Ciencia y salud

Por José Antonio Lozano Teruel

Cáncer, dieta y antioxidantes

Datos con fiabilidad estadística de la Organización Mundial de la Salud, referentes a 20 países, indican que la mortalidad debida al cáncer alcanza ya cifras próximas a los 200 varones y a las 150 hembras por año y por cien mil personas

Datos con fiabilidad estadística de la Organización Mundial de la Salud, referentes a 20 países, indican que la mortalidad debida al cáncer alcanza ya cifras próximas a los 200 varones y a las 150 hembras por año y por cien mil personas. Se calcula en los Estados Unidos que hasta un 30% de la población desarrollará en su vida algún tipo de cáncer y que los costos de tratamiento suman un 10% de todos los gastos sanitarios.
 
El nombre de cáncer se da a un grupo de enfermedades de origen y características diferentes, pero con un hecho común: el crecimiento incontrolado y la diseminación de células anormales en un camino en que se distinguen las etapas de iniciación, promoción y progresión. El efecto de factores externos se puede asociar a la existencia de predisposiciones hereditarias, dando lugar a la iniciación de un proceso frente al cual la respuesta inmunológica puede no ser enteramente eficaz.
 
La existencia de sustancias carcinogénicas y anticarcinogénicas está muy documentada, pudiendo ser de carácter ambiental o incluso estar presentes en nuestra alimentación. Existen cálculos respecto a que del 70 al 80% de todos los cánceres humanos se inducen ambientalmente pudiendo tener su causa en la dieta hasta 30-40% del total. Por ello es de gran interés conocer los mecanismos mediante los cuales nuestros hábitos alimenticios llegan a afectar la promoción o evitación de algunos cánceres.
 
La importancia del tema ha hecho que el Instituto Nacional del Cáncer de USA haya financiado varias decenas de investigaciones en prestigiosos centros universitarios y hospitalarios, encaminadas a establecer si diversas sustancias antioxidantes componentes de ciertos alimentos (vitamina C, vitamina E, betacarotenos, selenio, etc.) pueden ejercer una acción inhibitoria en los tipos de cáncer estudiados: colon, esófago, recto, pulmón, piel, etc. La hipótesis de trabajo se basa en dos premisas. Por un lado, aparte de otras funciones menos desfavorables, los llamados radicales libres están implicados en la iniciación y promoción de muchos procesos de malignización. Se trata de derivados inestables del oxígeno, presentes u ocasionados por el metabolismo de ciertas sustancias, radiaciones, humo del tabaco, etc. y aunque sus efectos son variados, fundamentalmente dañan las membranas celulares alterando sus funciones, lo cual es tanto más pernicioso cuando por la edad u otras circunstancias las personas tienen disminuidos sus sistemas inmunológicos de defensa que usualmente destruirían las células anormales. La segunda premisa es que los organismos poseen un arsenal de armas para la lucha contra esos radicales libres, incluyendo a enzimas como la superóxiclo dismutasa, la provitamina A en los betacarotenos (zanahoria, tomates, vegetales), la vitamina liposoluble E (aceites vegetales, frutos secos, germen de granos), la vitamina C (cítricos, verduras, vegetales) o incluso metales como el selenio (cereales, pescado, riñón), necesario para que la enzima glutatión peroxidasa destruya a peróxidos peligrosos.
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En investigaciones utilizando células cultivadas y animales de experimentación, todos estos antioxidantes han actuado como anticarcinogénicos, reduciendo la incidencia y crecimiento de los tumores inducidos en diversas condiciones. Por ejemplo, los nitritos presentes en ahumados, salazones embutidos, etc., pueden formar en el estómago nitrosaminas peligrosas, lo cual es evitado por los antioxidantes. Asimismo, la vitamina E fue capaz de reducir, en un sistema experimental, hasta el 50% de la incidencia del cáncer de piel producido por la irradiación ultravioleta y algo análogo. ocurre con la mezcla de vitamina E y selenio respecto a la inducción experimental del cáncer de mama.
 
¿Y qué sucede en los humanos? Aunque los datos epidemiológicos existentes son escasos (sólo unas decenas de investigaciones), en general los resultados sugieren que los antioxidantes de los que tratamos disminuyen las incidencias de cánceres, ya que los riesgos de contraer diversos tipos fatales de cáncer son estadísticamente superiores (a veces, el factor multiplicador es superior a 10) para las personas que por sus hábitos alimenticios poseen una menor concentración de algunos de esos antioxidandantes respecto a aquellas otras personas cuya dieta es rica en fibras, frutas, vegetales, etc. Adicionalmente, otras investigaciones recientes indican que, específicamente, el betacaroteno puede dificultar la aparición del cáncer del pulmón de los fumadores.  
 
Tendría un carácter más especulativo discutir el papel de estos antioxidantes en los tratamientos de los cánceres ya establecidos. Por ello, hoy día la recomendación más valiosa en términos prácticos será la de adaptarnos lo más posible a la denominada dieta mediterránea, rica en frutas, verduras, aceites vegetales y pescado, a fin de aproximarnos a las relativamente altas ingestas diarias de estos antioxidantes que científicos como Watson y Leonard recomiendan para que tenga lugar su efecto preventivo: 200-800 unidades internacionales para la vitamina E, 12.500 para vitamina A, un milígramo de vitamina e o 50 milicentígramos de selenio.