Ciencia y salud

Por José Antonio Lozano Teruel

La terapia genética humana en 1992

El gran científico y premio Nobel de Medicina Paul Berg, tras el descubrimiento de las enzimas de restricción, capaces de seccionar el material genético específicamente indicaba, en 1971, que a partir de entonces las enzimas proporcionarán al genetista instrumentos quirúrgicos, bisturí y suturas para disecar y reconstruir estructuras genéticas

El gran científico y premio Nobel de Medicina Paul Berg, tras el descubrimiento de las enzimas de restricción, capaces de seccionar el material genético específicamente indicaba, en 1971, que a partir de entonces las enzimas proporcionarán al genetista instrumentos quirúrgicos, bisturí y suturas para disecar y reconstruir estructuras genéticas. Esta frase tuvo su primera traducción práctica en forma de terapia humana hace algo más de un año cuando, en los Estados Unidos, se realizaron las dos primera sustituciones genéticas de genes defectuosos en humanos. 
 
Lo que era un sueño utópico había comenzado a hacerse una realidad, abriendo nuevas perspectivas para miles de enfermedades genéticas sin adecuado tratamiento. Además, no sólo se vislumbra como posible la sustitución de genes (terapia genética) sino la introducción de genes (terapia con genes) a fin de producir sustancias en el paciente que ayuden a luchar contra otras enfermedades graves, como algunas infecciosas, tumorales, etc.
 
Como ocurre siempre que comienza a recorrerse un nuevo camino, las dificultades e incertidumbres son todavía muy grandes, no conociéndose con precisión los múltiples condicionamientos que harán que un determinado intento sea un éxito o un fracaso. Pero los inicios han sido suficientemente positivos como para que en los Estados Unidos se haya dado luz verde para realizar una quincena de actuaciones genéticas diferentes, en las que se usarán las modernas técnicas de la Biología molecular para aislar alguno de los genes humanos ya identificados, entre los presumibles cerca de cien mil que tenemos. Estos genes pueden unirse a vectores adecuados, usualmente virus específicos no patógenos, y de esta forma se introducen en el paciente carente o defectuoso del gen, selectivamente en el sistema sanguíneo, hígado, etc., donde el gen se incorpora a las células correspondientes y se expresa dando lugar a la producción de la proteína o enzima cuyo funcionamiento era inadecuado.
 
Los primeros intentos de terapia genética se han realizado sobre dos enfermos con deficiencia en el gen ADA (adenosin deaminasa), alteración poco frecuente, pero de gran gravedad, que acumula el metabolito 2'-desoxiadenosina, tóxico para los linfocitos T y B cuya participación es esencial para que funcione bien nuestro sistema inmunológico, por lo que su fallo (recuérdese a los niños burbuja) conduce fácilmente a efectos letales, ya que es difícil encontrar donantes de médula ósea compatibles. El proceso consistió en extraer a los enfermos buena parte de sus linfocitos, que se trataron entonces con un vector portador del gen humano ADA, tras cuya corrección genética se utilizaron para realizar las infusiones periódicas de los mismos. La situación general inmunológica de los pacientes mejoró rápidamente, su contenido enzimático en adenosin deaminasa se multiplicó por 10 pasando del 2% al 20% del normal y el temor de que los linfocitos T corregidos reintroducidos tuviesen una vida corta, afortunadamente no se ha confirmado, por lo menos en periodos de hasta seis meses.
 
La aprobación o permiso para este tipo de terapias se hace en los Estados Unidos pasando varios estrictos controles del RAC (Recombinant DNA Advisory Comittee) y del FDA (Food and Drug Administration). Entre los aprobados para su realización hay cinco que persiguen marcar genéticamente a células con un gen fácilmente reconocible, a fin de usar después esas células y comprobar qué ocurre con ellas, por ejemplo, con células hepáticas cultivadas que se introducirán y fijarán en el hígado de pacientes con fallo hepático agudo, permitiendo seguir el curso del proceso. Entre las 8 experiencias distintas previstas de auténtica terapia genética, una muy prometedora será la de tratar a pacientes con deficiencia en receptores celulares de las lipoproteínas de baja densidad, en los que su metabolismo es defectuoso y se producen concentraciones muy altas del colesterol unido a esas lipoproteínas, con las consiguientes graves complicaciones cardiovasculares. Para corregirlo se intentará introducir el gen codificador de esos receptores celulares. En otros casos se buscará introducir genes, como el TNF (factor de la necrosis tumoral) o el de la interleucina II, que sean capaces se estimular las defensas inmunológicas contra algunas formas de cáncer, SIDA y otras enfermedades.
 
Aún no están dominadas muchas dificultades por lo que hay que ser prudentes. Entre ellas no son las menores las derivadas del uso de virus como vectores genéticos, ya que entre los aspectos preocupantes de los retrovirus utilizados están su incapacidad de infectar células que no estén en estado de división, lo que limita su uso, o el peligro de su mutagénesis potencial que podría convertirlos en peligrosos. Otro tipo de virus utilizados, adenovirus, tiene ventajas (poder introducir genes mayores) y desventajas (no se integran en el cromosoma de la célula huésped). Por ello se contemplan con interés intentos como el de transferir genes usando métodos físicos alternativos, tales como liposomas específicos o la unión del gen con una proteína transportadora (ejemplo: gen del factor sanguíneo IX con la proteína transferrina) que es reconocida por receptores celulares de las células en las que se desea insertar el gen.
 
Este nuevo campo de la Medicina es presumible que evolucione con gran rapidez. Basta señalar como ejemplo que, hasta hace muy pocos años, se desconocía la localización cromosómica del gen causante de la grave enfermedad fibrosis quística, que afecta a uno de cada 3.500 niños nacidos. De una forma vertiginosa ha tenido lugar la localización del gen, su aislamiento, la identificación de su producto (el regulador transmembrana de conductancia), la donación del gen humano e incluso el éxito de su transferencia, mediante instilación intratraqueal, al epitelio aéreo de ratas de experimentación. Como es lógico, las experiencias con humanos están previstas de un modo inmediato.