Ciencia y salud

Por José Antonio Lozano Teruel

Novedades en la capa de ozono

La preocupación por el agujero en la capa de ozono, desde que fue des cubierto a finales de los 70, se ha ido extendiendo más y más en una humanidad profundamente afectada por los problemas ambientales

Novedades en la capa de ozono
La preocupación por el agujero en la capa de ozono, desde que fue des cubierto a finales de los 70, se ha ido extendiendo más y más en una humanidad profundamente afectada por los problemas ambientales. La causa principal consiste en una serie de intrincados procesos químicos que se producen como consecuencia de la emisión a la atmósfera de derivados halogenados, fundamentalmente los denominados clorofluorocarbonos usados en aerosoles, fluidos refrigerantes, etc.
 
Actualmente la abundancia estratosférica de derivados clorados es mayor de 3.000 ppb (partes por billón) y tan sólo un 20 por ciento de ellos procede de fuentes naturales, mientras que la mayor proporción es de origen industrial. Sus productos de reacción conducen a la destrucción del ozono estratosférico.
 
A comienzos de siglo la concentración de clorados era tan sólo de 600 ppb y cuando se descubrió el agujero de ozono, a finales de los 70, ya alcanzaba las 2.000 ppb. Más peligroso aún es el hecho de que se ha comenzado a detectar un fenómeno parecido, aunque en menor escala, en el Ártico. Por otra parte, el tremendo crecimiento del agujero de ozono en el Antártico en los últimos años demuestra que la amenaza se dispara ante el incremento de la concentración de derivados clorados.
 
Otro motivo de preocupación es también la relativa alta acumulación de derivados bromados, tan peligrosos como los dorados, que se está produciendo y que ya es responsable de cerca del 20 % de la destrucción total del ozono.
 
En 1987 el Protocolo de Montreal sobre sustancias que destruyen el ozono fijó unas regulaciones al respecto, aunque no incluía gases, así como tampoco el tetracloruro de carbono, el metil cloroformo, etc., ni a los nuevos hidroclorofluorocarbonos, que se han postulado como sustitutos a los clorofluorocarbonos, ya que poseen una menor vida media que éstos, en los que a veces se alcanzan cifras de centenares de años.
 
Ante esta situación de peligro las medidas de prohibición han de adoptarse rápida y eficazmente, por lo que deberán tomarse determinaciones generosas hacia los países no desarrollados, incapacitados para realizar por sí mismos los cambios tecnológicos que supondría una prohibición drástica para ellos.
 
Actualmente se dispone de modelos químicos e informáticos que permiten predecir lo que ocurrirá ante diferentes circunstancias. La propia NASA ha realizado un estudio muy exhaustivo al respecto manejando diversos supuestos, dirigidos a calcular con qué tipos de medidas se volverían a alcanzar nuevamente los niveles de 2.000 ppb de cloro existentes antes de la formación del agujero. Desgraciadamente, con las acciones más drásticas, como sería una prohibición total del 100% en 1995 en el uso de los derivados clorados junto con la no utilización de otros sustitutos tipo hidroclorocarbonados, el pico de concentración de cloro estratosférico seguiría aumentando hasta el año 2000 en que alcanzaría un valor de 4.240 ppb y hasta el año 2025 no se rebajaría a la cifra mágica de 2.000 ppb Peor aún ocurriría si la situación fuese que hasta dentro de 10 años no se consiguiese la reducción de emisiones hasta un 80%, continuando emitiendo el 20% durante otros 15 años. Entonces, el pico máximo alcanzaría los 4.780 ppb, pero lo más dramático es que ¡nunca! se volvería a alcanzar el nivel de los años 70.
 
Por todo ello la eliminación más pronta posible de las emisiones de compuestos dorados o bromados es imperativa para la humanidad y requiere un esfuerzo global de los pueblos y las naciones. Cada año que se retrase la prohibición significará que el pico máximo sea 100 ppb más alto y que para bajar a la cifra deseada se retrase el proceso otros cuatro años más.
 
Si queremos que los habitantes de nuestro planeta en el año 2100 cuenten con una atmósfera semejante a la que nosotros hemos tenido hasta hace poco, sería necesario restringir al máximo inmediatamente la producción y emisión de clorocarbonados de larga vida media, dejando solamente los imprescindibles. En los años sucesivos habría que reducir la producción de otros clorocarbonados de menor vida media, así como la de los posibles hidroclorocarbonados sustitutivos de los primeros.
 
Asimismo, debe limitarse por lo menos un 80 por ciento la producción de derivados bromados, sobre todo el trifluorbromometano, de gran vida media. Si todo ello no se hace pronto, los efectos combinados del agujero de ozono, radiaciones ultravioletas, efecto invernadero, etc., van a suponer irremediablemente un deterioro profundo para la vida de nuestro planeta.