Ciencia y salud

Por José Antonio Lozano Teruel

Medicamentos asesinos

Naproxyn es un analgésico antiinflamatorio no hormonal que, al igual que el Feldene, se utiliza ampliamente como medicamento en el tratamiento de procesos artríticos

Naproxyn es un analgésico antiinflamatorio no hormonal que, al igual que el Feldene, se utiliza ampliamente como medicamento en el tratamiento de procesos artríticos. El Zantac, un antihistamínico a base del principio activo ranitidina, es posiblemente uno de los antiulcerosos más vendidos del mundo, mientras que otro antiulceroso muy popular, el Tagamet, contiene cimetidina. Dentro de los agentes anti infecciosos más conocidos se cuentan el Septrin, un bactericida de carácter sulfamídico; el Lincocín, antibiótico a base de lincomicina, usado en enfermedades del tracto respiratorio; el Pipril, que es un preparado de penicilina sintética para infecciones respiratorias y genitourinarias, o el Ceclor, que es un antibiótico cefalosporínico de amplio espectro bacteriano. Por otra parte el Selokeen es un beta-1-bloqueante de gran actividad antihipertensora y el Eugluon es un hipoglucemiante antidiabético oral muy efectivo. La Adriamicina es un antileucémico y el Ventolín un inhalador antiasmático muy divulgado.
 
Indudablemente todos ellos son excelentes medicamentos, pero ¿qué tienen de común entre sí y con otras docenas de diferentes preparados que también podríamos haber nombrado? Su característica común es que todos han sido objeto de importantes falsificaciones recientes por fabricantes fraudulentos que los han distribuido en numerosos países, con lo que el resultado ha sido que, en algunos casos, no solamente no han servido para curar, sino que han causado la muerte a centenares de personas.
 
La falsificación de medicamentos puede suponer a nivel mundial cientos de miles de millones de pesetas anuales de ganancias ilícitas, aunque las potentes compañías farmacéuticas multinacionales no desean que se airee mucho el problema debido a que piensan que ello podría repercutir negativamente en la venta de sus productos, sobre todo de los más falsificados. Por esta razón prefieren gastar millones de dólares en detectives especializados y en acciones legales contra los presuntos autores de los fraudes. En otras ocasiones simplemente varían la presentación de los preparados para dificultar a los defraudadores, cambiando, por ejemplo, la forma de los comprimidos desde la redonda habitual hasta otra más sofisticada y difícil de imitar.
 
La razón última de la existencia del fraude es su alta rentabilidad económica. Las firmas farmacéuticas importantes pueden llegar a gastar en investigación, ensayos y gestiones más de diez mil millones de pesetas antes de que un nuevo producto se lance al mercado. Si a estos costos previos se les suman los importes de la producción y del beneficio, no resultará extraño que el precio de venta al público pueda ser a veces de un orden 20 veces superior a lo que cuesta fabricar ilegalmente el producto.
 
¿Cómo se hacen las falsificaciones? Existen mecanismos diferentes, pero el más común puede consistir en realizar la producción en países como India y Tailandia, que no reconocen la legislación internacional sobre patentes. Turquía y Singapur son también lugares de gran actividad fraudulenta, y las instalaciones necesarias pueden ser relativamente sencillas, a veces son incluso móviles, colocadas en embarcaciones especializadas. Desde los lugares de producción, los componentes farmacéuticos básicos, o los productos ya acabados con presentación falsificada imitadora de la original, se remiten a través de intermediarios a otros países diferentes, donde adquiridos por grandes compañías distribuidoras se revenden a precios bajos, muchas veces en países del Tercer Mundo. El ejemplo de Nigeria puede ser significativo, ya que más del 25% de las medicinas vendidas allí proceden del mercado de la falsificación.
 
Sin embargo, el esquema no siempre es tan simple. Se han descubierto fabricaciones fraudulentas muy importantes en países como Grecia, Argentina, Italia, Francia e incluso EE.UU. Respecto a España se sabe que en la primera mitad de la década de los ochenta se fabricaron en Barcelona y en algún lugar de Guatemala más de un millón de cajas falsas de Ovulén-21, un anticonceptivo oral. Se enviaron a Panamá y desde allí, a través de Miami, se situaron en muchas ciudades americanas, pasando de un precio original cercano a un dólar hasta uno final superior a los diez dólares. Como el producto que contenía era muy de baja eficacia, es de suponer que debieron de producirse miles de embarazos no deseados. En el caso reciente del antihistamínico antiulceroso Zantac, la historia reconstruida condujo a que las materias primas procedían de Turquía y Singapur, se convirtieron en producto falsificado en Grecia y, desde allí, fueron vendidas a una importante empresa suiza de nombre Rodion, que a su vez sirvió de suministradora a una gran casa distribuidora de Amsterdam, de nombre Pharmacia.
 
Las consecuencias de una consciente o inconsciente mala elaboración del medicamento durante su fabricación fraudulenta pueden ser fatales. En Nigeria, un paracetamol, de parecidas indicaciones que la aspirina, pero que había sido fabricado usando disolventes industriales impuros ha producido la muerte a centenares de niños de edades comprendidas entre 6 meses y 6 años. En México se descubrió un preparado antiquemaduras conteniendo residuos infectivos, así como un antibiótico diluido con agua sucia. En EE.UU. un antiartrítico consistió en un azúcar mezclado con aspirina, y en Europa se comercializaron a través de las farmacias en algunos países y se usaron en hospitales millones de dosis de una medicina cardíaca conteniendo menos de la mitad del principio activo que poseía el original genuino. El Lexinol, que es un antibiótico muy popular en Suiza, se fabrica en Tailandia por al menos 40 competidores ilegales. Aunque los ejemplos podrían multiplicarse, las magnitudes que puede alcanzar el fraude son evidentes: basta citar el hecho de que un solo empresario falsificador llegó a ofrecer una operación de venta por importe de más de cincuenta mil millones de pesetas cubriendo varios millones de envases de productos de nombres muy conocidos.
 
¿Qué medidas se pueden tomar ante esta situación? Indudablemente las de endurecer y hacer cumplir las normas legales que conduzcan a conocer el origen de cada medicamento y que impidan su incontrolado tráfico entre países. En las discusiones del Acuerdo General sobre Tarifas y Comercio, la presión internacional posiblemente conseguirá que en un breve plazo de tiempo todos los países respeten lo establecido. Tailandia ha prometido para 1992 una nueva legislación sobre patentes. En EE.UU. se ha prohibido reimportar medicamentos, revender los donados previamente y sobre todo se exige a los comerciantes intermediarios una documentación precisa y detallada que garantice la legalidad de sus operaciones. En todo caso estamos ante un tipo de delincuencia que atenta no solamente contra los intereses económicos, sino contra la salud de los ciudadanos y tan sólo una decidida lucha colaborativa internacional será eficaz para conseguir su erradicación.