Ciencia y salud

Por José Antonio Lozano Teruel

El calor provoca estrés

El texto médico más antiguo conocido es chino, data del siglo XXVII antes de Cristo y en él ya se intentaba relacionar los diversos fenómenos atmosféricos con las enfermedades

El texto médico más antiguo conocido es chino, data del siglo XXVII antes de Cristo y en él ya se intentaba relacionar los diversos fenómenos atmosféricos con las enfermedades. Más profundas fueron las observaciones al respecto realizadas por Hipócrates, muchas de ellas totalmente confirmadas en la actualidad. La relación entre salud y condición atmosférica es uno de los variados objetivos de la ciencia de la biometeorología que trata de los efectos de los fenómenos atmosféricos sobre los seres vivos.
 
El verano tendemos a asociarlo con la salud y el invierno con la enfermedad. Algunos ejemplos parecen confirmar esta situación, ya que todos sabemos que en la época invernal se tienden a desencadenar los ataques asmáticos y se incrementan las muertes por enfermedades respiratorias, circulatorias y las infantiles por el síndrome de muerte súbita, así como se favorecen las epidemias gripales, los fenómenos depresivos e. incluso, se ocasiona un incremento en la presión sanguínea sistólica y diastólica de 10 a 15 milímetros.
 
Pero no todos los efectos adversos se concentran en la época fría. Las altas temperaturas conducen a situaciones de estrés con hipertermia, o sea un exceso de temperatura corporal, provocando centenares de muertes anua les. El llamado ataque de calor se produce cuando el calor ambiental es excesivo y no se compensa la disipación del calor metabólico normal.
 
La sensación molesta de calor excesivo y sus efectos negativos dependen no sólo de la temperatura sino en gran parte de la humedad, que cuando es alta (como sucede en nuestra región) provoca una mayor sensación de calor, valorable en un índice que equivaldría a la temperatura comparable en situación de humedad nula. Así, mientras que a 35º C y humedad relativa del 35% el índice sería 41º C , si la humedad relativa fuese del 75% el índice se dispara ría hasta 54º C, o sea, cercano a las temperaturas superiores jamás observadas sobre la Tierra. La zona de bienestar corresponde al rango 21 a 29 y el desagrado comienza a los 30 y se hace más evidente entre los 40 y 45. Por encima de 45 se dispara el riesgo del ataque de calor productor de colapsos circulatorios con consecuencias fatales aumentadas en porcentajes superiores al 20%.
 
Conociendo los mecanismos principales de defensa corporal contra el calor podemos luchar contra sus efectos adversos. Uno de ellos consiste en el incremento del flujo sanguíneo en los vasos periféricos, ordenado por el centro corporal del control de la temperatura que se ubica en el cerebro y es el hipotálamo. La consecuencia inmediata es un incremento de la temperatura, en la piel y en las extremidades con lo que automáticamente se produce una mayor radiación de calor desde el cuerpo a la atmósfera. El segundo mecanismo es el de la producción de sudor, con lo que evaporamos agua en forma gaseosa hasta la atmósfera utilizando grandes cantidades de calor de vaporización procedente de nuestro cuerpo, lo que conduce a su enfriamiento.
 
Cuando los mecanismos de defensa no consiguen la compensación adecuada, las consecuencias pueden ser muy graves, sobre todo en los niños y ancianos. Así, a temperaturas superiores a 38 ºC se duplica el incremento del número de personas mayores de 80 años que fallecen respecto a las de edades intermedias. Por otra parte, se favorecen las complicaciones en los ancianos que toman medicaciones que afectan el equilibrio acuoso o a la producción de sudor, tales como diuréticos, anfetaminas, cortisona, drogas para el Parkinson, etc. Asimismo, las altas temperaturas y humedades afectan negativamente los procesos de aprendizaje y memoria en los jóvenes estudiantes (atención a las recuperaciones para septiembre) y la deshidratación es un peligro para los bebés.
 
Por todo ello algunos consejos son necesarios para combatir los efectos desfavorables del calor y humedad altos. En primer lugar, evitar estar sometidos a esas situaciones durante periodos largos de tiempo. La costumbre de la siesta en vacaciones está totalmente justificada. Por otra parte, hay que disminuir la ingesta de alimentos para reducir la autoproducción de calor metabólico y simultáneamente es conveniente incrementar la ingestión de bebidas para compensar la deshidratación. En caso de excesiva sudoración hay que restaurar la pérdida de sales, y en todas las ocasiones hay que prestar una especial atención a niños y ancianos, cuyos mecanismos fisiológicos de compensación son más débiles.