizando el estudio COMET (Ensayo Europeo sobre Carvedilol y Metoprolol) en el que se comparan las acciones y dosis más convenientes de ambos betabloqueantes.

Poco después, a principios del pasado septiembre, se celebró en Barcelona el XXI Congreso de la Sociedad Europea de Cardiología y en un simposio especializado se confirmó que el uso del bisoprolol puede ser beneficioso en una gama amplísima de indicaciones: hipertensión, angina de pecho, síndromes coronarios agudos, infarto agudo de miocardio, postinfarto de miocardio, arritmias mortales e insuficiencia cardiaca crónica. Respecto a esta última patología, la conclusión fue significativa: "el problema no es si se deben recibir betabloqueantes sino cuáles, cuánto y cómo utilizarlos"