Ciencia y salud

Por José Antonio Lozano Teruel

Inicio de la terapia genética

Posiblemente 1990 figure en la historia de la medicina como el año en que se autorizó la realización del primer intento de terapia genética en pacientes afectados por alguna de los miles de alteraciones genéticas que conducen a patologías, frecuentemente graves, que solo en algunas ocasiones son eficazmente solucionables a través de tratamientos dietéticos y/o farmacológicos

Posiblemente 1990 figure en la historia de la medicina como el año en que se autorizó la realización del primer intento de terapia genética en pacientes afectados por alguna de los miles de alteraciones genéticas que conducen a patologías, frecuentemente graves, que solo en algunas ocasiones son eficazmente solucionables a través de tratamientos dietéticos y/o farmacológicos. En todo caso, y para no levantar falsas esperanzas, hay que señalar que el uso práctico y generalizado de la terapia genética no tiene aún una fecha previsible en el horizonte y tan solo nos cabe el recurso de admirarnos ante la rapidez con que transcurren los avances en este campo.
 
Nos vamos a referir en primer lugar a la fibrosis quística, enfermedad hereditaria fatal y relativamente frecuente. Una de cada 25 personas caucasianas es portadora del gen defectuoso y la sufren 1 de cada 2.500 recién nacidos. En 1985 se descubrió que el gen responsable de la enfermedad se localizaba en el cromosoma 7. En septiembre de 1989 se anunció la identificación precisa del gen, así como la naturaleza de las mutaciones responsables de la mayor parte de los casos patológicos. Un año después, hace pocas semanas, dos grupos independientes han sido capaces de corregir en cultivos in vitro células defectuosas del gen, usando técnicas de transfección genética. También se ha caracterizado cuál es la proteína codificada por el gen: el regulador de conductancia transmembrana de la fibrosis quística.
 
Todo ello hace que, por una parte, se avance en las técnicas diagnosticas de portadores y prenatales y, por otra parte, empiece a dejar de ser un sueño la posibilidad de introducir genes normales en las células pulmonares de los pacientes de fibrosis quística con el fin de corregir su susceptibilidad fatal.
 
Otra enfermedad genética que afecta a un número elevado de población es la neurofibromatosis de tipo I, asociada popular y erróneamente con la enfermedad del "hombre elefante". La enfermedad se caracteriza por manchas en la piel ("manchas café con leche"), tumores en la piel, en los nervios, así como por deformidades esqueléticas. En 1987 una organización británica, la LINK, organizó una reunión internacional para tratar sobre el tema. Menos de dos años después, la Fundación Nacional de la Neurofibromatosis de Estados Unidos puso en marcha un programa para intentar el diagnóstico prenatal, tras localizarse el gen en una zona del cromosoma 17 y obtenerse unas sondas genéticas capaces de diagnosticar la enfermedad con una seguridad del 97-98%. Recientemente se ha mapeado y clonado el gen, de un gran tamaño y con un alto índice de mutaciones, y aunque las consecuencias prácticas clínicas sean aun inciertas, sin duda este hecho constituye un paso importante en la comprensión de la enfermedad.
 
Y, por último, una referencia a otra enfermedad, la osteoartritis, que es un proceso degenerativo de las articulaciones que acompaña usualmente al proceso de envejecimiento. Hasta ahora se pensaba que el cartílago que protege las articulaciones se deterioraba por el uso o por algún motivo accidental, con lo cual quedaba desprotegida la estructura ósea. Hasta un 5% de la población puede sufrir la enfermedad en una escala amplia de gravedad. A principios del pasado mes de septiembre, en la prestigiosa revista Proceeding of the National Academy of Sciences, un grupo de investigadores ha presentado evidencias de la relación de la osteoartritis con un defecto genético, precisamente con el gen que codifica la producción del colageno II, que es uno de los componentes estructurales del cartílago, por lo que de algún modo ello ocasionaría la producción de un colágeno defectuoso.
 
Aún no se tienen datos sobre el porcentaje o tipos de osteoartritis que tienen causa genética, ni siquiera sobre la naturaleza y número de las mutaciones producidas en el gen, ni sobre si existen factores de riesgo desencadenantes de tales mutaciones, aunque en otros casos si está claramente establecido que la osteoartritis se puede producir como consecuencia de una sesión atlética o de una condición traumática.
 
De todos modos, este nuevo y reciente ejemplo de causalidad genética nos confirma nuevamente el gran camino que queda por recorrer para conocer la etiología correcta de las enfermedades y cómo —cada vez es
mayor proporción— muchas de ellas tienen componentes genéticos en sus causas y/o en la susceptibilidad respecto a su aparición.