Ciencia y salud

Por José Antonio Lozano Teruel

Impactos cósmicos sobre la Tierra

El papel que los cataclismos cósmicos han tenido sobre la historia de nuestro planeta ha sido objeto de intensas discusiones desde que fue conocida su existencia. Incluso ya en el siglo XVIII se buscaron explicaciones de ese tipo para interpretar algunas de las narraciones del Antiguo Testamento

El papel que los cataclismos cósmicos han tenido sobre la historia de nuestro planeta ha sido objeto de intensas discusiones desde que fue conocida su existencia. Incluso ya en el siglo XVIII se buscaron explicaciones de ese tipo para interpretar algunas de las narraciones del Antiguo Testamento. Pero los científicos tienden a adaptarse a un orden natural como el propugnado por Hutton y Lyell, a finales del siglo XVIII y principios del XIX, el denominado uniformetarianismo, es decir, que los acontecimientos del pasado y del futuro no deben diferir mucho de los que usualmente nos encontramos a lo largo de una vida humana. Acorde con ello, desde Darwin, la mayoría de los paleontólogos han aceptado que la adaptación de los organismos a las cambiantes condiciones se efectúa primordialmente a través de la selección natural, mediante suaves variaciones favorecedoras de su supervivencia. 
 
Sin embargo, tras el hallazgo de un alto contenido en iridio extraterrestre en muchas muestras analizadas de la corteza terrestre, a partir de 1980 Luis Alvarez y sus colaboradores defendieron con ahínco la hipótesis de que las grandes catástrofes han influido notablemente sobre la historia de nuestro planeta. Concretamente, hace unos 65 millones de años, a final del período Cretáceo, el impacto de un gran asteroide debió ocasionar la extinción masiva de plantas y animales, incluyendo posiblemente a los dinosaurios. Unos años más tarde de los descubrimientos de Alvarez, un grupo investigador de la Universidad de Arizona demostró la existencia de un gran impacto en una zona del mar del Caribe, donde se halla depositada en el fondo una capa de dos kilómetros de espesor que cubre los restos deformados de un meteorito, cuyo diámetro debió superar los 300 kilómetros. 
 
En un congreso celebrado en Nueva Orleans en 1990 por la AAAS (American Association for Advancemente of Sciences) se indicó que en el periodo transcurrido desde el origen terrestre y hace 3.500 millones de años, la Tierra había sufrido varias veces colisiones extraterrestres tan grandes y energéticas como para hacer evaporar las aguas oceánicas y extinguir casi todas las formas de vida existentes en esos momentos.
 
David Raup y John Sepkovski, de la Universidad de Chicago, aportaron datos indicativos de que cada 26 millones de años los choques con asteroides han ocasionado extinciones masivas de animales y plantas. La pregunta es obligada: ¿Cuán a menudo caen y de qué naturaleza son los objetos extraterrestres que interfieren con la trayectoria terrestre?
 
Los cometas, al consistir en gases helados y polvo, normalmente se desintegran y arden al alcanzar nuestra atmósfera, por lo que, sobre todo, los de tamaño pequeño, son menos peligrosos que los asteroides, de forma irregular y composición pétrea y/o metálica. Se denomina meteorito a cualquier objeto extraterrestre que procedente del espacio sobrevive al cruce de la atmósfera y alcanza la superficie de la Tierra. Es bien conocida la existencia de un cinturón consistente en centenares de miles de asteroides orbitando entre Marte y Júpiter y, por otra parte, cerca de Plutón está localizada la nube Oort de cometas. Como sus órbitas no son muy rígidas, algunas son desviadas hacia la Tierra por lo que las colisiones terrestres con cuerpos celestes son ciertamente frecuentes, de modo que diariamente se depositan sobre la superficie terrestre más de 20 toneladas de partículas, la mayoría de tamaño menor al de un grano de arena, procedentes de los miles de pequeños cuerpos que alcanzan nuestra atmósfera y son quemados en ella. Sin embargo, otros cuerpos mayores sí que pueden ser peligrosos. La NASA ha calculado que más de 300.000 asteroides con posibilidad de atravesar la órbita terrestre poseen diámetros superiores a los 100 metros, y que incluso son varios miles los que superan diámetros de 1 kilómetro, de los que, inquietantemente, hasta ahora se han localizado con precisión tan solo unos 130, uno de ellos con un espesor de más de 30 kilómetros. Casi una tercera parte de ellos se han acercado o se acercarán a la Tierra a distancias inferiores a la que nos separa de la Luna. 
 
A pesar de las dificultades al respecto que representan la erosión, los corrimientos terrestres o el estar cubiertas por las aguas, aun hoy día se pueden observar las huellas dejadas por los grandes impactos de los meteoritos, Cada año se descubren 5 ó 6 cráteres nuevos, están catalogados más de 150, y destaca por su antigüedad el situado en el sur del lago Hurón, de unos 550 millones de años. El de Wool Creck, al oeste de Australia, tiene unos 300 millones de años y el de Manicougan, en Quebec (Canadá), unos 200 millones de años. Anualmente, son miles los meteoritos que nos caen con tamaños semejantes a los de un trozo de carbón y a pesar de las pocas probabilidades de que se depositen sobre zonas habitadas, hace unos meses uno de ellos dañó un coche en un suburbio de Nueva York. También es conocido que, en junio de 1908, en Tunguska (Siberia), a unos 10 kilómetros de altura explosionó en su caída un meteorito de piedra, liberando una energía equivalente a 12 megatones, por lo que quedó aniquilada una zona de 50 kilómetros, llegando a incendiar las ropas de un hombre situado casi a 100 kilómetros del lugar y devastando totalmente más de 1.000 kilómetros cuadrados de bosque. Si el meteorito hubiese sido de tipo metálico y caído sobre una zona urbana, sus efectos hubiesen igualado a los de un terremoto de intensidad 7,5 de la escala de Richter, provocando más de 300.000 víctimas mortales.
 
Afortunadamente, la gran mayoría de los meteoritos que nos alcanzan son pequeños y se queman totalmente antes de su posible impacto. Pero una vez cada 10 años llega uno de unos 10 metros de envergadura, con un potencial equivalente a 50.000 toneladas de TNT, lo que da lugar a una bola de fuego meteórico cuando se quema en la atmósfera. Aproximadamente cada 5.000 años nos alcanza un meteorito de más de 100 metros; cada 300.000 años lo hace uno de un kilómetro y han de pasar varios millones de años para que lo haga uno de envergadura superior a los 5 kilómetros. Para hacernos una idea de lo que ello representa en cada caso, basta con indicar que un gran meteorito que cayese en medio del océano Atlántico produciría olas de 600 metros de altura, cuyos efectos llegarían hasta las costas americanas y europeas. Si fuese 5 veces superior, su energía equivaldría a la de varios millones de bombas atómicas como la lanzada sobre Hiroshima. Y, para terminar, un dato esperanzador: en el transcurso de una vida humana la probabilidad de que la Tierra sea alcanzada por un meteorito que la hiciese retroceder a la situación equivalente a la Edad de Piedra es tan solo del orden de 1 a 10.000.