Ciencia y salud

Por José Antonio Lozano Teruel

Viejos y nuevos antibióticos

Ha sido 1991 un año en el que ha pasado relativamente desapercibido un aniversario que, sin embargo, constituyó un hito en la lucha de la humanidad contra la enfermedad: hace 50 años tuvo lugar la primera constatación de que un antibiótico fuese eficaz en un ser humano

Viejos y nuevos antibióticos
Ha sido 1991 un año en el que ha pasado relativamente desapercibido un aniversario que, sin embargo, constituyó un hito en la lucha de la humanidad contra la enfermedad: hace 50 años tuvo lugar la primera constatación de que un antibiótico fuese eficaz en un ser humano. Con ello iniciaba la Medicina una andadura que ha salvado y salvará a millones de personas de la enfermedad y de la muerte.
 
Ya en 1890 el bacteriólogo Freudenreich había descubierto que los bacilos piociánicos producían una sustancia capaz de destruir a ciertas bacterias. Al producto se le dio el nombre de piocianasa e incluso llegó a utilizarse clínicamente, aunque pronto se relegó al olvido debido a algunos de sus efectos tóxicos sobre las células sanas. Y hace 100 años, en 1891, el micólogo alemán Wehner comprobó y publicó que los mohos de penicillium luteum segregaban una sustancia destructora de otras especies de hongos, pero no se le ocurrió experimentar sobre bacterias patógenas. Si lo hubiese hecho, a Wehner le hubiera correspondido, con muchos años de anticipación, la gloria de Alexander Fleming por el descubrimiento  de lo que se llamó el medicamento del siglo.
 
En efecto, fue en septiembre de 1928 cuando Fleming observó una contaminación casual en sus cultivos de bacterias y en lugar de tirarlos, se puso a investigarlos. Esto le llevó a descubrir que el hongo penicillium producía una sustancia, la penicilina, que destruía, en los medios de cultivo, a los microorganismos causantes del antrax, el tétanos, la difteria, etc. Sin embargo, sus resultados apenas encontraron eco en la comunidad científica durante algún tiempo. Afortunadamente para el mundo, el bioquímico Chain, un ruso-alemán judío, se había trasladado a Oxford huyendo de Hitler y allí conoció los datos de Fleming y se dedicó a producir y purificar penicilina, de modo que, en el verano de 1940, ya pudo realizar sus primeros experimentos sobre ratones y algunos meses más tarde, en febrero de 1941, un policía fue el primer paciente humano en el que se comprobó su acción beneficiosa. Tras cortarse fortuitamente con su navaja al afeitarse, el policía había contraído una gravísima infección por la que se encontraba a punto de morir. Entonces se le suministró penicilina y el resultado fue espectacular, pero tras los dos primeros días se agotaron las existencias de penicilina y, con desesperación, los médicos asistieron, impotentes, al desarrollo de una recaída mortal.
 
La dosis diaria de penicilina resultaba tan cara, unos mil dólares, que en otros laboratorios, como el del Dr. Coghill en Peoría (USA), se interesaron por encontrar otras fuentes de mohos alternativas, lo que ocurrió en el verano de 1942 cuando una de las colaboradoras se llevó al laboratorio un melón estropeado que había tirado un vendedor, descubriendo así que el penicillium chrysogerzurn del melón podrido producía penicilina de un modo 400 veces mejor que el sistema ya utilizado, con lo que pocos meses después se fabricaba la penicilina necesaria para tratar los millones de heridas producidas a los soldados de la segunda guerra mundial. Sin embargo, la disponibilidad del antibiótico no era suficiente para su uso civil y el propio Fleming se encontró con enormes dificultades para poder tratar a un amigo suyo enfermo de meningitis. Para resolver el problema fue decisivo un editorial del prestigioso periódico Times exigiendo una rápida y masiva producción.
 
Comenzó a partir de entonces la era de los antibióticos investigándose centenares de miles de cepas, encontrando más de dos mil antibióticos naturales, de ellos casi un centenar con interés práctico, obteniendo millares y millares de tipo sintético o semisintético, de los que sólo uno  de cada diez mil consigue tener efectos útiles, ya que han de actuar específicamente sobre los microorganismos patógenos sin afectar notablemente a las células humanas, impidiendo selectivamente que tengan lugar algunos de los pasos que se relacionan con el metabolismo de los microorganismos invasores.
 
Los antibióticos más importantes pertenecen a tres grandes grupos. La penicilina y las cefalosporinas se incluyen dentro de uno de ellos, los betalactámicos, inhibidores de la síntesis de las paredes bacterianas. Actualmente los químicos, verdaderos arquitectos moleculares, suprimiendo e introduciendo átomos y grupos en las moléculas, están consiguiendo grandes avances en todos los grupos de antibióticos, buscando el ideal de uno que se suministre de un modo sencillo, a dosis pequeñas, tolerable, absorbible fácilmente, que no induzca resistencias en los microorganismos, que posea un amplio espectro de acción y estabilidad frente a diversos ambientes químicos y que alcance a los diversos órganos y tejidos sin efectos laterales, etc.
 
Aunque el éxito no sea total, a veces se acerca bastante. En el XX Curso Intensivo sobre Antibioticoterapia celebrado este año en Barcelona, se presentó una de estas nuevas y eficaces moléculas antibióticas betalactámicas, la cefixina, comercializada por Merck. La molécula posee características químicas que hacen posible una sola toma diaria oral de 400 mg. con buena absorción, actividad frente a una amplia gama de microorganismos, accesibilidad a casi todos los órganos y tejidos, resistencia a medios químicos adversos (jugo gástrico, alcalinizantes, otras sustancias), eliminándose no sólo por vía renal sino también biliar, por lo que es mayor su utilidad. Pero el principal éxito de los investigadores es que la molécula es 3-4 veces más resistente que la de otros antibióticos semejantes frente a la acción de enzimas destructoras, betalactamasas, que producen los microorganismos para destruir a los antibióticos que los atacan. Sin duda este es sólo un ejemplo, entre muchos, de los logros de las investigaciones en el diseño de nuevos fármacos en las que colaboran químicos, bioquímicos, farmacólogos, biólogos moleculares, microbiólogos, etc.