Ciencia y salud

Por José Antonio Lozano Teruel

Maastricht y la ciencia europea

EL nombre de Maastricht —pequeña capital de la provincia holandesa de Limburg, con menos de doscientos mil habitantes— tras la cumbre allí celebrada quedará como un jalón importante en la azarosa historia de una Europa unida en la que todos debemos confiar que, contratiempos como el del referéndum danés, no impidan su marcha hacia la unidad

EL nombre de Maastricht —pequeña capital de la provincia holandesa de Limburg, con menos de doscientos mil habitantes— tras la cumbre allí celebrada quedará como un jalón importante en la azarosa historia de una Europa unida en la que todos debemos confiar que, contratiempos como el del referéndum danés, no impidan su marcha hacia la unidad. Indudablemente al ciudadano común le son mostrados de un modo más insistente los aspectos económicos y políticos de la concordancia, pero el papel primordial que juega la Ciencia en el mundo actual hace que la concordancia se extienda también a la política científica europea, más aún cuando si por algo se caracteriza la Ciencia es por no tener fronteras, por no ser propiedad de ningún país, ni tan siquiera de los investigadores que la producen.
 
La ciencia europea es tan antigua como la propia Ciencia, y la calidad y cantidad de investigadores e ingenieros de Europa es comparable a la de Japón y tan sólo un poco inferior, a la de Estados Unidos. Adicionalmente a que en Europa exista un maravilloso legado de castillos, catedrales, palacios y museos, una realidad más oculta —pero no menos importante para nuestro futuro— es que cuenta con un número todavía mayor de prestigiosos laboratorios de investigación que, como calidad atrae a calidad, es de esperar que a lo largo del proceso de convergencia europea vayan consiguiendo las más altas cotas de excelencia hasta alcanzar lo que en el Acta Única Europea, de 1987, modificadora del Tratado de Roma, se expresaba como el objetivo de reforzar la base científica y tecnológica europea a fin de hacer que su industria sea más competitiva a nivel internacional, articulando las acciones a través de los llamados Programas Marco plurianuales, de los que actualmente está vigente el tercero de ellos (1990-1994).
 
Los esfuerzos realizados en los últimos años han sido importantes, con convocatorias y acciones concretas, pero, a pesar de ello, del importe total invertido en Investigación y Desarrollo (I+D) en los países de la CE, tan solo un 4% se financia actualmente con fondos específicos de la Comunidad. Más aún, las tensiones y discusiones de la cumbre de diciembre en Maastricht provocaron que no se tratase con profundidad el futuro científico de Europa e, incluso, la intransigencia británica logró que se rechazase la propuesta de votar por mayoría las decisiones futuras sobre asignación de financiaciones.
 
A pesar de ello, el comisionado para I+D de la CE, el italiano Filippo Pandolfi, se muestra relativamente optimista respecto al futuro. En primer lugar, se trata de persuadir a todos los países para que inviertan más. Japón gasta el 3,5% de su PNB, Estados Unidos el 2,8% (incluyendo aspectos militares), mientras que la media de los 12 miembros de la CE es sólo del 2,1% Y no podemos dejar de señalar la paupérrima situación de España, que en 1992 invertirá menos del 1%.
 
En los próximos 5 años la disponibilidad de fondos para I+D en la CE pasará de los 2.400 millones de ecus de 1992 hasta 4.200 millones en 1997, con un recorte de algo más del 10% respecto a las previsiones hechas hace un año. ¿Cuál será la filosofía de la política científica de la Comunidad? Sin duda, la mayor atención la recibirán los proyectos cofinanciados por empresas y que ayuden a mejorar la competitividad mediante la conversión de las actividades de I+D en resultados concretos con potencialidad de generar beneficios. Los programas ya existentes se mantendrán intensificando áreas como la microelectrónica y los ordenadores de altas prestaciones, en las que la situación actual es bastante satisfactoria, y se pondrá un mayor énfasis en algunos grandes proyectos tales como la fusión termonuclear —cuyos primeros resultados positivos en el reactor Tokamat de Inglaterra han sido tan espectaculares— o el proyecto del genoma humano —donde el peso específico de USA y Japón es demasiado elevado— o aquellos relacionados con el cambio global medioambiental, ya que, en todo caso, siempre se tendrá en cuenta como criterio favorable el que las tecnologías sean respetuosas hacia el medio ambiente. Para lograr estos fines se han instituido tres grandes grupos de actividades denominadas Tecnologías Básicas, Gestión de los Recursos Naturales y Gestión de los Recursos Intelectuales. En el primer grupo gozan de prioridad las tecnologías de la información y las comunicaciones, así como las industriales y las de materiales. En el segundo la preferencia se reserva para Medio Ambiente, Ciencias y Tecnología de la Vida y Energía, mientras que el último grupo se concentra en temas de Capital y Movilidad Humanos.
 
Un comentario final se hace necesario. Si la Ciencia no tiene fronteras, ¿qué papel pueden jugar en la ciencia europea los países aún no pertenecientes a la CE? Actualmente la mayor parte de los programas y de las agencias científicas europeas están totalmente abiertas a los participantes de fuera de la Comunidad y al Consejo de Europa —del que forman parte más de una veintena de países europeos— a través del Consejo de la Asamblea de los Parlamentarios de Europa le corresponde estimular las reuniones y colaboraciones entre los respectivos ministros de Investigación de acuerdo con la Comisión de las Comunidades Europeas y la Fundación Científica Europea.