Ciencia y salud

Por José Antonio Lozano Teruel

Secretos de nuestro segundo cerebro

En papiros egipcios de unos cuatro mil años de antigüedad se señalaba que los sentimientos se localizan en el sistema digestivo. Así, en el papiro Edwin Smith, documento médico egipcio de la dinastía XVII, guardado en la Academia de Medicina de Nueva York, se dice que en el estómago se localizan el pensamiento y el sentimiento

Secretos de nuestro segundo cerebro
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En papiros egipcios de unos cuatro mil años de antigüedad se señalaba que los sentimientos se localizan en el sistema digestivo. Así, en el papiro Edwin Smith, documento médico egipcio de la dinastía XVII, guardado en la Academia de Medicina de Nueva York, se dice que en el estómago se localizan el pensamiento y el sentimiento. También la cultura popular, de modo permanente, ha asociado emociones y sistema digestivo. Ante una sensación placentera se habla de sentir un revoloteo de mariposas en el estómago, mientras que situaciones de tensión, aflicción o miedo parecen provocar un encogimiento del estómago e, incluso, náuseas o vómitos.
Red neuronal
¿Desvaríos producto del desconocimiento? No parece así, si consideramos algunos datos.  Hace unos días la revista 'New Scientist' publicaba una revisión sobre los últimos hallazgos al respecto con el título (traducido) de 'Instintos intestinales: los secretos de nuestro segundo cerebro'.
 El sistema digestivo cuenta con una red extensa de neuronas, el sistema nervioso entérico (SNE) situadas entre las dos capas musculares de las paredes del sistema, en número que sobrepasa los quinientos millones, muy superior a las de la médula espinal o a las del cerebro de mamíferos como las ratas. Esta red neuronal, como la del sistema nervioso central, envía y recibe impulsos, recuerda experiencias, aprende, responde a las emociones, produce neurotransmisores semejantes, etcétera.
El Dr. Michael Gershon, profesor y director del Departamento de Anatomía y Biología Celular de la Universidad de Columbia de Nueva York , con sus investigaciones de más de 30 años puso de manifiesto la importancia del SNE. Es considerado como el padre de la Neurogastroenterología, ciencia que estudia los síntomas de los trastornos psicosomáticos con expresión gastrointestinal. Su excelente libro 'The Second Brain', publicado en 1999, tiene como sugestivo subtítulo (traducido) de 'Una nueva comprensión fundamental de los desórdenes nerviosos del estómago e intestino'.  En el mismo se señala que el SNE es un vasto almacén químico en el que están presentes todas las clases de neurotransmisores que operan en nuestro cerebro. Por ello, desde entonces, se ha popularizado para el SNE la denominación de segundo cerebro, ya que el cerebro no sería el único protagonista relacionado con nuestras decisiones, estados de ánimo o comportamiento. 
Anatomía
Estructuralmente podemos dividir el sistema nervioso en sistema nervioso central (SNC) y sistema nervioso periférico (SNP). En el SNC participan encéfalo (cerebro, cerebelo, tronco encefálico) y médula espinal. El SNE, parte del SNP, incluye neuronas sensitivas, que conectan al SNC con los receptores sensitivos, así como neuronas motoras, que ponen en comunicación el sistema central con los músculos y las glándulas.
Las neuronas del SNE se organizan principalmente en forma de dos redes: el plexo mientérico, más externo (plexo de Auerbach), y el plexo submucoso, más interno (plexo de Meissner). El plexo mientérico inerva las capas circular y longitudinal de músculo liso y se especializa principalmente en el control motor, mientras que el plexo submucoso inerva el epitelio glandular, células endocrinas intestinales y submucosas de los vasos sanguíneos y está principalmente involucrado en el control de la secreción intestinal. Para ello, existen diferentes tipos de neuronas: motoras (musculares excitatorias e inhibitorias, secretomotoras, vasodilatadoras, específicas de células G), sensitivas (mecanorreceptores, quimiorreceptores) e interneuronas.
Los científicos creen que la existencia del SNE es fruto de una adaptación evolutiva. Según el Dr. David Wingate, profesor de ciencia gastrointestinal en la Universidad de Londres, los primeros sistemas nerviosos fueron desarrollados en animales tubulares. Cuando nuestros predecesores emergieron del cieno y adquirieron una espina dorsal, desarrollaron un cerebro en la cabeza y un estómago con un sistema nervioso propio. El cerebro principal delegó funciones digestivas a este segundo cerebro, con lo que podía dedicarse exclusivamente a otros menesteres, como la caza y la huida ante posibles enemigos o a la búsqueda de una pareja adecuada. 
El aparato digestivo posee múltiples funciones protagonizadas por su SNE, como la motora, secretora, digestiva, absortiva, eliminatoria o la protección inmunológica. Además ha de funcionar integrado en respuestas coordinadas, que son reguladas de un modo inmediato y que son moduladas por múltiples estímulos. Así, durante la vida de una persona pueden circular por sus intestinos más de 30 toneladas de alimentos y 50.000 litros de líquidos. Una de las competencias del SNE es el manejo y procesamiento de este gran volumen de materia prima, coordinando reflejos, movimientos peristálticos, absorciones, secreciones (como la biliar y pancreática), etcétera.  
Durante mucho tiempo se creyó que el flujo de información entre el cerebro y el intestino era unidireccional. Hoy sabemos que es bidireccional, a través del paso intermedio del SNE. Así, el flujo de mensajes desde el vientre a la cabeza supera al que llega del cerebro al estómago y el 90% de las fibras de los nervios vagos son aferentes, es decir, transmiten señales en dirección hacia el cerebro. La bidireccionalidad es lo que permite la actuación, regulación e integración adecuadas del aparato digestivo, a través de diferentes sustancias como decenas de diferentes hormonas gastrointestinales, neuropéptidos, factores de crecimiento o familias estructurales de moléculas activas. Esa interacción y bidireccionalidad abre un campo de investigación apasionante: cómo una actuación (incluso farmacológica) o una modificación de uno de los sistemas puede influir sobre los otros. El cerebro afecta al intestino y el intestino al cerebro. 
Según el profesor Gershon, el SNE jamás compondrá silogismos, escribirá poesía o abordará el diálogo socrático, pero a pesar de ello es un cerebro, añadiendo que Descartes formuló su máxima «Pienso, luego existo», pero fue porque sus intestinos se lo permitieron. 
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