Ciencia y salud

Por José Antonio Lozano Teruel

Ecología y biotecnología

Ya existen súper ratones y ovicabras; vacas y bacterias actuando de factorías farmacéuticas; plantas con genes resistentes a agentes perjudiciales; en el año 2000 el 20% de la producción agrícola mundial será biotecnológica; y prácticamente poseemos el conocimiento y tecnologías precisos para la manipulación genética y la modificación de la naturaleza de los seres vivos, entre ellos el hombre

Ya existen súper ratones y ovicabras; vacas y bacterias actuando de factorías farmacéuticas; plantas con genes resistentes a agentes perjudiciales; en el año 2000 el 20% de la producción agrícola mundial será biotecnológica; y prácticamente poseemos el conocimiento y tecnologías precisos para la manipulación genética y la modificación de la naturaleza de los seres vivos, entre ellos el hombre. Por otra parte, nuestra biosfera se nos ofrece cada vez más débil y sensible a los ataques producidos por la propia acción humana. 
 
Por ello ecología y biotecnología son términos científicos que tienden a considerarse contrapuestos y en varios países se ha puesto en marcha un movimiento antibiotec, o cruzada anti biotecnológica, abogando por un boicot contra los productos de esa índole, consiguiendo la adhesión de unos 3000 profesionales del sector gastronómico y agroalimentario que han acordado no comprar, preparar o servir alimentos derivados de la aplicación de estas tecnologías. Lo ecológico lo relacionamos con lo natural, con la defensa del medio ambiente y de los recursos naturales. Por el contrario, la biotecnología nos hace imaginar un mundo de inquietantes posibilidades, capaz de trastocar los patrimonios genéticos de los seres vivos y de conducir a situaciones fuera de control. El debate entre ecología y biotecnología es tanto más interesante por cuanto en la actualidad existe una clara conciencia en las sociedades avanzadas de dar prioridad política a la conservación del medio ambiente, a la vez que sucede que la biotecnología como producción de bienes y servicios a partir del potencial de los seres vivos está penetrando en una gran variedad de sectores que van a revolucionar los modos tradicionales de nuestra  existencia  y  de nuestro  entorno  relacionados  con  la Medicina,  Veterinaria, Agricultura, Industria, etc. La propia Comunidad Europea ha promovido una discusión sobre estos temas a través de sus programas FAST 1, FAST 2 o el más reciente STOA (Scientific and Technological Options Assesment).
 
El bioquímico Dr. Emilio Muñoz hasta no hace mucho fue presidente del CSIC y actualmente es investigador del Instituto de Estudios Sociales Avanzados, donde trabaja en el desarrollo de proyectos relativos a la dimensión socioeconómica y a las implicaciones éticas y jurídicas de los avances científicos y tecnológicos en el ámbito biológico. Con motivo de la reciente celebración en Peñíscola de la VII Biennial of Society for Philosophy and Technology y del Congreso Internacional sobre Ciencia y Tecnología, el profesor Muñoz presentó un lúcido documento de trabajo, que merece ser comentado, titulado Biotecnología, Medio Ambiente y Sociedad, que trataba de algunos extremos relativos a la desconfianza social de ciertos colectivos hacia el tecnocientifismo.
 
Las actuales técnicas genéticas moleculares posibilitan superar los mecanismos genéticos naturales y transferir material genético funcional desde unos organismos a otros, animales, plantas, o microorganismos, lo que conlleva de inmediato una amplia lista de riesgos. Entre los considerables como imaginarios se situarían la creación de nuevos organismos peligrosos, monstruos o microorganismos infectantes con toxinas potentísimas, pero prescindiremos de su consideración ya que no es previsible que ello ocurra si actúan mínimamente los adecuados controles sociales. Entre los riesgos considerables propios un ejemplo sería, en el campo agrícola, el que un gen introducido para un efecto beneficioso, como puede ser el de codificar moléculas antiplagas, produjese sustancias nocivas para los animales o humanos que consuman esos vegetales. La Sociedad Ecológica de América ha alertado, entre otros peligros, sobre la creación de nuevas plagas desconocidas, el daño a especies distintas de las perseguidas y los efectos destructores sobre los actuales ecosistemas. 
 
