Ciencia y salud

Por José Antonio Lozano Teruel

Una flora singular

Debido a su orografía, la diversidad de suelos y a su azarosa historia geológica, el sureste de España es la región con más riqueza florística de cuantas componen la Península Ibérica

Debido a su orografía, la diversidad de suelos y a su azarosa historia geológica, el sureste de España es la región con más riqueza florística de cuantas componen la Península Ibérica. Se estima que, solo de plantas superiores, viven en este territorio alrededor de 3.000 especies, pero si se añaden las plantas inferiores (hongos, líquenes, algas, musgos y hepáticas) esta cifra puede quedar duplicada.
 
Desde el Mioceno las tierras del sur y sureste de España han actuado de encrucijada por donde han pasado importantes vías de migración de plantas, procedentes de lugares muy diversos.
 
Durante el Mioceno medio, Europa occidental y África estaban separadas por el mar. A partir de entonces se inició una progresiva desecación del Mediterráneo, que alcanzó el máximo en el Messiniense (hace 6,5-5 millones de años). El Mediterráneo se evaporó en gran parte, quedando reducido a una serie de pequeños mares interiores. Al mismo tiempo fenómenos geológicos de extraordinaria importancia como la orogenia Alpina dieron lugar a la aparición de grandes cadenas montañosas (Béticas, Penibéticas, Rif norteafricano, etc.). El efecto combinado del clima y la orogenia hicieron que Europa y Asia estuviesen más o menos conectadas por puentes continentales. El intercambio de las floras entre ambas masas continentales pudo realizarse en este periodo. Cuando el clima era más frío, especies septentrionales llegaron, a través de nuestra Península, al norte de África. y así ocurrió probablemente con el tejo (Taxus baccata). En los periodos más cálidos llegaron al sureste de la Península Ibérica elementos florales procedentes del norte de África y suroeste asiático, como el araar o ciprés de Cartagena (Tetraclinis articulata), el azufaifo (Zizyphus lotus), Fagonia cretica, Leysera leyseroides, etc. La presencia de estas especies que a menudo se denominan iberoafricanas, cuya distribución europea se restringe al sur y sureste de la Península Ibérica, no solo están presente en zonas bajas y áridas, sino que también forman parte de la flora de alta y media montaña, como el agracejo (Berberis hispanica), palomilla (Fumaria macrosepala), acer (Acer granatense), tabaco de pastor (Atropa betica) y otras muchas.
 
Por otra parte, estas tierras han actuado de refugio, sobre todo durante las glaciaciones, para gran número de especies relícticas del Terciario que, de otro modo, se habrían extinguido. Algunos restos excepcionales de esta flora como el laurel (Laurus nobilis), madroño (Arbutus unedo), quejigos (Quercus canariensis) y bruscos (Ruscus) se encuentran en nuestras tierras. Al mismo tiempo que muchas especies se extinguían otras nuevas y vigorosas se originaban por hibridación y poliploidía. La diversidad orográfica y geológica, unida a los cambios climáticos, favorecía el desarrollo de nuevas razas y especies por radiación adaptativa o por deriva genética de las pequeñas poblaciones que iban quedando aisladas en los macizos montañosos progresivamente más elevados o separados del norte de África desde finales del Mioceno.
 
También actuaron como refugios las áreas costeras del sureste peninsular, donde se presentan elementos relícticos endémicos como Lafuentea rotundifolia o la Salsasola papillosa, o bien especies procedentes de las zonas esteparias africanas que llegaron en el Terciario superior (Neógeno), como Caralluma europea (chumberillo de lobo), Forskalea tenacissima, etc.
 
Por otra parte, la brusquedad de los gradientes ecológicos en el sureste de España, que provoca una biodiversidad vegetal enorme, queda patente si se tiene en cuenta que están presentes macizos montañosos que alcanzan los 2.000 metros, separados por notables depresiones; áreas salinas costeras, depósitos de yeso, calizas, dolomías, micas­ quistos, cuarcitas, rocas volcánicas, depósitos cuaternarios, etc., así como unos cambios climáticos muy bruscos que se manifiestan, sin apenas transición, entre el clima subdesértico semiárido o árido a uno de alta montaña.
 
Cabe destacar que las áreas semiáridas son las que parecen promover la especiación activa; en ellas la frágil naturaleza de los ecosistemas provoca la eliminación de ciertas especies, facilitando la colonización de nuevas razas mejor adaptadas. De este tipo son la mayor parte de las tierras del sureste de España, es decir constituyen una zona potencial de origen para nuevas especies, uno de los denominados centros de recursos genéticos.
 
Todas las planificaciones para la utilización y/o la protección de la cubierta vegetal, tarea emprendida por el hombre desde la Edad Media, en contra de lo que normalmente se piensa, no han ofrecido el resultado esperado en virtud de numerosas causas que han actuado en las diversas épocas de la historia reciente. En consecuencia, la deforestación que ha dejado los escasos bosques naturales en áreas marginales no aptas para los cultivos, la contaminación, la modificación del régimen hídrico, la frecuencia de los incendios forestales fortuitos y la notable falta de sensibilidad social hacia los problemas ambientales representan un conjunto de problemas que amenazan nuestra singular e irrepetible flora.