Ciencia y salud

Por José Antonio Lozano Teruel

La suerte en la ciencia

En 1754 Horace Walpole, un prolífico escritor inglés, inventaba la palabra serendipity, por el título de un cuento popular, Los tres príncipes de Serendip, quienes realizaban continuos descubrimientos a partir de hechos casuales interpretados con sagacidad

La suerte en la ciencia
En 1754 Horace Walpole, un prolífico escritor inglés, inventaba la palabra serendipity, por el título de un cuento popular, Los tres príncipes de Serendip, quienes realizaban continuos descubrimientos a partir de hechos casuales interpretados con sagacidad. Desde entonces en el mundo anglosajón serendipity es sinónimo de buena suerte para descubrir, a partir de hechos imprevistos, consecuencias valiosas utilizando razonamientos inteligentes. En castellano no contamos con palabra equivalente que tendría en caso de existir relación con suerte, fortuna, casualidad, azar, chamba o chiripa, aunque lo que sí podemos ofrecer es un ejemplo histórico sin par cuyo V Centenario estamos celebrando, como es que Cristóbal Colón buscando una ruta marítima a las Indias descubriese nada más y nada menos que el continente americano.
 
En las Ciencias son muy comunes los avances debidos a golpes de fortuna. Mark Twain escribió que el nombre del mayor de los inventores era el de ACCIDENTE, anticipándose al Premio Nobel húngaro-americano Szent-Gyórgyi: “Descubrir consiste en ver lo que todo el mundo ha visto y pensar en lo que nadie ha pensado”, o como expresó el físico americano Henry: “Las semillas de los grandes descubrimientos están flotando a nuestro alrededor constantemente, pero sólo enraízan en las mentes bien predispuestas para recibirlas”.
 
Los descubrimientos científicos accidentales con innumerables y cubren todas las especialidades. En Física son notables los hallazgos de este tipo como la radiactividad por Becquerel, los rayos X por Röntgen, las interacciones entre electricidad y magnetismo por Faraday y Orsted, la partícula subatómica mesón J/psi por Ting, hasta terminar con los premios Nobel de Física de 1987 Bednorz y Müller descubriendo la superconductividad a alta temperatura en materiales cerámicos, cuando lo que buscaban era un material totalmente no conductor.
En Química existen casos como el de la asimetría óptica por Pasteur o la obtención de sustancias como el primer colorante sintético por Reichenbarch, quien harto de que los perros de alrededor de su fábrica de creosota se orinasen sobre su cerca de madera la pintó con creosota con la esperanza de que su olor desagradable los ahuyentase. No fue así y la orina al reaccionar con la creosota dio lugar a un color azul, que debidamente investigado permitió la obtención industrial del colorante. Mecanismos también casuales fueron los que condujeron a Perkin hasta el primer colorante derivado de la anilina, base del desarrollo de la Química Orgánica en el siglo pasado, o a la obtención de los edulcorantes sacarina, dulcina, aspartame o ciclamato. Este último, cuando un químico inadvertidamente dejó que su cigarrillo se untase con un poco de un producto recién sintetizado. También la fortuna tuvo su parte en la obtención de sustancias tan comunes como el neopreno o el teflón.
Un ejemplo tecnológico. El americano Goodyear fue quien de un modo totalmente fortuito mezcló en un horno el caucho puro con azufre y óxido de plomo, dando origen al proceso de la vulcanización y a la formidable industria de los neumáticos, esencial para el desarrollo del transporte.
En Medicina, aparte del conocido caso de Fleming y la penicilina, otros ejemplos significativos son los de Galvani y la bioelectricidad nerviosa, el de Ricket y la anafilaxis, el de Bernad y la regulación nerviosa circulatoria o el de los efectos de un gran número de medicamentos. La causa de la diabetes se estableció por el fisiólogo alemán Minkowski quien, tras estimar el páncreas a un perro en el curso de sus investigaciones digestivas, observó inesperadamente que las moscas acudían en tropel a los orines de ese perro. La explicación sagaz fue que ello era debido a una acumulación del azúcar glucosa en la orina al faltar una sustancia (insulina) que normalmente se produciría en el páncreas.
No es un secreto que desde el punto de vista científico el siglo XX es en buena parte el de la Bioquímica y Biología Molecular. Dos ejemplos coinciden con fechas destacadas del nacimiento de esta Ciencia. Hasta 1824 se consideraba erróneamente que las sustancias propias de los seres vivos poseían una fuerza vital misteriosa que las hacia diferentes de las demás. Por aquel entonces algunos investigadores habían cristalizado un polvo blanco, cianato amónico, procedente del líquido de la mezcla de cianato de plata con cloruro amónico, pero sólo Wöhler se atrevió a pensar que se trataba de la misma sustancia, urea, que se encontraba en la orina humana. Como Liebig expresaba años después, la extraordinaria y de algún modo inexplicable producción de la urea sin la asistencia de funciones vitales, por lo que debemos gratitud a Wóhler, debe considerarse como un descubrimiento que dio lugar a una nueva era científica. En otra fecha, 1898, los hermanos Büchner usaron un jugo de levaduras (sin células), enriquecido con azúcar para usos terapéuticos en caballos. Observaron una transformación al añadir el azúcar al jugo, deduciendo que se debía a la acción de catalizadores biológicos, conocidos actualmente como enzimas, que podían actuar en el laboratorio igual que en la Naturaleza, sin necesidad de estructuras vivas.
Por tanto, en Ciencia es evidente que quien sólo ve lo que es esperable y considera lo inesperado como erróneo, nunca hará descubrimientos relevantes, y por otra parte que la intuición aliada a la inteligencia es el factor determinante de muchos de los hallazgos importantes.