Quizá un ejemplo sea más significativo: en peces y concretamente en carpas se han podido introducir dos genes, uno codificador de la hormona del crecimiento (carpas más grandes) y otro productor de una proteína anti congelación (supervivencia en aguas frías). Si un pez así perfeccionado se introdujese en un entorno natural lo lógico es que provocase inmediatamente la alteración del equilibrio de las poblaciones nativas en desventaja. Otros tipos diferentes de problemas asociados al desarrollo biotecnológico son las derivaciones socioeconómicas creadas al dejar de ser necesarias las condiciones ambientales precisas para fabricar un producto si éste se puede obtener biotecnológicamente. Ello repercutirá en los países de tecnología más débil, los del Tercer Mundo, ya que, si suponemos que, por ejemplo, en Francia tiene éxito el desarrollo de cultivos para producir goma arábiga, ello conduciría inmediatamente a una gran crisis en el Sudán, donde esta sustancia es la segunda fuente de divisas.
 
Hemos examinado una cara de la moneda. ¿Existe la otra? En primer lugar, hay que afirmar que todo avance científico comporta riesgos, todo conocimiento posee una potencialidad para lo bueno y para lo malo. Basta considerar los descubrimientos del fuego, los explosivos, los miles de productos originados con motivo de la segunda revolución industrial e incluso las mejores medicinas: han ocasionado confort, pero también tragedias. El componente de riesgo se puede y debe minimizar, pero no anular. Más aún, una postura extremadamente  conservadora  de preferir  sólo lo  que ya existe  hubiese  hecho imposible en su día logros biotecnológicos  tan clásicos como la producción  de vino, cerveza, yogur, queso, pan o ciertos medicamentos e, incluso, impediría en los humanos luchar terapéuticamente  contra los agentes patológicos  infecciosos en loor de un sentimiento ecológico llevado al límite. Por otra parte, la evaluación de los riesgos debe hacerse de modo objetivo. Por ejemplo, ¿duda alguien del daño al medio ambiente, del poder contaminante y de la capacidad mortífera de los automóviles? Sin embargo, no podemos sustraemos a que vivimos en un mundo tecnológico que nos condiciona importantemente. En cuanto a otros peligros como los de hipotéticas nuevas armas biológicas, ¿podemos ignorar la existencia de las ya existentes, difícilmente superables, como la toxina del botulismo, las neurotoxinas de las serpientes o la acción de algunos virus como el del SIDA? Respecto a nuestra biosfera, en sí misma no es invariable y aunque el hombre debe impedir que se dañe, no olvidemos que la evolución y el cambio son características inseparables de la materia viva.
 
Por todo ello, parecen lógicas las preocupaciones suscitadas, pero es inadecuado combatir el progreso con la invocación constante a riesgos indeterminados. En resumen, y de acuerdo con el profesor Muñoz, ello obliga a insistir en la necesidad de un debate amplio, integrador, científico, multidisciplinar, y de gran calado social para alcanzar las conclusiones más razonables, de forma que no creemos con una defensa a ultranza, no racional, del medio ambiente, reacciones que marquen otra vez cambios pendulares, en los que el hombre, animal testarudo si los hay, tropieza siempre regularmente.
 
Información adicional
* Hace más de 25 años que se obtuvieron células híbridas ratón-humanas, portadoras de información genética de las dos procedencias, que demostraron poseer gran utilidad para la realización de análisis genéticos.
 
*Fue hace 20 años cuando investigadores de las Facultades de Medicina de Stanford y San Francisco fueron capaces de realizar la primera transferencia de ADN plasmídico desde un organismo a otro, específicamente entre dos bacterias.
 
* Los informes Berg(1974) y Ashby(1975) alertaron sobre los peligros de la ingeniería genética e insistieron en la necesidad de que los valores sociales de la comunidad se incorporaran a las decisiones de la política científica. En 1975 se convocó la primera gran reunión al respecto, la Conferencia de Asilomar en California, en la que participaron científicos americanos y del resto del mundo así como expertos en ética, derecho y administración de la ciencia.