Ciencia y salud

Por José Antonio Lozano Teruel

Agujero en nuestra galaxia

Nuestro planeta Tierra forma parte del sistema solar, que a su vez es una minúscula porción de los más de cien millones de estrellas que configuran nuestra galaxia, cuya traza en el cielo es la Vía Láctea

Nuestro planeta Tierra forma parte del sistema solar, que a su vez es una minúscula porción de los más de cien millones de estrellas que configuran nuestra galaxia, cuya traza en el cielo es la Vía Láctea. Cuando observamos el cielo, por la noche, a simple vista, prácticamente todas las estrellas y objetos celestes detectados pertenecen a nuestra galaxia, salvo una mancha muy poco visible, Andrómeda, que es parte de una inmensa galaxia situada a más de 2 millones de años luz de distancia de nosotros. Un año luz equivale a 10 billones de kms.
 
En la porción de Universo situada alrededor de los 1.000 millones de años-luz de la Tierra, las galaxias tienden a agruparse en grandes conglomerados o superclusters, que poseen una masa superior  al millón  de billones de soles que ocupan tan sólo un 0,5 por ciento del espacio total  disponible, lo que justifica la afirmación de que el Universo está casi vacío, a pesar del inmenso número de cuerpos celestes existentes.
 
Nuestra galaxia es tan sólo una (y no de las mayores) de los millones de galaxias existentes en el Universo. Algunas de ellas son también con forma espiral y prácticamente todas poseen además de estrellas una infinidad (más de 100 billones en nuestro caso) de grandes nubes de gas, compuesto sobre todo de hidrógeno y helio. Al encontrarse la Tierra situada en el seno del gran disco de estrellas que constituye la galaxia, la observación del centro galáctico se encuentra dificultada por el gas y por el polvo, por lo que no es posible utilizar para su estudio la luz visible, sino otro tipo de radiaciones que puedan superar ese problema y permitan escrutar ese centro situado a unos 25.000 años-luz.
 
Hace ya casi 60 años, Karl Janskg detectó con su gran antena de radio una señal regular procedente de la constelación Sagitario, en el centro de nuestra galaxia, pero su hallazgo no tuvo apenas repercusión. En los últimos años los progresos de la radioastronomía y el estudio de radiaciones infrarrojas, de rayos X y de rayos gamma han dado a conocer datos fascinantes sobre el corazón de la Vía Láctea, proporcionados por sistemas tales como el satélite infrarrojo IRAS, el observatorio KAO situado sobre un avión C 141, el radiotelescopio de 100 metros de diámetro de Effelsberg en Alemania, el telescopio VLA de Nuevo México, el telescopio milimétrico de 50 metros IRAM en Sierra Nevada, la red Hat Creeck de la Universidad Berkeley de California, así como una compleja colaboración internacional  radioastron ómi ca.
 
En muchas galaxias las regiones centrales poseen comportamientos peculiares en cuanto a generación de radiaciones y energía. En nuestra galaxia esta región central posee una densidad de estrellas muy alta que aumenta hacia el centro. Alrededor de un espacio de 1.500 años-lu z la masa de estrellas acumuladas es del orden de unos 10.000millones de masas solares, con una distancia media entre ellas muy pequeña, del orden el 1/ 100 de años-lu z. En la zona más central, dentro de un radio de 3 años· luz, sorprendentemente no existe una fuerte central brillante, pero sí una intensa producción de radiación ionizante (la Sgr A*), con todas las características de un agujero negro o sumidero gravitatorio, consistente en una masa de varios millones de estrellas normales condensadas en el tamaño   correspondiente tan sólo a una. La alta densidad y fu erza gravitatoria hacen que las masas circundantes tienda n a caer en el agujero negro, acelerándose h asta velocidades cercanas a la luz y calentándose por rozamiento hasta alcanzar temperaturas elevadísimas, produciendo en su caída radiaciones intensísimas. La teoría de la relatividad de Einstein justifica ría que una masa colapsada de tantísima densidad no permita escapar n ad a de su propio campo gravitatorio, ni siquiera la luz, por lo cual el propio agujero no emite radiación, sino que sólo lo hacen los cuerpos situados a su alrededor que caen en él.
 
Como la materia que cae hacia el agujero por difusión y por choques entre las nubes lo hace con intensidad equivalente a una masa solar por cada 1.000 años, ello concordaría con la hipótesis de que nuestra galaxia ha disfrutado de unas condiciones semejantes a las actuales durante los últimos 5.000 millones de años, y que ha supuesto la acumulación total de 3 a 5 millones de masas sola res, cifra semejante a la estimada de las medidas de las atracciones gravitatoria s.
 
Si existe realmente el agujero negro, cada vez que capture una estrella se producirá en el entorno una erupción de luminosidad, procedente de la estrella engullid a, que sería del orden de varios centenares de millones de veces superior a la de la luminosidad sola r y por ello fácilmente detectable. En los últimos 15 años la luminosidad en el Sgr A* ha permanecido bastante constante, pero no podemos olvidar que el periodo a transcurrir entre la captura de dos estrellas puede ser de mil años o más, por lo que este tipo de comprobación directa, si ti ene lugar, puede dilatarse en el tiempo.
 
Algunos científicos creen que aún faltan otros tipos de confirmaciones y, sobre todo, aclarar el papel del conjunto de unas pocas estrellas mu y calientes situadas muy cerca del centro, denominadas IR S16, que radian intensamente en el infrarrojo con una intensidad millones de veces superior a como lo hace el sol y cuya naturaleza hoy día constituye una incógnita.
 
Para aclara r l os enigma s existentes, esperanzador a corto plazo parece la construcción o el proyecto de nuevos instrumentos que permitirán muy pronto conocer más y mejor nuestra galaxia. Entre ellos, los más interesantes son el telescopio Keck infrarrojo de 10 m. en Hawai, los cuatro telescopios infrarrojos en órbita de la NASA y de la Agencia Espacial Europea, y los lanzamientos del G RO y del ROSAT para efectuar mediciones de rayos X y rayos gamma.