Ciencia y salud

Por José Antonio Lozano Teruel

Las inquietantes visitas del cometa Swift-Tutle

En la colaboración anterior nos ocupábamos de las huellas dejadas por los impactos cósmicos sufridos por nuestro planeta en el pasado

En la colaboración anterior nos ocupábamos de las huellas dejadas por los impactos cósmicos sufridos por nuestro planeta en el pasado. Cambiando de época, el 7 de noviembre último, el gran cometa Swift-Tutle, constituido por una gran bola de polvo y gases congelados de varios kilómetros de espesor, se acercó a la órbita terrestre hasta una distancia de unos 200 millones de kilómetros. El 14 de agosto del año 2126 nos volverá a visitar y, sin duda, a nuestros hijos y nietos el fenómeno les preocupará más que a nosotros nos ha perturbado la reciente aproximación, ya que su cercanía a la Tierra será mucho mayor, existiendo incluso la posibilidad, que un astrónomo ha evaluado en uno por diez mil, de que se estrelle contra la superficie terrestre produciendo una terrible catástrofe para la humanidad. 
 
Se denominan NEO (Near Earth Objects) a los cornetas y asteroides que pasan cerca de la Tierra, con riesgo de colisión para nuestro planeta, lo que tiene lugar corno consecuencia de la desviación de su propia trayectoria, usualmente desde el cinturón de asteroides de Kuiper o desde la nube de cornetas de Oort. Son varios los centenares de NEO descubiertos y localizados, pero quedan muchos más por descubrir en las 4 categorías en que se clasifican, dependiendo de su tamaño: menos de 100 metros; entre 100 metros y un kilómetro; entre uno y diez kilómetros; y los mayores de 10 kilómetros . El flujo anual de su llegada a la Tierra corre suerte inversa a la de su tamaño, de modo que mientras los más pequeños son abundantes y se queman usualmente al entrar en contacto con la atmósfera, a los otros se les adjudican valores que corresponden a un encuentro cada 1.000, 100.000 y 100 millones de años respectivamente.
 
El peligro potencial de los cornetas y asteroides no constituye una especulación gratuita. El número 6.403 del presente mes de diciembre de la prestigiosa revista Nature, una de las dos más importantes revistas científicas del mundo, se hace eco del tema y en la portada anuncian el que constituye artículo principal de revisión de ese número, bajo el título, traducido, de Desvío y fragmentación de los asteroides cercanos a la Tierra, cuyos autores, Thomas J. Ahrens y Alan W. Harris son dos bien conocidos científicos de excelentes centros del Instituto de Tecnología de California. 
 
A un nivel necesariamente más divulgativo, hace pocas semanas el semanario Newsweek dedicó un gran reportaje a los cuerpos cósmicos con posibilidades de colisionar con nuestro mundo así como a los posibles mecanismos que pudieran impedir esos impactos. En todo caso, para evitar preocupaciones precipitadas, podemos adelantar que se ha evaluado la posibilidad anual que un ser humano tiene de morir como consecuencia del impacto de un cuerpo cósmico y el valor global obtenido es de uno por dos millones, en el que se acumulan las cifras casi nulas que durante centenares o miles de años tendrían lugar por impactos pequeños más la gran cantidad de bajas que se producirían tras una gran colisión. Si bien ese valor global es bajo no podemos ignorar que es del mismo orden de riesgo que el de morir como resultado de un accidente de aviación y, sin duda, todos consideramos como muy normal y conveniente que en el mundo nos gastemos anualmente unos cien millones de dólares en la mejora de los sistemas aéreos de seguridad y control. Por ello no sería tan descabellado realizar un esfuerzo del mismo orden destinado a conocer y detectar mejor a los NEO.
 
En una conferencia científica celebrada el presente año en Los Álamos, USA, precisamente se abordó el problema de la protección contra las catástrofes cósmicas, llegando a la conclusión de la necesidad de desviar los esfuerzos tecnológicos previstos para la llamada Guerra de las Galaxias, a fin de reconvertidos en una especie de guerra anticometas y antiasteroides. Se plantearon todo tipo de estrategias, incluso el uso de bombas de antimateria, pero las conclusiones finales fueron bastantes coincidentes con las descritas en el reciente trabajo de Ahrens y Harris citado anteriormente. Para cuerpos pequeños, como los asteroides de hasta 100 metros, el mejor procedimiento consistiría en lanzar un cohete del tipo del americano Titan 4 o del ruso Energía, transportando un explosivo potente no nuclear guiado por medios ópticos o mediante radar, para hacerlo explosionar al alcanzar la superficie del cuerpo cósmico, con lo que su trayectoria se alteraría lo suficiente como para no alcanzar la Tierra. En el caso de cuerpos cósmicos de tamaños de 1 a 1O kilómetros, forzosamente habría que acudir a opciones nucleares mediante explosiones en la superficie de los asteroides, mientras que en el caso de cometas, frágiles bolas de hielo y polvo, ello podría inducir su rotura hasta millones de peligrosos fragmentos que podrían alcanzar la Tierra, por lo que en este caso la alternativa más eficaz consiste en realizar la explosión en lugares específicos situados a cierta distancia del propio cometa.
 
Evidentemente no todos los cometas y asteroides que se nos acerquen deben destruirse, pero si aquellos que puedan suponer un grave peligro para la humanidad. Los expertos señalan que para detectarlos y atacarlos se necesitaría crear una red mundial de alerta funcionando las 24 horas del día, dotada de observatorios adecuados y con algunas instalaciones aprovisionadas con docenas de proyectiles con cabeza nuclear permanentemente dispuestos para su uso. Quizá esto ya ocurrirá cuando tenga lugar la próxima visita del cometa Swift-Tutle, de mayor tamaño que una gran montaña, que viajará a una velocidad 100 veces superior a la de una bala y que lleva adosada una energía superior a la equivalente a la suma de todos los arsenales nucleares del mundo. Evidentemente en principio sus posibilidades de colisión con la Tierra parecen pequeñas, pero en todo caso permanece un punto de inquietud ya que actualmente aún somos incapaces de localizar con suficiente antelación a una gran proporción de los NEO que se nos acercan y de cuya existencia somos conscientes cuando literalmente ya los tenemos encima y es imposible hacer nada al respecto.